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ÁLVARO VARGAS LLOSA

Wikileaks, otra vez a la carga
No podría haber escogido un momento más sensible para revelar la documentación secreta de la CIA que detalla la capacidad de esta agencia para "hackear" comunicaciones electrónicas dentro y fuera de los Estados Unidos.
Actualizado 15 marzo 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   

Lo ha hecho cuando el espionaje centra el debate político, con los demócratas y la prensa acusando a Donald Trump de tener relaciones “non sanctas” con Rusia en base a informaciones de inteligencia y la Casa Blanca acusando a Barack Obama de haber grabado ilegalmente a su sucesor.

La documentación sale del Centro de Inteligencia Cibernética de la CIA y todo indica que se trata de un material de la máxima importancia, comparable o superior al que Edward Snowden filtró en su momento (y que no era de la CIA sino de la NSA o Agencia de Seguridad Nacional). Afecta lo mismo a gobiernos que empresas privadas, pues, por ejemplo, revela que la CIA tiene capacidad para penetrar todas las comunicaciones de los medios de uso masivo creados por Apple, Samsung y otras empresas que forman parte de nuestra vida cotidiana (lo cual a su vez revela cómo y por qué los sistemas de seguridad y privacidad de esos medios son vulnerables).

Como se ha dicho antes en esta columna, el protagonismo que tiene hoy el espionaje estadounidense en la vida política y comercial del país –y del mundo- con tiene precedentes en los tiempos posteriores a la Guerra Fría.

Es fácil caer en la tentación de decir que nunca el espionaje sufró tantas “traiciones” informativas, es decir filtraciones periodísticas, como ahora. Pero eso no es cierto. La única diferencia es la penetración de las comunicaciones electrónicas. En un mundo revolucionado por la tecnología informática, el alcance y la dimensión de lo que se revela puede parecer superior, pero en esencia el espionaje siempre ha sido vulnerable y su historia está cargada de revelaciones y espionajes de signo contrario. De otro modo, el contraespionaje perdería su razón de ser.

Lo que sí es cierto, en cambio, es que, en los tiempos de la Posguerra Fría, nunca habían alcanzado los servicios de espionaje una importancia política tan directa. Afecta a los gobiernos de dos formas: en su lucha con la oposición y en su relación con los electores. Porque en última instancia la pregunta se reduce siempre a lo mismo: ¿están los gobiernos espiando ilegalmente a sus propios ciudadanos?

Este no es el lugar para responder esa pregunta. Con frecuencia los servicios de inteligencia violan la ley, como la violaron siempre allí donde hubo Estado de Derecho. Pero la ley es, en cuestiones de seguridad nacional, una arcilla moldeable que permite más de lo que permiten la lectura literal de la nomativa que limita a los servicios secretos y la conciencia del ciudadano preocupado por la privacidad y las libertades civiles. Lo que apunto aquí es que vamos a tener que acostumbrarnos a que los agentes de inteligencia, o quienes les prestan servicios, filtren constantemente documentos o informaciones (ciertas o no) para afectar tanto la dinámica gobierno-oposición como la relación entre el poder y los electores.

Es una paradoja importante el que, en el momento de mayor sofisticación de la tecnología informática, tanto la que está en manos del público como de los Estados, ella sea tan vulnerable. La consecuencia puede ser muy mala –por ejemplo si se debilita la capacidad para combatir al terrorismo- o muy buena (por ejemplo, si las periódicas revelaciones obligan a los gobiernos  a ser menos irrespetuosos de la privacidad de las personas).

Vivimos tiempos de contradicciones morales que merecen reflexión y debate.

© Voces. La Tercera

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