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ÁLVARO VARGAS LLOSA

Terror sobre el Támesis
Los terroristas lo saben bien y por eso está siempre entre sus objetivos el pánico al mismo tiempo que la sangre.
Actualizado 30 marzo 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   
No caigamos, ante el atentado terrorista perpetrado el miércoles pasado por Khalid Masood en Londres, en un área que simboliza como pocas los valores de la democracia liberal y el estado de derecho, en la tentación de la derrota.

Si algo caracteriza la lucha contra el terrorismo en los últimos años, no es la derrota sino lo contrario, un éxito creciente contra las dos fuentes principales de violencia terrorista: el Estado Islámico y Al Qaeda. Después de tres años de esfuerzos, la coalición antiterrorista ha recuperado territorio en Siria e Irak, y ahora prepara la victoria territorial definitiva, que es expulsar al Estado Islámico de Raqqa, su capital siria, y Mosul, su bastión iraquí.

En otras palabras: no se está demasiado lejos de hacer con el Estado Islámico lo que se hizo antes con Al Qaeda: despojarlo de una base central, de un “Estado”, y obligar a la organización a dispersarse en muchas facciones limitadas y poco conectadas entre sí, forzándolas a actuar a la desesperada en distintos puntos donde no tienen capacidad para amenazar la estabilidad del gobierno central. Eso fue lo que pasó con Al Qaeda, que una vez que perdió su bastión afgano, se volvió una fuerza centrífuga con presencia menor en ciertos enclaves del Medio Oriente y el Magreb, sin capacidad real de asaltar los centros de poder allí donde operan.

El Estado Islámico, dirigido por un monstruo del fanatismo pero muy buen organizador, Abu Bakr al-Baghdadi, no está en esa situación todavía. Pero ha perdido tanto territorio en Siria e Irak, y no sólo por obra de la coalición occidental sino también de fuerzas locales o vecinas que incluyen a los shiitas de filiación iraní y a los kurdos, que hablar de un “califato” ha pasado a ser risible. Sin embargo, la tarea de despojarlos de lo que queda de un “Estado” central no está terminada. Pero está mucho más cerca de lo que está el “califato” de merecer ese nombre. Y eso, en marzo de 2017, a pesar de las muertes de Londres, es una derrota.

El atentado de Londres, como los otros con automóviles embestidos contra la multitud (Berlín, Niza) o el que hace exactamente un año ensangrentó el aeropuerto de Bruselas, pueden hacernos perder perspectiva. Es importante no caer en esa tentación porque el pánico, ese gran aliado del terrorismo, nace precisamente de la evaporación de lucidez, de ese aturdimiento que la sensación de pérdida de control, de vulnerabilidad absoluta, provoca en las sociedades más asentadas. Los terroristas lo saben bien y por eso está siempre entre sus objetivos el pánico al mismo tiempo que la sangre.

El fanatismo islámico -como el de otras religiones o causas laicas- siempre ha pretendido ese estado de conmoción que hace que un país pierda la fe en sus valores e instituciones. Nada conviene más al Estado Islámico que el auge populista y nacionalista de esos días en las democracias liberales. El terrorismo ha contribuido mucho, en años recientes, a potenciar la dimensión intimidatoria de la inmigración que el nacionalismo xenófobo tanto ha explotado a ambos lados del Atlántico. Los terroristas son conscientes de que por primera vez en muchas décadas se ha instalado en Occidente una duda acerca de la sociedad abierta y la globalización. Trump, el Brexit, la Marine Le Pen que encabeza las encuestas francesas, son síntomas de esa duda.

Pero algo importante ha sucedido desde que las principales organizaciones terroristas han perdido fuerza territorial y solidez organizativa. Podríamos llamarlo el fenómeno del “lobo solitario”. Khalid Masood, el autor del ataque de Londres, tiene toda la pinta de ser, como los autores de atentados en Estados Unidos en tiempos recientes, un actor espontáneo, no respaldado por una organización ni dirigido por una jerarquía determinada. Este tipo de actor violento tiene dos características contradictorias: sus actos son mucho más difíciles de prevenir, pues no suele mantener comunicaciones pasibles de ser detectadas, pero al mismo tiempo su capacidad de hacer daño es más limitada que la de un atentado con musculatura institucional. Lo que gana en espontaneidad lo pierde en masividad. En cierta forma, el “lobo solitario” es otro síntoma de debilidad del terrorismo. Pasar de atentados como los del 9/11, que respondían a una operación de alta envergadura financiera y organizativa, a un atentado como el del Westminster Bridge y los jardines de las inmediaciones del Parlamento por un “lobo solitario” con antecedentes de delincuente común es, sin menoscabo del atroz dolor infligido a las víctimas, una degradación de la capacidad de hacer daño.

Podríamos hablar de un acto de impotencia si no fuera porque también es cierto que el terrorismo, en una hora de derrotas continuas, ha encontrado una forma de seguir haciéndose notar a través de la “inspiración” que despierta en los “lobos solitarios” en Europa o Estados Unidos. Aunque la capacidad de hacer daño es menor, la de llenar las primeras páginas de los diarios y abrir los informativos de la televisión no lo es, como no lo es la de provocar reacciones de los principales líderes políticos del mundo.

Y he aquí, precisamente, la importancia de no perder perspectiva. La ciudadana menos avisada o el ciudadano más vulnerable no necesariamente discierne entre un atentado con fuerte capacidad organizativa y algo como lo sucedido ante el Parlamento británico. Para esas personas, el terrorismo sigue siendo capaz de golpear el corazón de las democracias liberales y amenazar directamente su libertad, su estilo de vida. Devolver perspectiva a la capa más vulnerable de la sociedad es una tarea prioritaria de los que están en condiciones de hacer pedagogía en las sociedades libres.

¿Por qué? Porque, de lo contrario, el populismo nacionalista y xenófobo seguirá avanzando. Algunos han creído ver la derrota definitiva de esta amenaza en el hecho de que en los recientes comicios holandeses Geert Wilders haya sido derrotado por los liberales. Es cierto que el nacionalista xenófobo no obtuvo los más de 40 escaños que en algún momento parecía capaz de lograr, pero la veintena que sí obtuvo supone para su agrupación un progreso respecto de su votación de 2012 e implica ser la segunda fuerza política del país (a sólo 10 escaños de los liberales). Eso quiere decir que la base está allí, intacta, amenazando con seguir creciendo.

Pero quizá más importante que eso sea el otro dato clave de esas elecciones: el endurecimiento del discurso de los liberales (el respetable Mark Rutte incluido) de cara a la inmigración. Fue sólo porque años de prédica de Geert Wilders pudieron desplazar gradualmente al espectro democrático de Holanda hacia un cierto nacionalismo que los auténticos nacionalistas y populistas perdieron algo de fuelle.
Algo semejante está pasando en Francia. Marine Le Pen y su Frente Nacional han explotado a la perfección los atentados terroristas eu-ropeos, los muchos ocurridos en Francia pero también en otras partes de Europa, y al hacerlo, han obligado a los demás partidos a adoptar un discurso que de otra forma no habrían adoptado. Que la candidatura del principal rival de la derecha de Le Pen haya implosionado por razones éticas no debe hacernos olvidar que por momentos su prédica se asemejaba a la de Le Pen.

Por eso insisto en la importancia de que las sociedades libres avanzadas no pierdan la perspectiva cada vez que ocurre una tragedia como el atentado de Londres de esta semana. El Estado Islámico y Al Qaeda han sufrido importantísimos reveses en todos los sentidos en estos últimos años. Podemos discutir -debemos discutir- si la invasión de la privacidad y los recortes de las libertades ciudadanas que en muchos países se han perpetrado bajo el paraguas de la lucha contra el terrorismo se justifican o no. Esa es otra discusión. La de ahora es la que se centra en la situación objetiva, real, de las principales fuentes del terror. Y ella nos habla de una posición muy debilitada y de unos métodos terroristas menos contundentes que antes.

Hay otro frente donde parece haberse producido un retroceso para el terror. Hasta el año pasado, los servicios secretos seguían detectando una avalancha de europeos que viajaban a entrenarse (y enrolarse) en las organizaciones terroristas del Medio Oriente. Cientos de británicos, por ejemplo, formaron parte de esas “brigadas”. Pero hay serias pruebas de que los números se han reducido considerablemente. Hasta el 2015, se hablaba, según la Comisaría de Justicia de la Unión Europea, de unos seis mil europeos, que es una cifra importante. Hoy se habla de unos pocos cientos.
Ello no obstante, el fenómeno del “lobo solitario” seguirá siendo una amenaza porque muchos de los ataques perpetrados por ciudadanos sin respaldo de una organización terrorista no han sido entrenados en Siria o Irak.

Una última reflexión. El terrorismo está sometiendo al nacionalismo populista a una contradicción ideológica. De un lado, sus adalides se oponen al intervencionismo militar y político en el exterior: piensan, a diferencia, por ejemplo, de los neoconservadores, que la misión de las democracias de avanzada no es rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Del otro, se ven a sí mismos como los enemigos declarados del terror, y especialmente del terror islámico, expresión que usan en parte para enfatizar su raigambre cristiana. Esa declaración de guerra entreña lo contrario del aislacionismo implícito en la doctrina anterior, es decir un intervencionismo militar, político e ideológico muy contundente.

En ningún líder forcejean estas dos tendencias tan claramente como en el presidente de EE.UU, que ha criticado el intervencionismo militar de sus antecesores -y en cierta forma todo el paradigma de la política exterior desde la Segunda Guerra Mundial- pero también ha prometido borrar de la faz de la tierra, al terrorismo islámico. De hecho, acaba de autorizar a la CIA a emprender acciones que antes estaban reservadas al estamento militar, por ejemplo en el uso de drones.

Sí, tendremos que convivir con estos ataques de tanto en tanto. Los sofisticados servicios británicos han logrado, desde 2005, evitar 13 ataques terroristas, aparentemente, según MI5, la mitad de ellos de una modalidad similar a la que se dio esta semana. Pero un ataque de esta naturaleza es muy difícil de prevenir y alguna vez, como ahora, logrará su propósito mortuorio. Lo fundamental, si no se puede evitar el atroz acto de sangre, es impedir el pánico porque ese estado psicológico engendra una violencia de signo contrario. El caldo de cultivo perfecto para que sigan creciendo los nacionalismos populistas que han afeado las democracias en los últimos años.

© Voces. La Tercera
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