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Ortega y Gasset, meditaciones de El Espectador
Hermida Editores publica un sucinto compendio de momentos espectaculares de "El Espectador " de José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-1955), escogidos de entre los ocho tomos del proyecto más periodístico del filósofo español. La selección corre a cargo del profesor de la Universidad de Valencia Francisco Fúster
Actualizado 7 julio 2020  
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Enrique García-Máiquez   

Este pequeño libro tiene, como mínimo, un quíntuple interés. Para empezar, sirve como llamada de atención hacia la fascinante empresa que fue la escritura de El Espectador, voluminosa revista unipersonal. Con coquetería, el filósofo presentó el proyecto disculpándose: «Habrá números que padezcan de aridez mental», otros, sin embargo, «llevarán un trozo de mi alma». En realidad, escribió sus particulares Ensayos a lo Montaigne, hablando de todo lo divino y lo humano. Este primer objetivo queda plenamente conseguido. Se cierran las poco más de cien páginas en octavo menor y letra generosa deseando volver a leer a Ortega en general y a El Espectador en particular.

En segundo lugar, la edición de Francisco Fúster es una transparente aportación al venerable arte de la selección de fragmentos, al que en Nueva Revista, como parte de nuestro compromiso con la divulgación de la alta cultura, hemos dedicado nuestros esfuerzos. Véanse las reproducciones de capítulos de particular relevancia de ensayos capitales o tantas glosas detalladas o, más minuciosamente, el «Barbero del rey de Suecia» y la sección de «El barbero de los libros», tan cercanas al espíritu que anima a Fúster en estas Meditaciones. Se diría que, dada la brillantez de Ortega y la variedad y amenidad de El Espectador, el antólogo lo tenía especialmente fácil; sin embargo, él hace el más difícil todavía con una selección muy atinada en dos sentidos contradictorios.

Meditaciones, de José Ortega y Gasset Edición de Francisco Fuster. Hermida Editores, 2020. 14,90 euros. 112 páginas

Por un lado, y es el tercer interés de esta obra, escoge con intención algunos fragmentos que nos demuestran hasta qué punto ha cambiado España o el ambiente cultural desde Ortega a hoy. Por ejemplo, ¿esto sigue pasando y, si pasase, algún escritor se atrevería exponerlo? Dice Ortega y, ojo, selecciona audazmente Fúster: «Pedir a un español que al entrar en el tranvía renuncia a dirigir una mirada de especialista sobre las mujeres que en él van es demandar lo imposible. Se trata de uno de los hábitos más arraigados y característicos de nuestro pueblo». No más curiosas, pero sí más importantes, resultan otras perspectivas, como cuando el filósofo expone, desde su atalaya de tiempo, su olvidada defensa del elitismo intelectual: «Aquí tenemos el criterio para discernir dónde el sentimiento democrático degenera en plebeyismo. Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo».

«Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo», escribe Ortega

En sentido contrario, el cuarto interés de Meditaciones, y el central, estriba en destacar la actualidad que tiene el pensamiento de Ortega y Gasset y cómo sigue resultando imprescindible para iluminar muchos de los grandes debates de hoy. Por ejemplo, para enfrentarse a la centralidad invasiva de la política: «Situada en su rango de actividad espiritual secundaria, la política o pensamiento de lo útil es una saludable fuerza de la que no podemos prescindir. Si se me invita a escoger entre el comerciante y el bohemio, me quedo sin ninguno de los dos. Mas cuando la política se entroniza en la conciencia y preside toda nuestra vida mental, se convierte en un morbo gravísimo. La razón es clara; mientras tomamos lo útil como útil, nada hay que objetar. Pero si esa preocupación por lo útil lleva a constituirse en el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trata de buscar lo verdadero, tendemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad es la definición de la mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira».

Para el filósofo, «hacer de la utilidad la verdad es la definición de la mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira».

Ortega también resulta un precursor del famoso Principio de la incompetencia de Peter, que él explicó antes, mejor, y más punzantemente en apenas tres frases: «Sólo hacemos perfectamente lo que es un poco inferior a nuestras facultades. La sociedad sería perfecta si los ministros fuesen gobernadores de provincia; los profesores de Universidad, maestros de segunda enseñanza, y los coroneles, capitanes. No sé qué adverso sino obliga a los hombres a lo contrario, sobre todo en la edad contemporánea». A lo que añade pertinentes puntualizaciones sobre el progreso: «Las gentes frívolas piensan que el progreso humano consiste en un aumento cuantitativo de las cosas y de las ideas. No, no, el progreso verdadero es la creciente intensidad con que percibimos media docena de misterios cardinales que en la penumbra de la historia laten convulsos como perennes corazones». Trae a la memoria a Charles Baudelaire: «Teoría de la verdadera civilización. No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original».

El quinto y último interés de estas Meditaciones consiste en la constante interpelación que Ortega hace al lector. La razón vital de su metafísica se transfigura en un razonamiento vitalista en El Espectador, que Fúster sabe transmitirnos en toda su fuerza. Ortega no quiere ni oírnos quejarnos de la infelicidad: «Aquí está, aquí está el origen de la infelicidad. ¿Quién que se halle totalmente absorbido por una ocupación se siente infeliz? Este sentimiento no aparece sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva, cesante. La melancolía, la tristeza, el descontento son inconcebibles cuando nuestro ser íntegro está operando. Basta, en cambio, que en nuestra actividad se haga un calderón para que asciendan del espíritu quieto –como los vahos maléficos en un agua muerta– esas emociones de desazón, de desamparo y vacío infinito. Entonces advertimos el desequilibrio entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual. Y eso, eso es la infelicidad». Como antídoto, nos insta a buscar nuestro yo profundo: «Sólo algunos hombres dotados de una peculiar energía consiguen vislumbrar en ciertos instantes las actitudes de eso que Bergson llamaría el yo profundo. De cuando en cuando llega a la superficie de la conciencia su voz recóndita».

La infelicidad, asegura,  «no aparece sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva, cesante. La melancolía, la tristeza, el descontento son inconcebibles cuando nuestro ser íntegro está operando.»

No se trata de una llamada al egoísmo, sino a una vida propia, intensa y verdaderamente culta: «[P]ienso que no debiera llamarse culto sino al hombre que ha tomado posesión de todo sí mismo. Cultura es fidelidad consigo mismo, una actitud de religioso respeto hacia nuestra propia y personal vida». Nos advierte una y otra vez: «La mayor parte de los hombres vive una vida interior, en cierta manera, apócrifa. (…) lo habitual en las gentes es vivir de prestado».

Sabe compensar el antólogo esos fragmentos que nos llaman al esfuerzo, a los grandes ideales y a la superación con aquellos otros que nos consuelan preventivamente de un fracaso cantado que no tiene, en realidad, demasiada importancia: «Un individuo, como un pueblo, queda más exactamente definido por sus ideales que por sus realidades. El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna; pero el aspirar es obra exclusiva de nuestros corazones».

El riesgo para la mayoría de los escritores es quedar ignorados. Un puñado de selectos afrontan otro riesgo no menos insidioso: el que los demos por sabidos. Es el peligro de Ortega y Gasset que Hermida Editores y Francisco Fúster nos invitan con eficacia a soslayar.

Nueva Revista

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