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Globalización
Negar la globalización económica ya no es factible
"Algunos de los detractores más sonoros contra el libre comercio de los últimos años han llegado de los grupos religiosos de presión, y son encabezados por personas que creen tener el interés de los trabajadores en mente. Nos invitan a comprar productos etiquetados como comercio justo, a boicotear a los agricultores que emplean mano de obra barata, o a rechazar productos fabricados por corporaciones internacionales".
Actualizado 30 julio 2005  
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Llewellyn H. Rockwell, Jr.   

 

Algunos de los detractores más sonoros contra el libre comercio de los últimos años han llegado de los grupos religiosos de presión, y son encabezados por personas que creen tener el interés de los trabajadores en mente. Nos invitan a comprar productos etiquetados como comercio justo, a boicotear a los agricultores que emplean mano de obra barata, o a rechazar productos fabricados por corporaciones internacionales que operan en el tercer mundo, o a unirnos a los manifestantes de cualquier conferencia internacional en la que se cree que los conspiradores del sistema buscan reducir las barreras al comercio. Hacen todo eso bajo la convicción de que limitar el derecho a comprar o vender es parte de la misión de extender el evangelio social.

 

En realidad, lo que hacen es elevar los precios de los productos de consumo, perjudicando la oportunidad de que los trabajadores encuentren un buen empleo, [lo que hacen es] perjudicar el crecimiento de las economías en el mundo en desarrollo y servir inadvertidamente como soldados de a pie para los grupos de intereses mercantiles que intentan escudarse de competidores más eficaces pero extranjeros. Sus campañas pueden arrojar una luz distinta, pero la sustancia de su programa no es distinta de la de los que dicen que sólo deberíamos comprar productos americanos, que a su vez no tiene más sentido lógico que una campaña para comprar solamente productos de Michigan, o comprar solamente Lasing, o, reductio ad absurdum, comprarme solamente a mí.

 

El impulso a restringir las oportunidades de la gente de comprar o vender según la región es un intento de provocar lo que los economistas llaman autarquía, o autosuficiencia económica. Es el sistema económico lo que denigra la expansión de la especialización laboral y anima a toda la producción, al tener lugar en la unidad geográfica más pequeña posible. En la práctica, la campaña de autarquía económica tiene lugar a nivel estatal y funciona así como brazo ejecutor de aquellos que ven el nacionalismo, o incluso la guerra, como un programa mejor que la paz y la mejora mutua a través del comercio.

 

Sólo sé de un escenario en el que la autarquía es económicamente viable. Es el Jardín del Edén. Aquí el suelo no necesitó ser preparado para el cultivo. Producía solo. Los animales no necesitaban ser cazados, cortados o cocinados. La escasez económica no existía. No había escasez de recursos, no había escasez de tiempo y ningún problema económico que superar en absoluto. La mortalidad era desconocida. Hombre y mujer vivían en perfecta alegría en presencia de Dios. La autarquía económica era viable aquí.

Pero con el pecado llegó la muerte y el destierro de este jardín. El hombre y la mujer tendrían que trabajar para producir. El dolor y el sufrimiento entraron en el mundo. El tiempo y los recursos eran escasos. Pero Dios no dejó a la población humana sin medios para superar los nuevos límites de lo que podría consumirse. Dios hizo posible que la población humana utilizase la inteligencia para intercambiar. La gente dividiría su trabajo según sus talentos y capacidades únicas. Esta división tuvo lugar entre los pueblos y las regiones. El comercio se convirtió en un medio para lograr un tipo de unidad cooperativa, incluso aunque el Jardín del Edén ya no estaba en ninguna parte.

Así nació el concepto de libre comercio.

 

La tradición cristiana enseña que el pecado del Jardín fue destruido finalmente en la Encarnación, cuando Dios se hizo Hombre y caminó entre nosotros. El evangelio de Mateo nos dice que los primeros regalos que se le dieron llegaron de los reyes magos, que viajaban desde tierras lejanas. ¿Y qué trajeron? Oro, incienso y mirra – productos de Oriente. A Jesús se le presentaron así productos adquiridos en tierras internacionales, importados a Belén.

 

Uno sólo puede imaginarse la escena si los autárquicos del evangelio social hubieran estado presentes. Habrían exigido saber si a los trabajadores que extrajeron el oro, hicieron el incienso o produjeron la mirra se les había pagado un salario justo. Habrían exigido, en ausencia de pruebas, que los reyes magos se hubieran abstenido de comprar. Ciertamente, a Jesús no se le deberían presentar regalos sino adquiridos a través del comercio justo, dirían. Habrían exigido en su lugar que los reyes magos hubieran sido lo bastante conscientes socialmente como para comprar productos de Belén.

 

Para su ministerio, Jesús reclutó de entre la clase comerciante, más destacadamente de entre los pescadores, que produjeron materia que no conocía ninguna nación o estado. Eran fabricantes dispuestos que viajaban para proporcionar a la gente bienes y servicios que necesitaban donde les necesitaban. No hay una palabra en todos los evangelios que hable de la presunta necesidad de mantener la producción local o establecer límites geográficos estratégicos a la compra y venta. Tal posición es completamente ajena a los tiempos bíblicos, donde la necesidad de superar la pobreza a través del comercio se entendía en todas partes.

 

Las parábolas de Jesús están llenas de referencias al comercio y sus obligaciones éticas. En la historia de los empleados del viñedo, descubrimos a un propietario que contrata según el contrato y se adhiere a ese contrato incluso cuando significaba pagar a la gente que trabajaba un día entero lo mismo que a los que trabajaban solamente unas cuantas horas. No hay palabra de salario justo aquí. La lección que se nos enseña se encuentra en el derecho del propietario a hacer contratos, el derecho del trabajador a aceptar o rechazar trabajar, y el fracaso de la visión de esos empleados que se quejan de los términos tras los hechos.

 

Una vez más podemos imaginarnos lo que dirían los autárquicos del evangelio social en esta situación. Probablemente defenderían nacionalizar el viñedo y sindicar a los trabajadores, que entonces convocarían rápidamente huelgas para la reducción de horas de trabajo y el incremento de los salarios y beneficios por todas partes.

 

Pasando a la parábola de los talentos de San Mateo, la escritura destaca que el señor se está preparando para otro viaje a una tierra lejana. Se nos dice que es el tipo de persona que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha plantado. En otras palabras, utilizaba la división del trabajo, el camino más seguro a la riqueza. Era un comerciante y un empresario que veía su negocio extendido por todas partes, no solamente en su residencia. Es a través del comercio exterior que el hombre hizo su dinero con más probabilidades, que después se daba a los sirvientes como prueba de su valor como inversores. Algunos aprobaron y otros suspendieron.

 

Nosotros como individuos y como nación podemos elegir dilapidar nuestros talentos o buscar los usos mejores y más beneficiosos para ellos. Eso podría significar que nuestro capital debería viajar igual que el señor de la parábola ha viajado. Insistir en que desperdiciamos nuestros escasos recursos significa comportarse como el hombre que fue expulsado del reino con el argumento de que ni siquiera había depositado su dinero con los banqueros para obtener una tasa de interés a cambio.

 

Hoy, hacemos frente a implacables demandas por establecer un sistema de autarquía, comprar productos locales o nacionalizar en lugar de especializar el trabajo, dividirlo y comerciar para nuestro progreso mutuo. Pero este no es el camino a la prosperidad. Es el camino al conflicto y la guerra. Entre los cargos que la Declaración de Independencia presentó contra el Rey Jorge se encontraba que intentaba suspender el comercio colonial con todas las partes del mundo a excepción de Gran Bretaña. Los fundadores vieron esto como una violación de los derechos humanos y una política de empobrecimiento.

 

Como escribió F.A. Hayek en la descuidada conclusión de su libro de 1944 The Road to Serfdom, "si las relaciones económicas internacionales, en lugar de ser individuales, se convierten en relaciones entre naciones enteras organizadas como organismos de comercio, inevitablemente se convertirán en la fuente de fricción y envidia".

 

Ludwig von Mises concluyó su libro de 1944 Gobierno omnipotente: el ascenso del estado totalitario y la guerra total con una advertencia similar. "El establecimiento", dijo, "de un organismo internacional para la planificación del comercio exterior terminará en un híperproteccionismo". Estos dos grandes partidarios del mercado libre comprendieron cómo utiliza el gobierno el período inmediatamente posterior a una guerra para el poder del estado y las compensaciones de especial interés, igual que hace la misma guerra.

 

Cuando pensamos en los conflictos de nuestro tiempo, vemos cómo se derivan de un fallo a la hora de implicarse en un intercambio. Diez años de sanciones contra Irak suspendieron el comercio de ese país con sus mercados más beneficiosos. Este acto de proteccionismo fue un preludio a una guerra horrorosa. En contraste, nuestras relaciones con China han sido de creciente comercio, y el potencial de conflicto se ha convertido en uno de beneficio mutuo.

 

Tras la caída del comunismo y el ascenso de la liberalización económica en todo el mundo, negar la realidad de la globalización económica ya no es factible. En lugar de difamar esto, necesitamos ver los beneficios para todos los pueblos. Significa más bienes y servicios y precios menores. Significa más oportunidades para mejorar los estándares de vida. Significa mejores relaciones entre todas las culturas y pueblos. En el libre comercio, creo, vemos la mano del Creador. Se nos dan los medios para cooperar superando el destierro del Jardín. También superamos la escasez. Pero eso nunca debería impedirnos vivir según la orden evangélica de salir al mundo.

Es la tierra y la plenitud de ella, no la del estado nación, la que es la de Dios. No sólo los ministros, sino también los comerciantes y los consumidores deberían ser libres de salir al mundo.

 

Esta charla fue preparada con motivo de un almuerzo de empresarios cristianos en el First National Bank de East Lansing, Michigan, el 19 de abril del 2005. Llewellyn H. Rockwell, Jr. es presidente del Ludwig von Mises Institute de Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com y autor de Speaking of liberty.

 

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