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25 SEPTIEMBRE 2018 | ACTUALIZADO 13:17
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Luis Díez del Corral nos explica la actualidad con su "rapto de Europa"
Si hoy se nos pidiese que diseñásemos una carrera académica entera, si tal cosa fuese posible y deseable, entonces no dudaríamos en aconsejar que esa carrera se entregase en cuerpo y alma a anotar y comentar una sola obra de Luis Díez del Corral: El rapto de Europa.
Actualizado 30 junio 2018  
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Armando Zerolo   


Se puede decir que “está todo”, lo pasado y lo presente, el método filosófico, el histórico y el estético, están Europa y el Mundo, el futuro incierto y el presente vivo, lo humano y lo divino. Es una síntesis de cultura, de esa cultura definida por Elliot como “aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida”.
 

Es un ensayo que refleja un método, el de la Historia de las Ideas, que su maestro Ortega desarrolló y él aplicó con maestría en la Universidad Complutense. Dejó tras de sí una ilustre saga de colegas discípulos que la enseñaron y ampliaron, como José Antonio MaravallDalmacio Negro y, en línea sucesoria directa, Benigno Pendás. Afortunados aquellos que aun hoy, insertos en la sequedad de la superespecialización y el positivismo científico, han podido ser testigos de esta herencia. Por todo esto, la reedición de este ensayo es una ocasión feliz para repensar la cultura, la Universidad y, principalmente, el delicado momento histórico que vivimos.

En la línea de los grandes pensadores de la historia moderna, como Hegel y Comte, a quienes Luis Díez del Corral explica con claridad, este ensayo se introduce en el gran problema de nuestra época, el de pensar nuestra existencia desde la historia, y no desde la naturaleza (natura pura). El problema es complejo y el método, al huir del racionalismo, produce una impresión estética parecida a un mosaico. Al lector le puede suceder que quede ensimismado ante el brillo o la singularidad de alguna de las teselas y se pierda el sentido completo de la composición.

Occidente ha crecido y se ha desarrollado gracias a la tensión generada por los polos religioso y político.

Así pues, ¿qué quiere decirnos Luis Díez del Corral? ¿De qué nos habla en su ensayo? Nos habla de Europa, de un continente que no es más que una península, apéndice de un mastodonte geográfico, abierta al mar y expuesta a las derivas de las corrientes y el ímpetu de los vientos. No obstante su pequeñez, su significado histórico es gigante, aunque no por ser muy grande sea evidente y menos aun duradero. Europa y la cultura occidental cambian. Y si esto se podía atisbar después de la Segunda Guerra Mundial, e incluso en el periodo de entreguerras, hoy el tema de fondo ha aflorado a la superficie y el “cambio de época “ ya es un tópico. El ensayo y las tesis de Luis Díez del Corral están de moda. Hay una crisis de cultura, hay un cambio histórico y el autor se propuso ya en su momento encontrarle un sentido.

En su interpretación está implícito un método gobernado por dos leyes que se escapan de la simplicidad historicista. Una es la de la polaridad creadora y la otra es la de heterogénesis de los fines. Ambas tejen el lienzo que soporta las pinceladas de la obra.

En primer lugar, maneja el criterio de su admirado Leopold von Ranke quien, en su imprescindible Sobre las épocas de la historia moderna, enunció una ley válida solo para la Europa Occidental (y no para la oriental, por cierto), a saber: que Occidente ha crecido y se ha desarrollado gracias a la tensión generada por los polos religioso y político. “Esa perennidad milagrosa de la semilla bíblica y la duplicidad –negativa y positiva- de su secuencia cultural de secularización es uno de los misterios más hondos del cristianismo y la clave más reveladora para comprender la historia de Occidente en su singularidad. Solo atravesado por el eje esencial, aunque esté degradado, del cristianismo, puede comprenderse la historia europea y su emplazamiento en la universal”. Cuando se ha pretendido resolver esa tensión entre religión y política, entre inmanencia y trascendencia, a favor de uno u otro de los polos, la corriente creadora ha disminuido. Tanto el clericalismo como el laicismo radical han tenido consecuencias funestas para Europa.

La corriente de fondo de este ensayo que alimenta los pozos que emergen a modo de capítulos en el libro es esa representación cultural del orden trascendente que ha hecho a Europa en la historia. Pero esta presencia es muy sutil, no quiere ocultarla, prefiere señalar a los frutos más que al árbol, destacar la cultura como esa unidad de sentido que hace que la vida sea lo que es, y que puede dejar de serlo.

Solo atravesado por el eje esencial, aunque esté degradado, del cristianismo, puede comprenderse la historia europea.

En segundo lugar, Luis Díez del Corral habla, con la inteligencia histórica que le es propia, de otra de las grandes leyes de la historia, esta sí que universal: la heterogénesis de los fines. Según esta ley aparecen como consecuencia de acciones intencionadas fines inesperados. En el ensayo se apunta uno de los grandes temas de nuestra época: la relación entre Oriente y Occidente. Juan Pablo II ya afirmó que la Iglesia tiene dos pulmones, el oriental y el occidental, y los dos forman parte de un mismo órgano y de un mismo aparato. El autor del ensayo conocía bien, mejor que casi nadie en su época, la particularidad y genialidad del lejano Oriente, y sabía que allí nacían semillas que germinarían aquí, y que de aquí llevamos técnicas de cultivo que se utilizarían allí. “La historia gira sobre los goznes de Europa. Europa está en el centro, aunque sea en la forma de dejar de estarlo, y de manera súbita y violenta, por repentina expropiación, por rapto”.

Pongamos un ejemplo querido por él para explicarnos, y con ello, explicar a qué se refiere con el “rapto” y qué dice el ensayo.

Tanto el clericalismo como el laicismo radical han tenido consecuencias funestas para Europa.

El comunismo como producto europeo, embalado, etiquetado y exportable al universo mundo. El comunismo como idea nace del cristianismo, que pasa por el tamiz de la Ilustración y del racionalismo algunas de las ideas cristianas, lo desnuda de sus presupuestos, lo seculariza y lo envía fuera de las fronteras. Oriente nos lo compra, se hace con esa idea desprovista de sus presupuestos, “secularizada”, y la aplica con el empeño y el entusiasmo oriental, ese que quizás por fortuna no tenemos en Europa. ¿Pero qué sucede? Que la dureza de la reja de su arado penetra una tierra dura y reacia a lo trascendente, y la atraviesa, la rotura y pone del revés enormes terruños, mirando al cielo lo que antes nunca vio la luz. El comunismo, religión secularizada, puso la semilla occidental en las entrañas de una tierra oriental antes yerma, para que las ideas fundantes de Europa pudiesen ser entonces comprendidas. ¿No es esta una maravillosa heterogénesis? ¿Un rapto fecundo? Lo que fecundó a Europa fue por ella olvidado, y exportada tan solo la brutalidad de su técnica, acabó por generar las condiciones propicias para una nueva relación antes imposible entre religión y política, con sus distinciones y sus relaciones.

Díez del Corral habla de otra de las grandes leyes de la historia, la heterogénesis de los fines: fines inesperados como consecuencia de acciones intencionadas.

Con estos dos principios, el de la tensión creadora provocada por lo religioso y lo político, y el de la heterogénesis de los fines, Luis Díez del Corral se replantea la cuestión histórica de Occidente, pero ya no lo hace desde el autocomplaciente pesimismo de algunos de sus contemporáneos, y responde a la pregunta heideggeriana: “¿Es ahora cuando adviene de verdad el Occidente, la tierra del crepúsculo? ¿Será esta tierra del crepúsculo, por encima del Occidente y del Oriente, y a través de lo europeo, el lugar de la verdadera historia que está iniciándose? ¿Somos de verdad los rezagados o los precoces del amanecer de una época del mundo enteramente distinta?” Europa ha sido raptada (y arrebatada). “El (término) rapto encierra, por de pronto, dos significados: uno, el de ser raptado, como una novia puede serlo; otro, el de accidente que priva de sentido, según reza el Diccionario de la Academia”.

El impulso urbano nacido del campo y volcado en las ciudades, las Universidades, las catedrales, el arte y la ciencia tuvieron un origen espiritual, modesto, sencillo y, sobre todo, misterioso. Pero la época fáustica, la que España y Diez del Corral conocen tan bien gracias a Cervantes, pactó con el diablo y le pidió que le entregase su fuego a cambio de su alma. Europa, “creadora por excelencia, se ha fabricado también la mayor parte de sus desdichas”, siguió dando calor con la llama, pero perdió el ímpetu y se convirtió en un mercader de técnica, de cachivaches y baratijas que encandilaron al mundo. “La racionalidad de la cultura europea ha sido el supuesto y la causa de su triunfo planetario, pero al mismo tiempo ha desvirtuado en buena medida el impulso vital de los pueblos que la crearon”. Se vació y se vendió, pero no pudo predecir que aquellas baratijas volverían a sus plazas y a sus mercados, y que las compraríamos, y que nos devolverían respuestas para una nueva época.

La racionalidad de la cultura europea ha sido el supuesto y la causa de su triunfo planetario, pero al mismo tiempo ha desvirtuado en buena medida el impulso vital de los pueblos que la crearon.

Arnold Toynbee pensaba que el Imperio romano preparó las condiciones históricas para el cristianismo al triunfar sobre el mundo antiguo y, al contrario, Jaspers y las contemporáneas imaginaciones de la catástrofe, preconizan que los fuegos de la razón técnica europea prenderán fuego al mundo. Ideologías de la tragedia o de la fortuna, utopías o distopías que, sin ningún género de dudas, tienen su matriz en la misma génesis de la cultura europea. El autor no comparte esas “filosofías de la consolación” que “le quitan al paciente los quebraderos de cabeza que les produciría el esforzarse por poner remedio a su suerte irremediable”. Luis Díez del Corral no toma partido, “es difícil predecir si ese Fausto accederá a la gloria con la facilidad del goethiano”, pero sí podemos decir que “lo vemos atravesando un serio purgatorio, desgarradas sus entrañas, encadenado a su roca como sufriendo un castigo de Superprometeo por haber robado el fuego solar”. No obstante, la particularidad del juicio histórico del autor, a diferencia sobre todo de sus colegas anglosajones, reside en que, pese a todo, seguimos siendo quijotescos: “Los españoles, con nuestro mito nacional novelesco y no épico, idealista y melancólico, nada técnico a pesar de su modernidad, vemos a ese Fausto superprometeico como Caballero de la Triste Figura”.

Armando Zerolo

Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Profesor de Filosofía del Derecho y Política. Autor de los libros “Génesis de Estado Minotauro” y “La monarquía constitucional. Los orígenes del Estado Liberal según Chateaubriand”.

© Nueva Revista

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