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CARLOS GOEDDER

Los hombres que construyeron América
Una serie televisiva transmitida por el History Channel en Latinoamérica y España relata el origen del capitalismo empresarial estadounidense e invita a que despierten nuestro ímpetu empresarial y nuestra reflexión sobre el sistema capitalista
Actualizado 8 julio 2013  
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Carlos Goedder   
 
A mis amigos Juan Pablo Gaye N. y  Pedro P. Merino León, los mayores emprendedores que conozco
“Nada es imposible”. Esto lo declara convencido Andrew Carnegie (1835-1919), quien llegó a ser la mayor fortuna del mundo, habiendo nacido en la pobreza e inmigrado desde Escocia a EEUU. Hasta el Papa Juan Pablo I, quien apenas pudo guiar la Iglesia Católica por un mes antes de fallecer en 1978, incluyó el nombre de Andrew Carnegie en uno de sus discursos, durante la audiencia del 20 de septiembre de 1978. El Papa señaló:
“Cuando yo era muchacho, leí algo sobre Andrew Carnegie, un escocés que marchó, con sus padres, a América, donde poco a poco llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo. No era católico, pero me impresionó el hecho de que hablara insistentemente de los gozos sanos y auténticos de su vida. «Nací en la miseria —decía—, pero no cambiaría los recuerdos de mi infancia por los de los hijos de los millonarios. ¿Qué saben ellos de las alegrías familiares, de la dulce figura de la madre que reúne en sí misma las funciones de niñera, lavandera, cocinera, maestro, ángel y santa?» Se había empleado, muy joven, en una hilandería de Pittsburg, con un estipendio de 56 miserables liras mensuales. Una tarde, en vez de pagarle enseguida, el cajero le dijo que esperase. Carnegie temblaba: «Ahora me despiden», pensó. Por el contrario, después de pagar a los demás, el cajero le dijo: «Andrew, he seguido atentamente tu trabajo y he sacado en conclusión que vale más que el de los otros. Te subo la paga a 67 liras» Carnegie volvió corriendo a su casa, donde la madre lloró de contento por la promoción del hijo. «Habláis de millonarios —decía Carnegie muchos años después—; todos mis millones juntos no me han dado jamás la alegría de aquellas once liras de aumento»”
Carnegie es uno de los protagonistas en una de las mejores series televisivas que he visto y recomendado. Lamentablemente sólo la pasaban en TV por cable, en el History Channel. La vi en España y Latinoamérica y no dudo en decir que es un bien público. Haría mucho para revertir la crisis económica española y mejorar la calidad de crecimiento en Latinoamérica si sus televisiones estatales la comprasen y transmitiesen. La serie se llama en idioma inglés “The Men Who Built America” y ha sido producida por el History Channel en 2013. En España se tradujo literalmente como “Los Hombres que Hicieron América” y en History Channel Latinoamérica la han transmitido como “Gigantes de la Industria”. ¿Los protagonistas? Los titanes empresariales que crearon el mundo en que vivimos, liderando las industrias de ferrocarriles, petróleo, acero, energía eléctrica y automóviles. Estamos hablando de Cornelius Vandervilt (1794-1877), John D. Rockefeller (1839-1937), el mencionado Andrew Carnegie, John Pierport Morgan (1837-1913) y Henry Ford (1863-1947).
La serie abre al menos dos vertientes de interpretación. Una es la de despertar en cualquiera el ímpetu de abrir un gran negocio. Otro camino es que motive una reflexión y hasta crítica sobre el capitalismo. Acá abordo ambos terrenos, porque he experimentado todas estas sensaciones y meditaciones al verla. La serie está en DVD y para ayudar a entrar en materia, resumo un poco de qué va.
La serie inicia con un Vandervilt que ya es líder en la industria del ferrocarril. Vandervilt tiene un problema de exceso de capacidad y se le ocurre apostar por transportar un producto que es novedad en el mercado: el queroseno producido a partir de petróleo. El joven Rockefeller, en Ohio, tiene una pequeña cuota de mercado relevante con sus refinerías y Vandervilt cierra el trato de transportarle el queroseno. Rockefeller en realidad carece de suficiente capacidad de refinación, mas se suma al acuerdo y consigue cumplir con el volumen requerido para transporte por Vandervilt. No obstante, Rockefeller aspira a lo más alto. La ventaja competitiva que le da Vandervilt le permite llegar a los principales mercados de EEUU y decide que su empresa tenga el liderazgo en refinar queroseno seguro y confiable, sin riesgos de incendios. La empresa de Rockefeller, Standard Oil adopta además una estrategia nueva: el monopolio. Va comprando cuanta refinería encuentra en el camino y consolidando la industria en un único proveedor. Otro líder del ferrocarril quiere competir por trasladar el petróleo de Rockefeller y el petrolero consigue abaratar el transporte al cerrar un acuerdo con Thomas Scott, rival de Vandervilt. Con Scott trabaja el joven Carnegie.
Vandervilt y Scott se dan cuenta que Rockefeller les ha metido en una guerra de precios ruinosa y deciden elevarle el precio en una alianza. Rockefeller, un devoto presbiteriano, considera que ir contra él es casi ir contra Dios. Se le ocurre entonces construir oleoductos – nadie había llevado el petróleo por tuberías a través de EEUU antes – y se logra quitar de encima a los ferrocarrileros. Scott acaba en quiebra y Carnegie, su protegido, se jura a sí mismo vengarse de Rockefeller y superarle en fortuna. Rockefeller, a los 33 años, ya es el industrial con mayor fortuna de EEUU.
Carnegie, durante su trabajo con Scott, ha construido el primer puente de acero en EEUU. Al dejar atrás la industria ferroviaria, el inmigrante escocés se dedica a la siderurgia. Su presión es hacer fortuna para superar a la de Rockefeller, contra quien está corriendo una maratón de fondo en ver quién se hace más rico. Carnegie decide aliarse con un industrial del carbón, Henry ClayFrick (1848-1919), quien tiene un estilo violento y desalmado del que carece Carnegie. Frick tiene encomendado bajar los costos de producción como sea y no tiene reparos en disminuir salarios o echar gente. El socio aumentará la eficiencia del negocio, mas le traerá a Carnegie dos problemas serios de reputación. El primero, una terrible inundación en la ciudad de Johnstown, con 2.200 muertos como saldo y en la cual se colocaba responsabilidad en el South ForkFishing and Hunting Club, al que pertenecían Frick y Carnegie, por falta de mantenimiento en la represa que se desbordó. Adicionalmente, Frick reprimió con detectives privados armados la huelga siderúrgica en Homestead, realizada en reclamo de mejores condiciones laborales, dejando un saldo de casi una decena de muertos. Un anarquista casi mata a Frick y Carnegie decide sacarlo de la gerencia. Para limpiar su nombre, Carnegie opta por obras de beneficencia y filantropía, una de las cuales es la célebre sala de conciertos Carnegie Hall. Al final venderá su imperio a John Pierport Morgan y dedicará el resultado a seguir haciendo más donaciones y, en la práctica, regalar sus millones (USD 250 MM de 1901, que hoy día equivalen a al menos USD 2.300 MM de hoy día – suponiendo inflación anual media de 2% durante 112 años, a interés compuesto).
Morgan, a diferencia de Carnegie y Rockefeller, sí nació en cuna de oro, en una familia de banqueros. No obstante, también quería tomar parte en una industria que cambiase la vida de la gente, como hacían el queroseno y el acero. Apoyó a Thomas Alva Edison (1847-1931), el mayor inventor de todos los tiempos, en el desarrollo de la bombilla eléctrica y la iluminación con esta nueva forma de energía. Edison optó por la corriente directa, generando que su asociado Nikola Tesla (1856-1943) se separase de la y desarrollase en la empresa rival Westinghouse la corriente alterna, que la que se impuso y usamos hoy. La pelea entre inventores casi saca del mercado a Morgan. No obstante, el banquero no se iba a dejar ganar. Emprende una pelea legal contra Westinghouse por patentes, que este último no puede costear y le compra el negocio. Con esto, nace General Electric y Morgan extiende la energía eléctrica por todo EEUU. No contento con esto, se dedica a “morganizar” industrias en problemas, comprando empresas fallidas, racionalizando sus costos y sacándolas a flote con grandes beneficios.
Rockefeller le hace la guerra a la energía eléctrica como insegura, para proteger su queroseno. Cuando ya está perdiendo la guerra, opta por un derivado petrolero que ha estado sin uso: la gasolina. El joven empresario Henry Ford ha abaratado y popularizado el automóvil, un artículo antes prohibitivamente lujoso; con esto genera el mercado que Rockefeller necesita. A diferencia de los titanes previos, Ford paga unos salarios mejores.
La relación con el Gobierno es parte de la historia. Mientras los trabajadores estadounidenses están expuestos a las recesiones económicas, los gigantes de la industria crecen a ritmo exponencial y llevan una vida ajena a las tribulaciones del estadounidense medio. Cuando los políticos claman desde sus tribunas contra los monopolistas, los grandes capitanes de industria, Rockefeller, Carnegie y Morgan pactan entre sí, dejando a un lado la competencia por quién será el mayor multimillonario americano. Deciden comprar un presidente. Ese presidente fue William McKinley (1843-1901), el mismo que le arrebató a España las últimas colonias en 1898. McKinley deja a los monopolios seguir creciendo. Entre los políticos descontentos con más carisma y talento está Theodore Roosevelt (1858-1919), quien está contra las grandes industrias. La solución que se encuentra es reservarle el puesto de Vicepresidente de McKinley, desde donde poco puede hacer.
El azar conspira contra los titanes industriales. McKinley es asesinado por un anarquista. Roosevelt sube a la Presidencia y se dedicará a iniciar procesos judiciales para desmembrar los monopolios. Morgan y Rockefeller acaban procesados. La defensa de Rockefeller en el juicio, mostrada en la serie televisiva, es elocuente: señala que trajo orden a una industria caótica, que creó miles de puestos de trabajo, que llevó la iluminación por queroseno a todos los hogares estadounidenses… La sentencia le ordena vender en partes Standard Oil, con lo cual el multimillonario acabará aún más rico y se dedicará también a la filantropía. Su Rockefeller Foundation hizo mucho por la humanidad en temas de salud e investigación científica y muchos de los grandes académicos trabajaron con las becas de esa institución.
Este es el guión que recorre la serie televisiva en varios episodios. Desde luego, la serie lo muestra con mucho más detalle y salpicado con declaraciones de grandes capitanes empresariales contemporáneos, como Donald Trump, Jack Welch y Steve Wozniak, además de economistas célebres como Alan Greenspan y biógrafos de los titanes.
Dicho todo esto, entremos en materia.
¿Es posible emular esta historia en castellano?
Dejando para la sección siguiente el debate sobre capitalismo, está claro que estos hombres construyeron el mundo contemporáneo. Salvo Internet – y principalmente el correo electrónico -, el mundo no ha vivido en los últimos 150 años otros cambios que repliquen las transformaciones que introdujeron estos empresarios al legarnos el ferrocarril, el automóvil, los derivados del petróleo, el acero y la energía eléctrica.
Mi opinión es que esta historia sólo podía tomar lugar en EEUU. Esta Segunda Revolución Industrial precisaba de al menos dos cosas que han carecido los países de habla hispana:
1. Instituciones. Los grandes empresarios no temían que sus naciones experimentaran guerras civiles, confiscaciones de propiedad o volatilidad política que les imposibilitase el progreso económico. Incluso cuando el Gobierno eligió el antimonopolio, la salida fue una venta civilizada de las corporaciones a otras empresas privadas.
Si algo caracteriza a los gigantes de la industria es que fueron profundamente estadounidenses. Amaban su país y querían hacer su riqueza en EEUU. Warren Buffet alguna vez dijo que debía su fortuna a que nació en el país correcto y en el momento preciso. ¿Era imaginable este resultado en unos países de habla hispana plagados de inestabilidad institucional? La democracia estadounidense, con las fallas que pueda tener, fue el gran aliado de esta Revolución Industrial.
2. Cultura. Estos empresarios, salvo Morgan, nacieron pobres y fueron asalariados por muchos años. Nunca esperaron nada de nadie y menos del Gobierno. En lugar de rumiar su mal punto de partida, creían en sí mismos y en su poder personal para salir adelante. No anduvieron buscando subsidios. Jugaron dentro de las reglas: nunca intentaron hacerles fraudes a sus socios, cumplieron su palabra y sus tratos se respetaron hasta que dejaron de ser económicamente viables. Salvo Frick, el punto oscuro en Carnegie, jugaron bajo normas casi deportivas y sin usar la violencia. Incluso cuando sobornaron a un Presidente, procedían sin extorsiones y sin amañar elecciones. Nunca contemplaron asesinar a Teddy Roosevelt.Y la Democracia Estadounidense tuvo la suficiente fuerza para detener el intento empresarial por apoderarse del gobierno. Estos titanes hicieron su dinero sin meterse en nada ilegal y realmente querían construir industrias que cambiaran la vida de la gente y mejorase su país. Querían ser los líderes en ello y ganar fortuna. Una riqueza que luego repartieron a manos espuertas a la misma sociedad donde la acumularon. Acá nadie hizo dinero traficando ni desde cargos públicos. Estos sujetos fueron los mejores en su industria y florecieron en una cultura que premia al emprendedor, a quien quiere crear y transformar el mundo. Estos Prometeos iban por algo más que dinero. ¿Cuántos se habrían detenido al hacer un par de millones?
Luego, mi lectura es que nuestra cultura hispana genera trabas mentales e institucionales seculares para que en nuestros países donde se habla castellano surjan historias de Revolución Industrial. En estas naciones, se desconfía del esfuerzo y la toma de riesgos. La riqueza fácil es el camino. La inestabilidad institucional disuade de emprender negocios. Los grandes capitales heredados del feudalismo optan por negocios con todas las garantías o mandar el dinero al extranjero. Salvo el caso brasilero, que me sorprendió mientras viví en São Paulo entre 2002 y 2005, los capitales latinoamericanos desprecian las sociedades en que viven y optan por irse a un paraíso fiscal. Se puede argumentar que esto es racional, dada la volatilidad institucional, mas me temo que hay un componente cultural. Los caracteres emprendedores sólo ven como alternativa hacer dinero es la ilegalidad o meterse en política, para robar de los recursos públicos.
A diferencia de los grandes empresarios estadounidenses, la diversidad y la inversión en conocimiento no se premian en el ambiente corporativo que habla castellano. Los grandes emprendedores en estos mercados muchas veces terminan siendo pequeños y medianos empresarios e incluso “microempresarios”, confinados muchas veces a la economía informal o sumergida por un gobierno que les impone trabas para constituirse legalmente.
Por esto creo que el mayor aporte de los gobiernos que hablan castellano a sus habitantes no son más subsidios ni demagogos, sino divulgar series televisivas como esta que comento, para que se despierte desde la infancia una vena empresarial no sólo entre los emprendedores del mundo privado, sino entre servidores públicos capaces de apoyar que las instituciones faciliten la vida a quien quiere producir y transformar el mundo. La educación en castellano apenas enseña cómo montar un negocio, manejar una cuenta bancaria o registrar una patente. Nos perdemos en conocimiento estéril, incapaz de producir más casos exitosos como los de Eugenio Mendoza en Venezuela, Silvio Santos en Brasil o Aristóteles Onassis en Argentina. ¿Por qué desgastamos a los estudiantes latinoamericanos con nombres y crónicas de caudillos en lugar de invitarles a conocer la vida de los grandes empresarios e inventores en sus países, que los hay, como una excepción destacable?
Y es que emprededor no es sólo quien monta un negocio. Quienquiera que desee transformar la realidad que ve, desde el arte, la ciencia, el servicio público o la política es un capitán de empresas.
Cuestionando el capitalismo
La crónica que hice mostró episodios oscuros: explotación laboral, sobornos políticos y avaricia.
La pregunta es si otro sistema distinto al capitalismo habría producido la transformación que hicieron los gigantes de la industria. Lo dudo. Ciertamente el motor de esta transformación fueron hombres que querían maximizar beneficio y para quienes el trabajador es un costo. Quien crea que el capitalismo funciona por benevolencia y que es amigable, simplemente lo desconoce. Sí que se trata de extraer al trabajador la máxima plusvalía. Ahora bien, el error marxista es creer que sólo el trabajador genera beneficio económico. El talento empresarial y las inversiones de capital hechas por Rockefeller, Carnegie y Morgan tienen la misma capacidad para generar plusvalía. Es más, lícitamente un Rockefeller, un Carnegie o un Ford podían decir que ellos mismos habían sido asalariados y optaron por ser sus propios jefes, rompiendo la certidumbre del sueldo y el ocio tras la jornada fabril.
El problema con muchos académicos que defienden el capitalismo es que nunca trabajaron en una empresa capitalista, sino en despachos universitarios. El capitalismo es competitivo y evolutivo. Quien no logra producir con eficiencia queda fuera, sea empresario o trabajador. Y todos intentan sacar provecho de los demás. Nuestras corporaciones contemporáneas se aproximan mucho a un campo de concentración. Es más, si algo nos demuestra la experiencia de los gigantes industriales es que eso de la competencia perfecta no vale para describir cómo funcionan los mercados. El economista Joseph A. Schumpeter (1883-1950) estuvo más acertado al describir el mundo empresarial como “destrucción creativa” o John Maynard Keynes (1883-1946) al hablar de “espíritus animales”. El mercado es la jungla. Los empresarios exitosos buscan ser monopolistas.
El tema es: ¿Hay mejores alternativas a este modo de ganarnos la vida? Los sistemas previos de feudalismo y mercantilismo sólo ofrecían servidumbre e inamovilidad social. Cualquiera con empuje abandonaba la vida campesina. ¿Ofrece algo el marxismo? Tampoco. La explotación gubernamental de las empresas termina también esclavizando al trabajador, al convertirlo en un miembro de partido sin derecho a moverse al trabajo que desee y lo que es peor, además de ser explotador y totalitario, el marxismo es ineficiente. Nunca un burócrata de partido podrá gestionar un negocio. La Venezuela de Chávez y Maduro, o la Argentina de Cristina Kirchner son muestras contemporáneas elocuentes.
Indudablemente el capitalismo debe tener reglamentación. Las historias mencionadas nos muestran hasta qué punto es peligroso un titán industrial guiado por la avaricia. Ninguna fuerza, salvo la Ley, les detendrá. El quid de la cuestión es encontrar una regulación óptima que evite destruir el ímpetu de estos innovadores.
Sólo puedo decir que un Rockefeller y un Morgan han hecho más por la humanidad que muchos santurrones y demagogos que se conforman con lamer las heridas de los pobres, sin sacarles nunca de la miseria. La electricidad, el acero, el automóvil y el petróleo han hecho mucho más por mí que los discursos y la caridad.
(Para ver más sobre la serie, invito a visitarHistoryChannel en Internet: http://co.tuhistory.com/programas/gigantes-de-la-industria.html)
Bogotá, Julio de 2013
[email protected]
@carlosgoedderFacebook: Carlos Goedder
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