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LLUIS FOIX

Crisis en las democracias liberales
Si Europa no construye un gran plan para hacer frente a las crisis internas, a la migración y a la tibieza de las relaciones con Washington, podemos estar en vísperas de grandes cataclismos sociales y políticos.
Actualizado 30 junio 2018  
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Lluis Foix   

La consistencia de las democracias liberales se agrieta por el cansancio, el miedo y, paradójicamente, por los grandes avances de la globalización y las tecnologías que no han pro­ducido más empleo ni más respeto hacia los valores culturales de los otros. Los conceptos de xenofobia y nacionalismo reaparecen en el universo del mundo democrático occidental con una inquietante normalidad.

La situación errática de decenas de miles de migrantes detenidos en las fronteras, navegando a la deriva por el Mediterráneo, señalados como extranjeros en los países en los que llevan años viviendo y trabajando evoca situaciones vividas en los años treinta del siglo pasado.

La demagogia contra las minorías precedieron el colapso de las democracias y las violencias que se materializaron en millones de muertos en acciones de guerra. La imagen de dos mil niños enjaulados en la frontera después de que sus padres hubieran sido expulsados a México es, de hecho, la derrota del trumpismo que no puede ni sabe corregir las consecuencias de un discurso que denigra la dignidad del extranjero.

Lo que más preocupa no son los hechos. Barack Obama deportó a más ilegales que Trump. Lo alarmante es el discurso étnico basado en mentiras y salpicado de ataques directos a los medios que no le son afines. El relato de Trump ha tomado cuerpo en la extrema derecha europea que presenta escenarios imaginarios de tragedias futuras provocados por migrantes y otras minorías a las que se pretende expulsar. Es paradójico que en los cuatro países del Grupo de Visegrado –Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia– la fiebre antiinmigración es una retórica que no se basa en la realidad.

Hungría, por ejemplo, levanta vallas y alambradas aunque sean poquísimos los refugiados y migrantes que se acercan a sus fronteras. En todo caso usan los pasadizos humanos para poder alcanzar Alemania o los países nórdicos.

La sintonía de Trump con movimientos de extrema derecha y euroescépticos es mucho más sólida que con los gobiernos aliados que durante ochenta años han compartido la seguridad colectiva, los mismos valores democráticos, el libre comercio y una alianza militar que todavía perdura. Uno de los argumentos centrales de la propaganda tuitera de Trump es intentar clasificar a grupos humanos, identificarlos, y crear un ambiente de peligrosidad que no existe en la realidad. Pero a base de que los migrantes son un peligro, la opinión pública acaba aceptándolo como una amenaza real.

Los populistas de la Alternativa para Alemania, los franceses de Marine Le Pen y los italianos de la Liga Norte no mencionan el legado de los totalitarismos nazis o fascistas sino que advierten de los peligros inminentes de los extranjeros que llegan.

En las elecciones locales del domingo en Italia el centroderecha y la Liga Norte han conquistado feudos históricos de la izquierda en ciudades importantes, lo que demuestra que la coalición populista que lidera vociferando Matteo Salvini no tiene alternativa en Italia. En su cuenta de Twitter antes de viajar a Libia, Salvini decía el lunes que “cuanto más nos insulta la izquierda, más nos premian los ciudadanos. Los italianos primero, yo no me detengo”.

La posición de Italia respecto a los migrantes se justifica por la carga desmesurada de sobrevenidos que llegan sin papeles a sus costas. La Unión Europea no ha reaccionado con inteligencia política porque los gobiernos no quieren abrir la mano a refugiados y migrantes ya que esta actitud se castiga en las urnas. La canciller Merkel, la estadista con más nivel en estos momentos, ha tenido que reformular su política migratoria porque la derecha extrema le roba cientos de miles de votos hasta el punto de que hoy es la oposición en el Bundestag a la coalición entre la CDU y los socialdemócratas. La crispación ha llegado al punto que es su propio ministro del Interior, del partido hermano bávaro de la CSU, el que amenaza con actuar por su cuenta y cerrar las fronteras debilitando el espacio Schengen y la continuidad del Gobierno.

Las crisis son inevitables en todos los tiempos y circunstancias. Pero el factor más negativo de la presente situación es que los líderes europeos, desde Merkel a Macron pasando también por May y los dirigentes ­escandinavos, piensan que Donald Trump no encarna los valores que invariablemente exhibieron todos los presidentes desde Eisenhower hasta Obama pasando por Truman, los Bush y Clinton.

Ronald Reagan no era bien visto por la intelectualidad europea y tampoco por los gobiernos socialdemócratas que convivieron con sus dos mandatos en los años ochenta. Pero se fiaron de él. Hasta tal punto que se plantó en Berlín y a voz en grito le pedía a Gorbachov, supuestamente al otro lado de la frontera de espinos, que derribara el muro. Y el muro cayó porque el sistema soviético no resistía su propia inconsistencia. Si Europa no construye un gran plan para hacer frente a las crisis internas, a la migración y a la tibieza de las relaciones con Washington, podemos estar en vísperas de grandes cataclismos sociales y políticos. Sólo hay que mirar a nuestro atribulado siglo XX.

Publicado en La Vanguardia el 27 de junio de 2018

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