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LLUIS FOIX

Pólvora política
En vez de construir un ­nuevo discurso, Europa se aferra a sus viejos fantasmas nacionalistas.
Actualizado 23 junio 2018  
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Lluis Foix   

Hace exactamente medio siglo que el diputado conservador británico Enoch Powell, hombre culto que hablaba el griego, el latín y el urdu tan bien como el inglés, proclamaba apocalípticamente que los inmigrantes presentaban tal amenaza que, parafraseando a Virgilio, se sentía como los romanos que veían bajar el Tíber ensangrentado por los asesinatos en convulsiones sociales. El célebre discurso de 1968 era una construcción intelectual de la xenofobia y el supremacismo cuando decenas de miles de británicos de la Commonwealth fueron acogidos en la metrópoli al margen de su color, etnia o religión a medida que se proclamaban las independencias como consecuencia de las descoloni­zaciones.

La verdad es que en aquellos días el Támesis bajaba contaminado como una cloaca de la industrialización al aire libre y hoy baja más limpio que nunca en su parte final hacia el mar donde se concentra uno de los espacios más multiculturales y más mestizos que existen en Europa. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, es hijo de un conductor de autobuses nacido en Pakistán.

Las corrientes migratorias han sido una avanzadilla de grandes transformaciones sociales a lo largo de los siglos. Los dramáticos episodios de varios miles de refugiados o inmigrantes que han convertido el fondo del Mediterráneo en un espacio sepulcral no han movido a la compasión sino a un cierre de fronteras cargadas de miedo y de rechazo al extranjero.

Está bien el gesto de Pedro Sánchez al acoger a los 629 migrantes rescatados del mar. Salvar vidas siempre es un gesto humanitario aunque no hacía falta desplegar tanta parafernalia mientras otros tantos llegaban en pateras en el mismo día en otras orillas de las costas españolas. Puede que el gesto del flamante Gobierno español haya despertado conciencias de políticos europeos que no han plantado ­cara a los discursos xenófobos que ganan terreno en las urnas a costa de la migración.

Vivimos en tierras de aluvión desde hace siglos. Cuando salimos de una oleada de ­sobrevenidos ya se divisa la siguiente. La demógrafa Anna Cabré dice que sin las ­inmigraciones del siglo pasado, por ejemplo, Catalunya tendría unos dos millones y medio de habitantes. Se calcula que entre los años 1995 y 2005 llegaron más de un ­millón de personas que de muchas maneras se han integrado, a pesar de la crisis, en la estructura productiva, social y hasta cierto punto cultural. Si se fueran todos de golpe, el colapso del país sería inme­diato.

Los movimientos migratorios condicionan el debate político del Occidente democrático. Donald Trump lo ha hecho una de sus principales banderas. En la frontera con México se cometen las más inhumanas barbaridades, como mantener a más de dos mil niños enjaulados tras ser separados de sus padres, que han tenido que abandonar Estados Unidos. La idea misma de la frontera física, alta y de cemento armado, es la señal inequívoca de rechazo al otro, sea quien sea. La ex primera dama Laura Bush ha calificado esta política de separación de inmoral y sin conciencia.

El modelo norteamericano, en el que un negro puede ser presidente o un austriaco ultraconservador como Arnold Schwarzenegger haya sido gobernador de California, ha hecho una gran nación en la que las minorías se han identificado con los principios básicos de la cultura política americana. Trump intenta romper drásticamente la tendencia con un nacionalismo social, extraño en Estados Unidos.

Italia no ha podido resistir la carga de ser la primera frontera de choque de migrantes procedentes de África y Oriente Medio. El muro de contención ha sido derribado en las urnas, que han producido un gobierno claramente xenófobo desde posiciones extremas a la derecha o la izquierda. El ministro del Interior, Matteo Salvini, dialéctico y demagogo, de la conservadora Liga Norte, ha hecho de la migración su pólvora política.

La estabilidad del Gobierno Merkel está en peligro porque su socio de Baviera, la CSU, ha plantado cara a la política migratoria de la canciller. Su ministro del Interior, el bávaro Horst Seehofer, ha prometido cerrar la frontera alemana de forma unilateral, lo que ha provocado una crisis grave e inesperada. El Brexit ganó con un discurso excluyente. Partidos xenófobos condicionan a los gobiernos escandinavos, Holanda, Austria, Polonia y Hungría.

En vez de construir un ­nuevo discurso, Europa se aferra a sus viejos fantasmas nacionalistas. Sólo un dato del lunes: en mayo pasado el número de migrantes que cruzaron las fronteras fue de 12.100, un 56 por ciento menos que el mismo mes del año ­pasado.

Europa necesita savia nueva si no quiere precipitarse en un largo invierno demográfico. Los gestos están muy bien, pero lo que hacen falta son políticas de largo alcance, serias y humanistas.

Publicado en La Vanguardia el 20 de junio de 2018

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