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LLUIS FOIX

La fórmula canadiense
La experiencia de Canadá demuestra que la apertura económica y la aceptación masiva de inmigrantes van de la mano del crecimiento y la seguridad.
Actualizado 10 agosto 2017  
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Lluis Foix   
En tiempos de populismos y posiciones extremas que afectan a todo el mundo occidental, Canadá emerge como un país que conserva una cierta idea liberal de la política y de las relaciones en el seno de una sociedad cada vez más heterogénea desde el punto de vista étnico, cultural y religioso. Los muros se levantan para impedir el libre paso de personas entre Estados Unidos y México, en zonas de Oriente Medio, en el centro de Europa y en las aguas del Mediterráneo.

Una política que han practicado los gobiernos canadienses de los últimos sesenta años es la necesidad de aumentar la población si se quiere mantener su existencia como pequeña gran potencia. Los recursos del país son extraordinarios en petróleo, gas, materias primas y agricultura. La riqueza que se desprende del caudal casi oceánico de las aguas del río San Lorenzo que salen del lago Ontario y desembocan en el Atlántico después de atravesar Quebec es difícil calcularla.

La ausencia de muros para frenar la entrada de extranjeros en Canadá explica en buena parte la razón de su porosidad a la hora de admitir inmigrantes y refugiados. Cada año acepta unos 300.000 inmigrantes, lo que significa casi un 1% de la población de 35 millones de habitantes. El primer ministro, Justin Tru­­deau, ha acogido a más de 50.000 refugiados sirios en los casi dos años que lleva en el poder. Sólo Alemania admitió más en el 2016.

La diversidad humana es uno de los activos sobre los que descansa la identidad canadiense. Es el país con más extensión territorial después de Rusia y tiene muchas posibilidades para doblar o triplicar su población en las próximas generaciones. Dispone de espacio y de recursos. La integración de inmigrantes es casi una necesidad.

Las situaciones no pueden compararse con Europa ni con el resto de países americanos. Decía un profesor que me acompañaba en la visita al Museo del Ferrocarril que Canadá fue posible gracias a las comunicaciones ferroviarias que surcan el país de este a oeste y que han sido la base para integrar personas en situaciones atmosféricas tan diversas. Es comprensible que la inmigración no produzca miedos ni asperezas como puede ocurrir en la vieja Europa. Canadá no levanta muros, en efecto, porque la muralla más grande y poderosa es la masa geográfica, humana y económica que comporta la sola existencia de Estados Unidos al sur de sus límites geográficos. Canadá controla sus fronteras y no acepta a quienes llaman a la puerta sin que respondan a los criterios de inmigración. Pero lo hace con generosidad y con un sentido práctico respecto a sus conveniencias económicas y sociales.

Una vez se han cumplido los requisitos de inmigración establecidos por el Gobierno se intenta la integración a través de una seguridad social que es más generosa y eficaz que la de Estados Unidos y que protege a los sobrevenidos de los riesgos de las desigualdades generadas por la globalización.

Una de las fórmulas que han preservado las libertades en un país tan heterogéneo es que han fusionado la diversidad y la iden­tidad nacional como un elemento distintivo de su cultura política, que ha mantenido sus alianzas con las grandes causas de la libertad defendidas por los países democráticos.

Quebec, por ejemplo, tiene sus propias ideas para interpretar el multiculturalismo a pesar de haber perdido dos referéndums de independencia. Se da la circunstancia que en las consultas de 1980 y 1995 la mayoría de los votantes del partido independentista que estaba en el gobierno no se pronunciaron a favor de la secesión. En 1995 los resultados fueron ajustadísimos. Un 50,6% se pronunció por el no y un 49,4% por el sí. Al día siguiente, la vida siguió normal.

A partir de ese segundo referéndum los partidos independentistas quebequeses han perdido fuerza en las elecciones regionales. En las del 2014 se quedaron con 24 escaños menos y las encuestas no vaticinan una gran remontada en las del 2018.

El debate sigue vivo a pesar de la pérdida de votos de los independentistas y de la mayor importancia de Toronto y Vancouver sobre la provincia de Quebec en términos económicos y de relevancia política. Se ha conseguido el total reconocimiento de la lengua francesa, la única oficial en Quebec, pero también reconocida en el resto de Canadá, y se ha aceptado que Quebec forma una nación dentro de un Canadá unido. Los independentistas pretenden la secesión pero tienen que obtener más apoyo electoral en el propio Quebec.

El país en conjunto crece aunque a un ritmo menos productivo e innovador que Estados Unidos. La experiencia canadiense demuestra que la apertura económica y la aceptación masiva de inmigrantes van de la mano del crecimiento y la seguridad. Siempre y cuando se haga con un control inteligente de las situaciones cambiantes de una generación a otra. El crecimiento demográfico es la clave principal del futuro.

Publicado en La Vanguardia el 9 de agosto de 2017

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