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Leonardo da Vinci. La biografía
En sus largos años de investigación y estudio sobre las personalidades más sobresalientes de la historia, Isaacson ha elaborado una teoría acerca del genio poco científica pero de enorme sentido común. Leonardo le ha ayudado a validarla.
Actualizado 28 noviembre 2018  
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José María Carabante   

Steve Jobs, Franklin, Einstein y ahora Leonardo da Vinci. ¿Cuál es el secreto del éxito que tan bien guarda Isaacson?

Es cierto que las vidas de los personajes que estudia son tan apasionantes como una novela, pero también es verdad que sus lectores no retroceden ante los miles de páginas de los que constan sus ensayos. Después de leer su atractivo repaso por la trayectoria y la compleja obra de Leonardo, creo que la combinación de erudición, cercanía y unas pocas dosis de autoayuda constituyen la estrategia que ha diseñado el profesor y escritor americano para seducir al lector medio contemporáneo, tan necesitado de cultura como de autoestima.

Walter Isaacson: Leonardo Da Vinci. La biografía.  Debate, Madrid, 2018, 599 págs.

En sus largos años de investigación y estudio sobre las personalidades más sobresalientes de la historia, Isaacson ha elaborado una teoría acerca del genio poco científica pero de enorme sentido común. Leonardo le ha ayudado a validarla. De acuerdo con este biógrafo, el genio no es un ser que supera la condición humana, una deidad o alguien con dones celestiales, sino una persona de carne y hueso, con nuestras mismas miserias, pero también con nuestra misma potencialidad, que despunta gracias a una extraña mixtura de inteligencia, creatividad y obsesión. La enseñanza que uno extrae tras las casi seiscientas páginas que tiene este libro es el típico mensaje de «tú también podrías», un compendio de consejos que conminan al lector a emular la grandeza artística de Leonardo, como si el interés de Isaacson hubiera sido destilar del itinerario existencial de ese polímata del Renacimiento. Principios que el tedioso y aburrido individuo de nuestros días puede aplicar para alimentar sus sueños de grandeza. No es casual que las últimas páginas del libro se presenten bajo el título «La lección de Leonardo» y se incluyan consejos como «busque el conocimiento por sí mismo», «sea curioso», «conserve la capacidad de asombro de un niño», concluyendo el volumen con un rotundo «ábrase al misterio». Pero, en cualquier caso, no restemos mérito a Isaacson, que aclara algunas partes de esa biografía recóndita, y tal vez por eso mismo tan fascinante, del autor de la sonrisa más esotérica del arte. Leonardo fue un auténtico hombre del Renacimiento, con intereses inabarcables, espíritu innovador. Fue un observador atento, ajeno por completo a ese virus de la especialización que ha transformado la sabiduría de antaño en la menesterosa cultura de expertos de hoy. Para quien dude de su talento, ahí están sus obras; para quien recele de su ingenio, ahí están sus cuadernos. Isaacson puntualiza, sin embargo, que le faltaba esa reverencia hacia la tradición y el entusiasmo por el pasado que hizo de aquella época una vuelta a lo clásico. Era autodidacta, apenas sabía latín y, sorprendentemente, no dominaba la aritmética ni el álgebra. La geometría era su fuerte. Si hemos de creer al autor, hay rasgos que hacen peculiar a Leonardo: su inagotable admiración y sus dotes infatigables de observador. Isaacson lo retrata como un niño que se resiste a crecer y que conserva su pasmosa ingenuidad ante el misterio y la belleza de lo real mientras envejece. Al cabo de los siglos, y con independencia de sus grandes obras, el hombre que revelan sus cuadernos es un astuto espectador del universo, un obsesivo escrutador de las analogías entre la naturaleza, el cuerpo humano y el espíritu. Tanto sus bocetos anatómicos como su interés por las plantas, el agua, el movimiento o los rostros, nacían de su asombrosa capacidad de atender a los detalles. Podía estar mirando los semblantes que pasaban a su lado para retratarlos en sus pinturas, buscando incansablemente la expresión más veraz de una determinada emoción, o vagar con su imaginación mientras indagaba la indescifrable nervatura del envés de una hoja.

Una naturaleza universal

Su vocación artística estaba indisolublemente unida a su creatividad y ambas conformaban espiritualmente una misma fuerza con su inclinación científica. Leonardo fue, de algún modo, el predecesor de aquellos que, como Galileo, revolucionaron la ciencia y nuestra manera de ver el mundo. Pero en Leonardo todavía no se había impuesto esa antítesis entre las dos culturas, la de letras y ciencias, que consagró C. P. Snow. Por ello mismo, una de las peculiaridades que más llaman la atención de Leonardo es su universalidad. Así lo explica el propio Isaacson: «Lo que también distinguió al genio de Leonardo fue su naturaleza universal. El mundo ha producido otros pensadores más profundos, y muchos más prácticos, pero ninguno tan creativo en tantos campos diferentes. Algunas personas son genios en un campo particular, como Mozart en la música y Euler en las matemáticas. Sin embargo, la brillantez de Leonardo abarcaba múltiples disciplinas, lo que le permitió tener una perspectiva mucho más completa de las pautas y los vínculos con la naturaleza».

Leonardo unía ciencia y arte porque sus meticulosas observaciones constituían el preámbulo de su trabajo artístico. Para pintar esas miradas que siguen al espectador a lo largo y ancho de su lugar de exposición, tenía primero que estudiar el ojo, analizar la incidencia de la luz y averiguar cómo la interioridad podía reflejarse en una leve huella del iris. La sonrisa, el cielo, los árboles, las piedras o las flores tenían que hallar en el lienzo su lugar exacto y adquirir realidad. Por ejemplo, llegó a la técnica del sfumato, que consiste en sobreponer tenues capas de pintura con el fin de suavizar los contornos, porque se percató de que nuestra visión no delimita los objetos de forma áspera, rígida o quebrada, es decir, no percibimos líneas marcadas, sino una brumosa continuidad.

La famosa carta que Leonardo escribe a Ludovico Sforza, uno de sus principales mecenas, dan fe de la ingente variedad de sus intereses, pero también de la pericia de Leonardo en la invención. Y es curioso que no se presentara como pintor o artista en esa solicitud de empleo, sino que se ofreciera como inventor de diversos instrumentos de guerra. En Milán, Leonardo se dedicó a la pintura, pero también a diversos proyectos de ingeniería, en muchos casos frustrados. También fue un importante productor de espectáculos y se encargó de diversos montajes escénicos. Para Isaacson, lo que hace que Leonardo descienda de su pedestal divino y lo convierte en un simple mortal, ciertamente prodigioso, pero humano, al fin y al cabo, son sus fracasos. Fueron muchos los proyectos en los que esa inquieta mente se embarcó y muchos también los que, finalmente, no vieron la luz. Gracias a que escribía sus inquietudes al detalle en interminables listas -también sus tareas y encargos—, los especialistas han podido reconstruir no solo un más o menos completo catálogo de sus obras, sino también los planes que nunca llegó a realizar.

El enfrentamiento con Miguel Ángel

Quien quiera acercarse a Leonardo, encontrará en este vivo libro de Isaacson una buena introducción. El mérito del biógrafo americano a la hora de poner a disposición de los neófitos la literatura especializada es innegable. Y anima a seguir profundizando en algunos de los misterios de Leonardo, sobre el que todavía se ciernen ciertas sombras. A este respecto, son muy sintomáticas las discusiones entre los especialistas con motivo del hallazgo de La bella principessa, cuya autoría muchos hoy todavía niegan. Por otro lado, también resulta especialmente interesante la coincidencia y enfrentamiento entre Leonardo y Miguel Ángel. Isaacson no entra, por fortuna, en la vida íntima del último, aunque destaca que era homosexual y que el amor de su vida fue Salai, un joven que entró muy pronto a vivir con él como ayudante y que le dio bastantes quebraderos de cabeza, pero también fue motivo de inspiración para muchos de los retratos que esbozó.

Una gran ventaja del libro es que está acompañado de multitud de ilustraciones, a las que se remiten las diversas partes del ensayo. Sirve tanto como relato histórico y acercamiento a la vida de un artista central en la historia de la cultura. También son sutiles y rigurosas las interpretaciones de sus obras que Isaacson ofrece y que ayudan a hacernos una idea de la potencia de Leonardo y de sus multifacéticas contribuciones.

© Nueva Revista

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