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Las limitadas opciones de Ucrania
El resultado de la crisis ucraniana se está traduciendo en otro "conflicto congelado" en el este de Europa.
Actualizado 25 septiembre 2014  
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Antonio R. Rubio   
 Dos acontecimientos se produjeron casi simultáneamente en la crisis de Ucrania: el discurso del presidente Petro Poroshenko ante las dos cámaras del Congreso de EE.UU., y un compromiso de alto el fuego con los separatistas pro-rusos (18 y 19 de septiembre de 2014), que vino precedido de una ley del parlamento de Kiev que concedía un estatus especial a los territorios de Ucrania oriental. El contraste entre el discurso de Poroshenko y el acuerdo con los rebeldes, que los ucranianos más nacionalistas interpretan como una cesión, es evidente, y sirve para poner de relieve cómo las opciones futuras de una Ucrania acosada por Rusia no dejan de ser limitadas.

Por mucho que se pretenda demostrar que esta es la mayor crisis internacional desde la de los misiles de Cuba en 1962. Occidente no la percibe así
La unión de las democracias

Poroshenko no habría empleado probablemente en un parlamento europeo términos tales como el de “mundo libre”, pues a no pocos europeos les recuerda los tiempos de la guerra fría. De “mundo libre” solo se puede hablar con franqueza en EE.UU., pues su presidente fue considerado durante décadas como líder del mundo libre, si bien en el mandato de Obama tampoco se ha usado mucho esta expresión. Quizás sea por el hecho de que “mundo libre” evoca la unión de las democracias a escala mundial para plantar cara a los sistemas autoritarios.

De ahí que Poroshenko recordara que las democracias deben apoyarse mutuamente y mostrar solidaridad en la agresión y la adversidad. Ni que decir tiene que el presidente considera a Ucrania como una democracia, algo que muchos líderes europeos no han compartido en el pasado reciente, pues nunca han faltado reproches por la corrupción y la debilidad de la sociedad civil.

Pero aun admitiendo que estas deficiencias sean lacras del pasado, el discurso de Poroshenko es, en parte, un canto a la revolución de febrero de 2014 que derribó al presidente Viktor Yanukovich. La presenta como una heroica revolución popular vencedora de un régimen corrupto y que expresa el deseo de los ucranianos de unirse a Europa. Pero en esta aspiración se interpone la Rusia de Putin, considerada como una potencia revisionista que quiere volver al imperalismo de la URSS. Esto explicaría la anexión de Crimea y el conflicto separatista en el este de Ucrania.

En palabras de Poroshenko, la agresión contra Ucrania es una amenaza a la seguridad global y es una mezcla de guerra interpuesta, terrorismo, nacionalismo radical y extremismo. Representa una amenaza que hay que detener, pues, en caso contrario, sobrepasará las fronteras europeas y se expansionará a través del mundo. Es una situación de urgencia que reclama no solo apoyo político sino también militar, sea este letal o no. Sin embargo, poca ayuda militar puede esperar Ucrania más allá del programa de modernización de sus fuerzas armadas, suscrito en la Carta de Asociación OTAN-Ucrania de 1997, programa que siempre ha estado supeditado a las reformas políticas.

La ley aprobada en el parlamento de Kiev concede amplios poderes de autogobierno a las regiones del Este
El estatus de neutralidad

Ni siquiera el proyecto gubernamental de revisar el estatus de neutralidad de Ucrania para solicitar la adhesión a la OTAN despierta muchos entusiasmos entre los aliados occidentales. Tanto es así que el presidente ucraniano solicitó en el Congreso americano un estatus especial de socio de Washington, una petición recibida con frialdad por la Administración Obama. Hay que reconocer que la retórica empleada por Poroshenko sobre su país como democracia amenazada no funciona demasiado en ese laberinto de sanciones progresivas y limitadas que constituye la respuesta de Occidente a la crisis ucraniana.

Tampoco convence el argumento de Poroshenko de que no estamos ante la elección entre un mundo unipolar y multipolar, sino entre una batalla entre la civilización y la barbarie. Por mucho que se pretenda demostrar que esta es la mayor crisis internacional desde la de los misiles de Cuba en 1962. Occidente no la percibe así, pues no entra en sus planes ninguna confrontación nuclear, y Rusia la percibe como un acto de autodefensa ante el bloque antagónico de la OTAN que amenaza sus fronteras.

A este respecto, la conocida politóloga francesa de origen ruso, Hélène Carrére d’Encausse, ha destacado el carácter pragmático de la política exterior de Putin, aunque ahora pueda parecer lo contrario. Habría sido la arrogancia de los países occidentales que buscaban excluir a Rusia del futuro de Ucrania la causante de la intervención (Le Figaro, 2-9-2014). La solución de Carrère pasa por no endurecer la actitud ante Rusia si se quiera salvar la integridad territorial de Ucrania, y habrían de ser Alemania y Francia, más que la UE como tal, los grandes mediadores en esta crisis, los únicos que supuestamente podrían evitar que Rusia diera la espalda definitivamente a Europa.

Autogobierno en el Este

Los aplausos de los congresistas al discurso de Poroshenko, sobre todo los de las filas republicanas, no ocultan la realidad de que EE.UU. está dando una respuesta de tibia contención al comportamiento de Rusia en Ucrania. Por lo demás, al final del discurso presidencial, hay un reconocimiento implícito de que la victoria sobre los separatistas es imposible y se debe buscar la paz en el este por medio de la concesión de “los derechos más amplios que ninguna parte de Ucrania haya tenido en la historia de la nación”.

Sin necesidad de efectuar una anexión formal, como la de Crimea, Putin ha neutralizado una buena parte del territorio oriental de Ucrania
No otra cosa se había hecho unos días antes en el parlamento ucraniano. La ley que concede un estatus especial a las zonas rebeldes no califica de “terroristas” a los sublevados sino que los considera como “participantes en los acontecimientos de los territorios de las regiones de Donetsk y Lugansk”, y les concede una amplia amnistía. Las áreas rebeldes adquieren además amplios poderes de autogobierno tras un período transitorio de tres años que seguiría a las elecciones locales del próximo 9 de noviembre. Tendrían también su propia organización policial y judicial, y se permitiría al futuro gobierno local cooperar con las autoridades rusas fronterizas para “profundizar en las buenas relaciones de vecindad”. Esto explica el subsiguiente alto el fuego entre Ucrania y los rebeldes, concretado en el memorándum de Minsk (19 de septiembre), y cuya supervisión se reserva a una misión de observadores de la OSCE.

Otro conflicto congelado

Más sangrante para la soberanía ucraniana es el aplazamiento a 31 de diciembre de 2015 de la entrada en vigor del acuerdo de asociación y libre comercio con la UE, lo que supone dilatar la reducción de aranceles de los productos europeos en el mercado ucraniano, algo que Rusia solicitó y finalmente consiguió de Bruselas al temer perjuicios para su economía. Todas estas medidas pueden ser negativas para la formación de un gobierno, salido de las elecciones parlamentarias del 26 de octubre, que apoye las políticas de Poroshenko, pues el nacionalismo ucraniano las considera una capitulación ante Rusia.

En cualquier caso, el resultado de la crisis ucraniana se está traduciendo en otro “conflicto congelado” en el este de Europa, similar al de Transnistria en Moldavia, donde los separatistas pro-rusos constituyeron un Estado de facto independiente desde 1992, y que Moldavia no está en condiciones de recuperar dada la previsible reacción de Moscú, puesta de manifiesto en 2008 en la guerra con Georgia y que supuso la pérdida para Tiblisi de las regiones de Osetia del sur y Abjasia.

En este contexto Vladimir Putin es el vencedor porque sin necesidad de efectuar una anexión formal, como la de Crimea, ha neutralizado una buena parte del territorio oriental de Ucrania y dificulta de esta manera todos los intentos de aproximación de Kiev a la UE y la OTAN. Los rusos están creando así el espejismo de que ellos son los únicos que pueden evitar la partición de Ucrania, cuando en realidad la partición se ha hecho por la vía de los hechos consumados.

Por lo demás, el oeste de Ucrania, pese a sus aspiraciones europeas, debe valorar si le compensa una ruptura total teniendo en cuenta las limitadas reacciones de Occidente, a excepción de países vecinos como Polonia y las repúblicas bálticas, ante la crisis y el conflicto de los últimos meses.
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