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ÁLVARO VARGAS LLOSA

Las eliminatorias del Mundial: el otro mensaje
¿ Qué nos dicen las recientes eliminatorias para la Copa del Mundo de Rusia sobre los países latinoamericanos que se clasificaron y los que no?
Actualizado 17 octubre 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   

Existe una extraña relación que no sé si llamar alegórica entre lo que ha sucedido en la cancha durante las eliminatorias y lo que ha sucedido o está sucediendo en esos países desde el punto de vista político y social. Incluso podría decirse -estirando todavía más la liga- que en algunos casos los resultados deportivos encierran un relato moral, una parábola, sobre el estado de los países en cuestión.

Mencionaré los casos más saltantes. Por lo pronto, el de Argentina. Como todos sabemos, ese país, otrora potencia futbolística, se salvó in extremis de quedar fuera de Rusia 2018, algo que hubiera significado una catástrofe lo mismo para los argentinos que para los hinchas y el negocio del balompié mundial. ¿Por qué tendría que sorprendernos que un país que lleva muchos años mal gobernado lo haya pasado tan mal en la cancha de fútbol durante todos estos meses? Lo sucedido en el terreno de juego es lo que sucedía en la Asociación del Fútbol Argentino, es decir, el caos y la corrupción, pero más ampliamente lo que sucedía en el Estado populista y, por supuesto, en la sociedad, donde la inversión de valores y jerarquías habían hecho que los piqueteros violentos fueran los héroes, que el éxito pasara por las conexiones con el poder, que el progreso individual fuera visto con sospecha y que la armonía colectiva resultara imposible porque constantemente el gobierno provocaba confrontaciones entre estratos sociales.

Tampoco tendría que sorprendernos que fuera Messi, en el último momento, el salvador y que sus goles en Quito colocaran a Argentina en el Mundial. Messi es el argentino no populista por excelencia. Si Maradona es la encarnación del populismo argentino, Messi es la Argentina a la que aspiran los muchos argentinos no populistas que llevan años impedidos de dar el salto al desarrollo por culpa de esa otra Argentina, la victimista, la demagógica, la desproporcionadamente redistributiva. Con Macri, cuyo éxito todavía es prematuro declarar contar pero que ha traído ya beneficios con el cambio del clima social y el de negocios, la reinserción en el mundo y la normalización de lenguaje político, Argentina intenta salvar in extremis, como Messi en Quito, su clasificación al campeonato del desarrollo.

Con Brasil ocurre algo no menos interesante. La selección de Brasil, hasta la llegada de “Tite”, era un desastre. La humillante goleada que le había infligido Alemania en el Mundial anterior era el reflejo perfecto del desastre brasileño fuera de la cancha: corrupción, parálisis del aparato productivo, más años con crecimiento económico nulo o negativo de los que hubo en tiempos de la Gran Depresión, y una inflación abultada. Para no hablar de la inestabilidad política producida por las investigaciones y la judicialización de las relaciones non-sanctas entre poder político y poder económico.

Pero la selección decidió, en un momento dado, recuperar su mejor tradición. De la mano de “Tite”, volvió esa coreografía que todos hemos admirado en algún momento en el mejor Brasil futbolístico: un orden espontáneo que simula ser dirigido por una mano que lo mueve todo por designio. En ese orden cabe la genialidad individual de Neymar o Coutinho, la solvencia de Thiago Silva, la velocidad de Marcelo o la fortaleza de Paulinho. Gracias a ese Brasil que juega bonito otra vez, el pentacampeón acabó primero en la tabla clasificatoria y con bastante diferencia.

¿A qué alude ese Brasil futbolístico fuera de la cancha? Sin duda al nuevo Brasil que no todos los días vemos claro por los titulares escandalosos que sólo se centran en las noticias judiciales. Pero allí han sucedido cosas importantes: un proceso de purga, de higiene general, que está depurando poco a poco el mundo político y empresarial, el retorno de un cierto orden en la vida pública y, aunque parezca increíble bajo un presidente tan debilitado en las encuestas, un proceso de reformas todavía tímido pero inequívoco que está trayendo resultados: reducción de la inflación, ingreso masivo de capitales, el retorno del crecimiento. Una negrísima nuble ética planea sobre la cabeza de Temer, por cierto, pero esas reformas son más importantes que él. Las elecciones del próximo año podrían producir un gobierno ampliamente legitimado que dé continuidad y profundidad a esas reformas. Brasil se encamina, con dificultad y todavía mucho desencanto ciudadano, hacia algo mejor de lo que había en parte porque el público soliviantado y ciertas instituciones motivadas, como las jurisdiccionales, así lo dictaron. Del mismo modo, los malos resultados obligaron, por presión externa, a hacer modificaciones sustanciales en la selección. El resultado fue, en ese fuero, la llegada de “Tite” y el regreso del Brasil futbolístico de la leyenda. En el otro orden, el político y social, vemos un proceso parecido, todavía muy precario y reversible, pero de trayectoria interesante.

¿Y qué hay de Perú, por ejemplo? Después de 35 años sin pisar un Mundial, parece que tiene la clasificación en las manos. Es prematuro decir que ya la tiene, por cierto, porque el “repechaje” (espantosa palabreja) contra Nueva Zelandia puede traer sorpresas desagradables si la blanquirroja se abandona al triunfalismo antes de ganar y asegurarse el pase a Rusia. Pero convengamos en que la selección peruana, después de décadas de decadencia, ha enderezado el rumbo. ¿No es eso, exactamente, lo que le sucedió al país? Durante muchos años la política peruana estuvo signada por el autoritarismo y la mediocridad, y su economía, enferma de intervencionismo, se fue alejando año a año de la zona de clasificación al mundial del desarrollo. Pero en un momento dado, en las últimas dos décadas, se produjo un vuelco y el país pasó a ser la “vedette” sudamericana. La explosión de la clase media peruana fue la seña distintiva de ese nuevo país, creativo y en marcha.

Sin embargo, como acostumbra hacerlo, el Perú no acabó de coronar su éxito. El retorno a la democracia vino acompañado, hoy lo sabemos, de mucha corrupción, de fragilidad institucional y de una economía cuyo rendimiento seguía siendo demasiado dependiente del ciclo de los commodities. En cierta forma, puede decirse que el Perú político, social y económico está en zona de “repechaje”, más cerca de lo bueno que de lo malo pero no todavía en posición de cantar victoria porque de tanto en tanto la amenaza del retroceso (hablo del retroceso del conjunto, no de tal o cual episodio) sigue viva.

El “repechaje” de la selección de fútbol es como estar y no estar clasificado, es estar más cerca de ir al Mundial que nunca antes en 35 años pero también es estar ante la posibilidad de que cualquier falla frustre el sueño de millones. Todo tiene una cualidad precaria, inacabada, que no permite el júbilo definitivo. El Perú, que había jugado fantásticos partidos en fechas anteriores, no jugó un buen partido contra Colombia y si Paolo Guerrero, que no se había dado cuenta de que su tiro libre tenía que ser indirecto, no obliga con su disparo al portero colombiano a rozar con los dedos la pelota, no habría habido empate. Ese triunfo a medias, ese “repechaje” que es oportunidad pero todavía no logro definitivo, es exactamente lo que transmite la política peruana, donde una permanente amenaza, en gran parte proveniente del fujimorismo, que controla con prepotencia el Congreso y otros centros de poder, y de una cierta izquierda que sigue aferrada a los dogmas polvorientos, le recuerda al país que los triunfos no están aún en el bolsillo.

¿Y Chile? Pocos casos de éxito más notables hubo en décadas recientes en el campo político y económico que el de Chile. Se volvió, como sabe todo el mundo, un “estudio de caso”, el método de enseñanza de ciertas universidades. Pero en algún momento una o dos generaciones hijas del éxito empezaron a exigirle a su modelo de desarrollo más de lo que ese modelo estaba en condiciones de dar; la demanda social amenazó con poner en peligro la gallina de los huevos de oro. Una clase política sensible a ese reclamo se embarcó irresponsablemente en un populismo que podríamos llamar, comparativamente, “light” pero que tuvo consecuencias.

Las consecuencias fueron: el deterioro del clima de convivencia política y social -un cierto encono que no se veía en Chile desde hacía tiempo-, un temor a que el país, que estaba cerca del desarrollo, se quedara fuera de él por muchos años más y una reacción ciudadana, acompañada de un sector de la política, decidida a impedir que los cambios lesionaran lo mejor que tenía el modelo vigente. La economía, debilitada por los precios internacionales, se resintió también de una pérdida de confianza y las cifras chilenas dejaron de ser rutilantes. ¿No es eso mismo lo que ha sucedido en el fútbol? Después de ganar dos veces la Copa América con un fútbol subyugante y reclamar un sitio en la mesa de los grandes, de pronto la selección de fútbol se frena, ve erosionada su confianza en sí misma y lo que parecía imposible termina sucediendo: Chile se queda fuera de los primeros cinco puestos de la clasificación y por tanto fuera del Mundial. La crisis de éxito del Chile político y económico se volvió la crisis de éxito del Chile futbolístico. No digo que haya una relación de causa y efecto entre ambas cosas, sino algo más sutil: una resonancia, un eco.

A Colombia -para glosar el último caso de varios posibles- le pasó algo que también sugiere la existencia de vasos comunicantes simbólicos. Se clasificó sin jugar unas eliminatorias tan buenas como las que cabía esperar de esa selección que encandiló a millones de hinchas en el Mundial anterior. Hubo incluso en algunos momentos la posibilidad, en función de los resultados de otros partidos, de quedar en zona de peligro o fuera de la clasificación. La Colombia política y económica ha vivido un proceso parecido. Después del éxito de su política de Seguridad Democrática, que produjo un crecimiento promedio de 4,6% al año, el país se enfrascó en una confrontación entre dos bandos irreconciliables por el llamado proceso de paz, la negociación entre el gobierno y las Farc. Además, por efecto de la pérdida de dinamismo reformista y algunos errores importantes, como la subida de ciertos impuestos, así como el duro golpe que supuso la caída del precio del petróleo y algunos minerales, el crecimiento colombiano se frenó notablemente. Pero la democracia no sucumbió, la lucha política no desbordó el marco legal, la controversia por el proceso de paz siguió cauces institucionales y la economía no colapsó. Allí sigue Colombia, clasificándose a pesar de todo. En el fútbol, puede decirse lo mismo: la selección colombiana acabó clasificándose a pesar de todo.

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