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La novela «Una isla en el mar rojo» como metáfora del confinamiento
Wenceslao Fernández Flórez
La novela de Wenceslao Fernández Flórez (1886-1964) Una isla en el mar rojo se desarrolla en el Madrid de la guerra civil y retrata los confinamientos en las embajadas de la capital de España. Se parece en ese sentido a la célebre Madrid, de corte a checa, de Augustín de Foxá (1903-1959), y a la menos famosa El otro mundo, de Jacinto Miquelarena (1891-1962).
Actualizado 19 junio 2020  
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José Manuel Grau Navarro   

En el preámbulo a Una isla en el mar rojo, que firma en Cecebre (La Coruña), en enero de 1939, Fernández Flórez afirma que no sabe calificar este libro suyo. «No son ensueños los que traje al papel, sino un ancho brazado de recuerdos atroces, que segué ampliamente en mi alma, para lección de los que no saben, y también con la esperanza absurda de que no retoñen a ella» (Wenceslao Fernández Flórez, Una isla en el mar rojo, preámbulo, en: Obras Completas, tomo IV, Aguilar, Madrid, 1950, p. 553). Hay un «hilo irreal, con que van unidos todos los sucesos, y una armadura artificiosa para soportalo… al escribir estas páginas inventé hombres y trances, pero no dolores» (Ibidp. 553).

El mundo de Wenceslao Fernández Flórez se mueve «entre el humorismo (fondo amargo, con apariencia jocosa) y la ironía (apariencia fina y suave con fondo inquietante y trascendental). De aquí, que con su apariencia conservadora haya mucho de literalmente demoledor en la obra de este interesante y ameno novelista» (Ángel Valbuena Prat, Historia de la literatura española, tomo III, editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1968, p. 559). Sellés de Toledo caracterizó a Fernández Flórez como «el sutilizador del pesimismo» (Ibid., p. 559).

José-Carlos Mainer afirma que Una isla en el mar rojo manifiesta «el violento rencor con el que Fernández Flórez emergió de la guerra civil, tras haber pasado sus primeros meses en la embajada holandesa como asilado y haber sido evacuado, por el puerto de Valencia, en 1937» (José-Carlos Mainer, «Introducción» a El bosque animado (otra novela de Wenceslao Fernández Flórez), Espasa Calpe (colección Austral), 2005, p. 10).

Hasta aquí las claves para contextualizar Una isla en el mar rojo.

Este artículo pretende mantenerse completamente al margen de polémicas sobre la guerra civil. Aspira solo a señalar ciertos paralelismos entre el relato evidentemente autobiográfico de Wenceslao Fernández Flórez en Una isla en el mar rojo, y lo que se experimenta en España ahora, en esta época de confinamiento por el coronavirus. Para ello, extracto a continuación citas literales de Una isla en el mar rojo, a las que rotulo con titulares de nuestros días.

Madrid ahora y hace un año

«Las sombras habían recluido a la gente, y el barrio de Salamanca ofrecía ese aspecto que antes debían de presentar las ciudades aterradas por una peste» (p. 601).

Palacio de Hielo

«Había visto una de las fotografías de cadáveres que los juzgados enviaban al fiscal. Eran centenares» (p. 603).

«Vimos marchar el coche fúnebre por las rendijas de las persianas. Lloret comentó: —Esa es la más probable manera de salir para todos…» (p. 741).

«Todos sufrimos en este largo encierro, que no sabemos si desembarcará en la muerte» (p. 745).

Los peligros del estado de alarma

«Saber que la ley murió es el espanto más grande que puede sufrir un hombre» (p. 590).

Lo mejor y lo peor

«La riqueza de bien y de mal que guardan los espíritus se desparrama ahora en medio de la calle, y es un espectáculo que apasiona. Por supuesto, mucho más mal que bien» (p. 706).

«Los hombres aprendíamos en aquel redil de desgracias que la mayor riqueza del hombre es la bondad» (p. 718).

«En la Humanidad, lo normal es la violencia, la destrucción, los choques rencorosos. Por una razón religiosa, o social, o económica, se batalla siempre» (p. 569).

«Hay muchos grados en el terror, como hay muchos grados en el amor o en la alegría» (p. 598).

«Porque el hombre es malo, y en serlo se encuentra tan a gusto como el guerrero que para descansar se libra de la coraza» (p. 636).

Segundas residencias

«¿Cómo no advertían mi aflicción, mi miedo animal a la muerte? ¿Era entonces necesario abandonar aquel asilo donde me sentía tan amparado, y marchar?» (p. 604).

Informativos

«Hay que decir que, como todo en la capital de España, los periódicos habían cambiado bruscamente» (p. 609).

«Nunca se mostró tan solemnemente la importancia de la radio. Hinchado, catarroso, con una débil claridad en su panza graduada, el aparato se dejaba registrar por nosotros sobre una mesita que era como un altar de ídolo» (p. 651).

«¡Oh Radio Club Portugués, cuánto aliento debo a tus exageraciones, a tus optimismos, a tus fervorosas noticias de aquel tiempo, en que nos cercaba la muerte y no sabíamos lo que pasa un poco más allá de las paredes de nuestro escondite!» (p. 652).

«Habían logrado infiltrar el recelo hasta en las sencillas personas de bien, con las mentiras de sus discursos, de sus radios, de sus periódicos» (p. 812).

Es solo una gripe

«¡Qué extraña, qué súbita e increíble catástrofe! Apenas unos cuantos días antes, muchos seres que creían haber conseguido algo en la vida… ¿Dónde estaban ahora?» (p. 615).

Solidaridad económica

«No, no es que odiasen al rico por sus riquezas, sino porque le querían sustituir. Al fin y al cabo, un ladrón no es más que un aspirante a burgués que se impacienta» (p. 638).

Residencias de ancianos y la falta de respiradores

«Ciertamente, todos son casos particulares. Pero ¿es que la Humanidad conoce otra manera de sufrir? (p. 640).

«Luego…, luego se piensa que hay muchas personas, muchísimas personas que…, a la postre…, llevan una vida tan insignificante o tan estúpida, que… tanto da que la pierdan o no…» (p. 705).

Hospitales públicos colapsados y sanidad privada infrautilizada

«Bajo la costra dorada de la gratitud surgieron los gusanos del odio; se comprobó cómo el hombre, que puede acaso ser capaz de olvidar una ofensa, se resiste a perdonar un favor» (p. 642).

Mascarillas y tests… que nunca llegan

«¿Viene ya por ahí la Solidaridad Humana? ¿Se ve en la lejanía la polvareda de sus fuertes pasos precipitados» (p. 667).

«La Solidaridad Humana es la más trivial de las mentiras» (p. 670).

Apuestas y consumo online en confinamiento

«Landa tenía la dicha de amar tan apasionadamente el juego, que se abstraía en él de todo lo circundante» (p. 688).

Insomnio, ansiedad y sufrimiento

«Cansado de asiento, el cuerpo repugnaba el nuevo reposo [irse a dormir] que se le ofrecía» (p. 691).

«Noches largas, tristes, en que cada cual quedaba a solas con su propia amargura, y su propia miseria, y su propia inquietud» (p. 698).

«Después de un día en que hasta creíamos haber reforzado nuestro optimismo…, nos abatía bruscamente un desaliento negro, cerrado, que parecía definitivo y dispuesto a no abandonarnos jamás» (p. 762).

Falta de intimidad

«Éramos ya catorce los refugiados que hacíamos alcoba de aquella estancia, en una completa promiscuidad social» (p. 695).

Buen humor e Instagram

«Tenía el don infrecuente de conservar el buen humor entre tanta amargura» (p. 721).

«Cuidaba el bigote quien nunca lo había tenido, y se lo afeitaba el que había entrado con él. Puerilidades del ocio; pero quizá también un subconsciente deseo de desfigurarse» (p. 737).

Saltarse el confinamiento

«No estoy aquí ni un momento más. No puedo. He llegado al máximo de lo que soy capaz de resistir» (p. 741).

Papel higiénico y levadura

«Las más necesitadas acudían ya poco después de medianoche [a la tienda de víveres]… Después de estas terribles noches podía ocurrir que volviesen a sus hogares sin haber conseguido alcanzar ni un puñadito de garbanzos» (p. 749).

Desescalada

«Hasta el fin. ¿Cuál sería el fin? Súbitamente lo veíamos ahora lejano y terrible… en aquel hacinamiento arbitrario … de días largos como lustros, de meses largos como siglos» (789).

El mundo tras el coronavirus

«Vivimos en el punto central de un formidable acontecimiento histórico, y no lo conocemos» (p. 791).

«Ahora sé bien que en mis mejores épocas, en las que me creí más feliz, no fui sino un hombre que ignoraba su desventura» (p 833).

«Quería recordar alguno de mis antiguos motivos de queja contra el Destino, y se me antojaban triviales y sin valor» (p. 626).

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