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CARLOS GOEDDER

La libertad de los niños
Consideramos la libertad un derecho humano en cualquier sociedad justa. No obstante, ¿Cómo queda la dimensión libre para los niños? ¿Quién ejerce la libertad por ellos?
Actualizado 22 julio 2013  
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Carlos Goedder   
En este artículo, a diferencia de otras ocasiones, voy a hablar sobre un tema sin haberlo investigado en literatura. Es más, si lo asomo es incluso buscando que alguien me sugiera dónde formalizarlo e invito me escriba a mi correo electrónico: [email protected] La inquietud la llevo hace bastante tiempo. Se trata de cómo es el derecho de libertad para la infancia.
Los liberales usualmente consideramos que todos tienen derecho a la libertad y ejercerla, salvo el caso de personas que tengan una incapacidad cognitiva severa para hacerlo. Alguien en situación de enfermedad mental realmente severa como para inhabilitarlo –una enfermedad de Alzheimer por ejemplo-, difícilmente podrá ejercer su facultad de ser libre y precisa asistencia familiar y social. Ahora bien, otro colectivo queda excluido de poder gozar y ejercer la libertad: los niños, a quienes se considera incapaces legalmente de tomar decisiones suficientemente criteriosas hasta la mayoría de edad. Por esto bebés, niños, púberes y adolescentes están bajo tutela de sus padres o un tutor legal o los servicios sociales del Estado. Suponemos que quien es menor de edad tiene deficiencias cognitivas, emocionales y de información (como la experiencia) suficientes para impedirle ejercer por cuenta propia su libertad jurídica. Alguien debe vigilarlos.
El médico venezolano Rafael Herrera Vegas (1834-1910), sobre quien estoy preparando un estudio biográfico, señalaba que un niño es la criatura más frágil del Universo. Otro tanto señalaba un docente mío, el Padre José María Larragueta, dando la analogía entre las crías que a las pocas horas o días ya pueden valerse por cuenta propia. Un niño nace incompleto, porque su gestación ideal debería durar mucho más tiempo para formarle varios órganos y conexiones nerviosas. La Naturaleza hace que el embarazo sea menos extenso que lo necesario hasta llegar a ese punto (una mujer necesitaría un embarazo de quizás año y medio para que un bebé naciese algo más autónomo en algunas funciones, lo cual es inviable y riesgoso). Luego, partimos de una realidad biológica de un bebé severamente indefenso y que precisa ayuda de sus congéneres adultos. La Ley prolonga este estado de indefensión hasta la mayoría de edad, aunque eso irrite a muchos adolescentes.
Luego, mi inquietud es quién responde por la libertad de estas criaturas. Socialmente damos licencia para que padres, maestros, autoridades y adultos guíen al niño y al adolescente en su ejercicio de la libertad. Tenemos, siguiendo a IsaiahBerlin, dos libertades: una negativa, que básicamente indica hasta dónde puedo moverme sin quebrantar la Ley en mi ejercicio de la libertad; y luego una libertad positiva, que interroga ¿Quién me gobierna? (no viene al caso hablar en detalle de estos conceptos y hay trabajos míos sobre Berlin en esta misma publicación). El tema es que el concepto de la libertad positiva de alguna manera es la que la Ley aplica sobre los menores de edad, porque establece que otros más racionales que ellos deben colocarle los límites a su libertad. Luego, los niños nacen sometidos a un fuerte azar sobre quién les gobernará: no eligen en qué familia nacen, tampoco en qué sociedad se criarán ni a qué escuela irán. Si existe algo llamado destino, creo que empieza en esa situación inicial.
Hace años vengo pensando el tema sin la debida formalización. Hay hechos que me han movido a considerar esta cuestión y hay uno reciente sucedido con una persona cercana que me hizo correr a plantear el asunto, sabiendo la limitación y forma intuitiva en que lo estoy planteando. El suceso en cuestión ocurrió hace pocos días: esta conocida mía, argentina, puso en la red social Facebook un vídeo con su hijo de cinco años, cantando una de las marchas que entonan los partidarios de Cristina Kirchner, quienes se hacen llamar “militantes”. La pobre criatura era puesta en público a entonar la marcha, con su madre –autora del vídeo- ayudándole cuando se olvidaba de la letra y es más, esta propia señora – maestra de escuela por demás- enviaba el vídeo a la propia presidente Cristina por la red social. Luego, me pregunto si este niño que seguramente no sabe leer ni entiende de qué va la letra (mencionando un movimiento nacional, popular y al mismísimo Perón), entiende en qué labor lo puso su madre. Habrá que esperar a que sea mayor de edad para que pueda dar su parecer sobre el tema (quizás ante un terapeuta psicológico). Entiendo que ninguna Ley condena que a un niño se le ponga a militar políticamente. Debe ser así, porque veo marchas y concentraciones políticas donde van niños y recuerdo la esposa de un general venezolano que hacia el año 2000 decía al Presidente Venezolano en un acto públicoque su niño de dos años ya sabía decir “Chávez”.
¿Qué otros hechos me han movido a meditar el tema?
-          Ver a niños en protestas sociales que se conducen en España para reclamar por salud pública gratuita. La causa puede ser loable, mas ¿Por qué los médicos llevan a sus hijos? No sólo los están haciendo participar en un asunto que el niño incluso desconoce, sino que lo pone en riesgo si hay represión policial. Protestas en todo el orbe, como las de Brasil, Turquía y Egipto tienen imágenes de niños en las muchedumbres.
-          En el (por cierto pésimo) gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en España, se puso en vigor una asignatura de Educación Ciudadana. ¡Qué revuelo se armó! El gobierno de Rajoy (que no está precisamente en su mejor momento ahora) derogó la materia. Vamos, que yo mismo objetaría contenidos de la asignatura, donde se criticaba al Capitalismo o se hablaba del matrimonio gay (no creo que esa asignatura sea la que deba tratarlo, sino educación sexual). No obstante, para nada vi mal que a un estudiante se le explicase de qué iba la Constitución, las Leyes y el respeto a otros individuos (independientemente de sexo, religión o grupo étnico). Es más, hubiese agradecido que a muchos que me maltrataron por extranjero en los países donde viví les hubiesen intentado explicar estas cosas. Cuando señalé esto me metí en un buen lío en la oficina. La opinión de muchos compañeros de trabajo españoles, gente que tiene formación académica terciaria, es que los padres son los que forman a los niños sobre la vida en sociedad. La escuela estaría interfiriendo si decide hacerlo. En suma pues, para estos padres los niños son propiedad privada de los padres. Y me pregunto yo, ¿Qué ocurre si a un hijo le toca un padre xenófobo, neonazi o islamista radical?
Y uno ve también a estos niños que van predicando el Evangelio con sus familiares Testigos de Jehová o estas niñas que se juegan la vida en el mundo islamista por pedirles a sus padres y políticos que las dejen educarse… Y bueno, yo mismo llevaré a mis hijos a la Iglesia Católica, lo confieso.
Estos temas me invitan a pensar qué hacer con la libertad de un grupo mayoritario y frágil de la población mundial: la infancia. Los liberales, ¿Damos por zanjado el tema tal como funciona ahora?
En mi opinión, los padres no son dueños del niño ni tampoco lo es el Jefe Religioso, ni el Maestro, ni el Estado. Me temo que el único medio para proteger al niño son los clásicos “checks and balances” que aplicamos en política democrática, esto es, garantizar que varios agentes disímiles tengan poder sobre esa libertad que el niño les cede en arrendamiento. Incluso por esto cobra importancia la legislación internacional sobre Derecho Infantil. Mi postura es que el niño cede transitoriamente la propiedad de su libertad en el entendido de que no está en la mejor capacitación para usarla. Cuando se llega a la mayoría de edad, este tutelaje -compartido idealmente por gente heterogénea- cesa. El que varios adultos, desde distintas instituciones (familia, escuela, policía) puedan usufructuar esta libertad infantil que se les presta temporalmente es, inicialmente, la única forma que veo de que haya alguna forma de restablecer el equilibrio si alguien falla. Si los padres incluyen maltratadores, los Servicios Sociales cuentan con facultad para intervenir. En casos extremos el asunto funciona, mas hay esferas más sutiles en que el niño se mueve y puede que los “checks and balances” sean débiles. Por ejemplo, entendemos que nadie prohíbe llevar a un niño a una Iglesia o una Mezquita, ni nadie interfiere si un niño es llevado por sus padres a un mitin político. La pregunta es: ¿Puede un padre ejercer este gobierno realmente? La Ley, hasta donde sé en los países en que he vivido, nada objeta. Entonces entra en escena la filosofía.
Entiendo, insisto, intuitivamente, que hay una serie de facultades que los padres deberían tomar como responsabilidad en su tutoría de la libertad que se les encomienda:
1. Facultades pecuniarias: entendemos que los padres deben ayudar a proveer al niño el mínimo de condiciones de salud, alimentación, vestido, vivienda y educación que precisan. El Estado está dispuesto a apoyarlos si los padres están en estado de necesidad. No obstante, ¡Cuántos amigos de familias acaudaladas me he encontrado con salud deficiente porque sus padres no les pagaron un tratamiento para “ahorrar” o que me pedían prestados a mí, con mucho menos dinero que ellos, libros de texto para estudiar! Sin embargo, tenían unos automóviles espectaculares regalados por sus padres. Rarezas o prioridades disímiles en el hogar.
2. Facultades de ocupación vital: los que somos hijos de educadoras sabemos que ellas tienen una formación que les apunta rápido hacia algo que quizás deberíamos hacer el resto de padres y tutores legales. Se trata de que el niño descubra su afición vital y darles herramientas para formarse en ella desde temprano. Este es un asunto que demanda mucho de los padres. Muchos talentos (que nos vienen dados por genética, muchas veces) aparecen en edad temprana, como la música, el deporte o las matemáticas. Otros demandan más tiempo en identificarse. ¡Qué daño irreversible cuando los padres no ayudan a aprovecharlo rápido! Poniéndome economicista, diría que los padres son agentes de formación de capital humano, esto es: tienen una misión de invertir rápido en desarrollar unas capacidades que si se descuidan temprano restan bienestar futuro. ¡Cuántos padres se empeñan por años y años en graduar abogados, médicos e ingenieros sin vocación! Un niño seguramente podría reclamar en su edad adulta que no se le haya cultivado desde temprano un potencial para el deporte, el emprendimiento empresarial o el servicio público. En este tema de identificar las “ventajas competitivas personales” que tenemos los padres, es crítica la ayuda de la Educación. La pregunta es inevitable: ¿No se empeña también la educación en invertir recursos en asignaturas con alumnos que carecen de vocación y facilidad para ellas? Y lo peor es que muchas de estas asignaturas no serán necesarias en la vida profesional, salvo en sectores muy específicos. Estoy seguro que me hubiese aprovechado mucho mejor una Educación Ciudadana que la Geología que me dieron (por cierto muy bien impartida) en la Escuela. Hay materias que no queda otra alternativa más que incorporarlas a la formación, al menos en nociones básicas, como idiomas, matemáticas, informática, ciencias básicas, historia y arte – un adulto legítimamente podría reclamar que de niño no se las hayan dado, así le fuesen desagradables en la infancia-. Opino que lo ideal es un sistema educativo que dé este capital básico y ayude a los padres en invertir más intensivamente en la capitalización más rentable del talento. Cuando pensamos que un Einstein y un Edison fueron alumnos poco queridos por el sistema educativo, nos preguntamos si como agencias de capital humano estamos haciendo un buen trabajo con los niños o si simplemente queremos prolongar en ellos el negocio familiar. No puede ser que sólo pocos como Rafael Nadal hayan tenido el privilegio de un Tío Tony o que para producir un Wolfgang Amadeus Mozart la sociedad dependa exclusivamente de hombres como su padre Leopoldo.
3. Facultades espirituales: no critico que un niño sea introducido a la experiencia religiosa y por esto entiendo que sigamos viendo niños acompañando a sus padres en la práctica de religiones organizadas. Creo que el hogar y la sociedad deben invitar a la vivencia de la dimensión espiritual y por ello una religión organizada, en tanto no viole la Ley, es el canal familiar inmediato. No obstante, apreciaría el carácter contingente de esta formación, esto es: que los niños sepan que pueden dejar la religión que practican y cambiarse a otra o simplemente no adherirse a ninguna cuando lleguen a la mayoría de edad. Es más, valoraría mucho una asignatura en Educación Básica de “Religiones Comparadas”, donde se aborde el problema filosófico de Dios y las diferentes religiones organizadas que existen. Me habría encantado oír a un Rabino o un Imán en mi escuela contándome de qué iba su religión. Nunca he tenido esa oportunidad en directo y creo que esto le resta potencial a mi libertad en una esfera trascendente.
4. Facultades gregarias: que a un niño se le ponga desde bebé la camiseta del equipo de fútbol de su padre no me preocupa, en el sentido que le invita a una cierta forma de vida gregaria a través del deporte, por ejemplo. Desde luego, está claro que en la mayoría de edad se puede cambiar a otro equipo. No veo nada peligroso desde que se sepa que las preferencias por un equipo, una región geográfica o un tipo de música enseñadas en casa son contingentes: están sujetas a cambio en la vida adulta sin condena. Simplemente la familia le presenta al niño una invitación a interesarse por estas materias.
5. Facultades políticas: acá si que harían un aparte. Estoy convencido que un menor de edad para nada tiene que ser militante de un partido. Debe sí conocer, como ciudadano, su dimensión política: saber en qué sistema político vive y qué establecen las Leyes de su país (es la única forma de que los cambie o mejore cuando sea adulto). No obstante, la adhesión a un partido y credo político son más delicados que elegir un equipo de fútbol o un tipo de comida. Ni siquiera lo trataría como una invitación gregaria que se sabe de antemano es transitoria y el niño puede hacer lo que quiera de adulto. No veo el porqué de niños y jóvenes tenemos que adherirnos a un partido, del cual nuestros padres probablemente ni sepan la historia o ideología. ¿Qué aporta eso? A los padres les puede ayudar a quedar bien con su partido que su hijo sea militante. Mas no creo que la sociedad gane nada en esto. Quizás los partidos aprovechan la indefensión del niño para ganar anticipadamente electores y por eso gobiernos populistas como el argentino quieren que los adolescentes voten tan pronto les sale el bigote o los senos. Esta es la única inversión en capital humano de la que se preocupan los políticos latinoamericanos. Yo prohibiría por Ley la participación de menores de edad en actos políticos y publicidad política. Me parece una alienación innecesaria y por esto me inquieté tanto al ver a un niño de cinco años cantando himnos de La Cámpora.
¡Pobres padres! Qué responsabilidad tenemos al ser custodios transitorios de una libertad ajena. Usualmente ni sabemos qué hacer con la nuestra. Los niños vienen sin manual de instrucciones. Entiendo que esta falta de información era verdad hasta hace unas décadas. ¡Cuántos textos para educar a los padres hay hoy día! La Internet ofrece gratuitamente mucho material (más o menos acertado). Hay psicólogos infantiles. En fin, que yo creo que un servicio público sería dar un curso a padres, no tanto sobre técnicas de alumbramiento para las madres, sino capacitarles para que entiendan su responsabilidad y con qué apoyo en servicios públicos cuentan si se sienten en algún momento menos preparados. ¡Cuánto dolor personal y social se ahorraría con una iniciativa así! ¡Cuántos consultorios de psicólogos y psiquiatras podrían estar mejor ocupados, en lugar de atender a víctimas de una infancia desgraciada! ¡Cuántos hospitales se vaciarían de gente con enfermedades nerviosas por una familia y sociedades que jamás les hablaron de Inteligencia Emocional!
Con todo esto, creo importante entender que todo niño y adolescente lleva en sí mismo el azar. Ni la mejor educación puede coartar una carga genética, incluyendo la personalidad, sobre la que la familia apenas puede hacer algo. Hay lo que el psiquiatra colombiano Mauro Torres llama “genes malditos” y bien puede ser que incluso con su mejor trabajo, una familia albergue un psicópata, un ladrón o un vago compulsivo. Parte de la sabiduría y de la ética liberal es admitir estas desviaciones y ayudar mediante las instituciones a que quienes las padecen no acaben en el hospital psiquiátrico, la penitenciaria o ejerciendo algún cargo público.
Bogotá, Julio de 2013
@carlosgoedde
[email protected]

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