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La economía brasileña enfrenta la peor recesión de su historia
Al tiempo que continúan los explosivos escándalos político-judiciales, donde el propio presidente Michel Temer se encuentra en el ojo de la tormenta.
Actualizado 9 junio 2017  
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Pedro Dutour   

El Producto Interno Bruto (PIB) de la mayor economía latinoamericana se contrajo un 3,6% en 2016, después de haber retrocedido 3,8% en 2015.

La caída de los precios de las materias primas, el menor dinamismo de China y una fuerte sequía explican en parte esta profunda crisis económica del gigante sudamericano. Pero también hay un agotamiento del sistema que la corrupción no ha hecho otra cosa que agudizar. El modelo de crecimiento impulsado por el consumo de las familias, que permitió a Brasil una expansión económica del 7,5% en 2010, se ha desplomado. Ahora hacen notar su efecto las deficiencias de fondo sobre las que alertó la Organización Mundial de Comercio antes de la crisis, en 2013: una infraestructura inadecuada, acceso insuficiente al crédito, elevado nivel de impuestos.

Retorno de la pobreza

Durante la época dorada de Lula (2003-2011), a impulso de políticas sociales, se registró una baja sostenida de la desigualdad. Los ingresos per cápita del 10% más pobre subieron un 11% anual, cuatro veces el promedio nacional de entonces. La pobreza bajó diez puntos breve tiempo: del 38,2% de la población en 2002 al 29,6% cuatro años más tarde. Según la Fundación Getúlio Vargas, más de 30 millones de personas salieron de la pobreza en ese período.

Ahora la caída, que dejó la tasa de pobreza en el 7,4% en 2014, se ha detenido debido a la recesión económica (que ha ido de la mano de un aumento de la violencia en muchas ciudades). En 2015, saltó al 8,7%, que equivale a unos 17,3 millones de brasileños, según un estudio del Banco Mundial (BM) publicado en febrero pasado. El BM subraya que Brasil sumará este año entre 2,5 y 3,6 millones de pobres nuevos, en su mayor parte personas jóvenes, urbanas y escolarizadas.

Consumo en descenso

El consumo privado, que representó casi el 50% del PIB en los últimos diez años, ya no es el motor de Brasil. Antes, con una alta tasa de desempleo, la economía respondía a los incentivos al consumo, como el aumento del salario mínimo, exenciones fiscales y subsidios. Ahora, lejos de poder estimular la actividad, el gobierno se encuentra ante unos consumidores sobreendeudados.

Ese modelo se agotó”, dijo Luciano Rostagno, estratega jefe del Banco Mizuho do Brasil, a BBC Mundo. “Cuando el mercado de trabajo pasó a estar apretado por una tasa de empleo baja, comenzó a generar inflación. Y el gobierno dobló la apuesta: intentó controlarla por la vía de precios administrados, lo que generó un problema fiscal enorme”, ahondó Rostagno.

El recorte de inversiones y la pérdida de competitividad de la industria por el alza de los costos de producción debilitaron la actividad, llevando al país a la actual espiral descendente, concluyó el experto. En 2015, el consumo de los hogares brasileños descendió 4%, primera baja en 11 años.

La corrupción

Los casos de corrupción en Brasil se suceden con intensidad desde la década de 1990, pero en los últimos tiempos han sido de tal magnitud que también han contribuido al desequilibrio económico. Las empresas estatales suman una gran parte del valor del mercado en el país (38% en la etapa de Lula), y por tanto, los abusos y la rapiña en ellas tienen graves repercusiones económicas.

El escándalo de sobornos de Petrobras, la petrolera estatal, le ha hecho perder más de 2.000 millones de dólares y además le ha forzado a recortar en un 25%, unos 32.000 millones de dólares, el plan de inversiones 2015-2019. Una pésima noticia que ha impactado en el crecimiento económico de la nación.

Y, más recientemente, saltó el caso de Odebrecht, el conglomerado brasileño con negocios en ingeniería y construcción, con presencia en toda América, en África, en Europa y en Medio Oriente. Los ejecutivos de Odebrecht revelaron a las autoridades de Brasil y Estados Unidos que desde 2001 pagaron unos 788 millones de dólares a funcionarios de diez países de América Latina y dos de África a fin de conseguir contratos millonarios con los gobiernos de esas naciones.

El asunto ha alcanzado al presidente Temer. Un ejecutivo de Odebrecht afirmó en abril que el mandatario lideró la reunión en la que se pidió un soborno de 13 millones de dólares. Además, el Tribunal Supremo de Brasil autorizó la apertura de investigaciones contra nueve ministros del gobierno de Temer, así como contra 42 diputados, 29 senadores y tres gobernadores en el caso de corrupción en torno a la constructora Odebrecht.

Ahora Temer está en la mira: fue grabado por uno de los dueños del grupo de frigoríficos JBS, Joesley Batista, cuando avalaba la compra del silencio de Eduardo Cunha, ex jefe de la Cámara de Diputados, en prisión por participar en la trama de corrupción de Petrobras, según publicó el diario O Globo.

Todo esto ha redundado, a su vez, en un deterioro de la confianza de los mercados en la economía brasileña, como refleja la mala nota que le han dado las principales calificadoras de riesgo. Justo en el peor momento: ahora que el PIB arrastra un retroceso del 7,2% en dos años, el consumo de las familias ha bajado un 4,2% y el paro ha aumentado al 12,6%, lo que necesita Brasil es atraer inversión extranjera.

© Aceprensa

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