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La Comedia de Dante, al alcance del lector del siglo XXI
El catedrático y poeta José María Micó ha hecho una traducción transparente de la obra cumbre de Dante, quitando la palabra "Divina" y siendo así fiel al título original.
Actualizado 2 enero 2019  
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Enrique García-Máiquez   

El éxito de la nueva traducción de la Divina Comedia es incontestable, incluso antes de abrir las páginas que José María Micó, catedrático de Literatura y poeta, ha publicado en El Acantilado. Se ha vuelto a hablar de la obra de Dante como si fuese una fulgurante novedad. Ha salido en todos los suplementos culturales y se cuenta entre los libros del año (aunque tiene setecientos). No es una simple curiosidad o una paradoja. Las nuevas versiones y las ediciones críticas nos recuerdan algo importantísimo: la perenne actualidad de los clásicos. En Nueva Revista ya habíamos hablado de por qué y de cómo hay quevolver a Dante.

La Comedia de Dante (editorial El Acantilado), traducida y editada por José María Micó,
La Comedia de Dante. Traducción de José María Micó, Acantilado, 2018

La nueva traducción no es una estrategia de marketing: es una renovación clave. Enrique Badosa, en el prólogo de su Horacio (La Veleta, 2001) lo explicaba magistralmente: «Pero leer a Horacio en la versión de un romántico, pongamos por caso, es ya casi leer a un poeta romántico. Igual que leerlo en las magníficas obras poéticas que son las versiones de Fray Luis de León, es más leer un poema de Fray Luis que del mismo Horacio. Las traducciones caducan con el tiempo, sobre todo si el traductor, como en el caso de Fray Luis, tanto puso de su propio estilo en la versión. Las traducciones, sí, caducan, sin que por esto necesariamente se aniquilen como obra de creación literaria. Cada época —término, éste, tan vago— debe llevar a cabo sus propias versiones, acordes con el gusto, las posibilidades lingüísticas y retóricas del momento. El lenguaje de hoy es el más adecuado para traer hasta hoy —mediante la traducción— a un poeta de ayer».

El ritmo de los tercetos encadenados

Los españoles hemos tenido mucha suerte con las traducciones de Dante. Tanta, que podemos permitirnos renunciar a las traducciones en prosa porque, como explicó Eugenio d’Ors, no es que haya que disculparle a Dante el capricho de los tercetos encadenados, sino que los tercetos construyen esta obra magna. Su ritmo reproduce, acento tras acento, el rumor de los pasos y de las conversaciones, además de hacernos un constante guiño trinitario.

En verso, y rimadas, tenemos la clásica del Conde de Cheste, en Aguilar, que no fluye bien del todo, aunque es venerable. La de Ángel Crespo, quizá la más editada, está en Seix Barral y en Círculo de Lectores con unas ilustraciones un tanto extrañas de Miquel Barceló, como si no hubiese leído a Dante. A veces Crespo incurre en una falta de suavidad para mantener las rimas.

La versión de Abilio Echeverría, en Alianza Editorial, rima también, suena mejor y sus notas a pie de página son un prodigio de información concisa. En verso blanco, la traducción de Fernando Gutiérrez en Plaza y Janés es excelente. Quizá la más amable con el lector hasta ahora.

Micó dedica su versión «a todos los traductores de Dante, condenados al mismo paraíso»

Ninguna de estas traducciones desmerece. La dedicatoria de su versión no es sólo un hermoso gesto de Micó: «A todos los traductores de Dante, condenados al mismo paraíso». Reconoce que, en la traducción, como en el paraíso de Dante, como en la casa del Padre de los Evangelios, «hay muchas moradas» o nueve cielos, y que cada traductor habita en el puesto de sus aciertos. Los de Micó son suficientes como para hacer altamente recomendable la lectura de la Divina Comedia en su versión.

Primero, por el criterio de autoridad. José María Micó (Barcelona, 1961) es un sabio (catedrático de literatura) y un poeta (Premio Hiperión), que conoce muy bien la literatura italiana y a los clásicos. El lector necesita confiar en el traductor, admirándolo hasta el punto de olvidarlo.

Borges: en Dante no hay palabra injustificada

En el caso de Dante, se trata de una cuestión de vida y muerte, porque, como avisaba Jorge Luis Borges: «A todos es notorio que los poetas proceden por hipérboles: para Petrarca, o para Góngora, todo cabello de mujer es oro y toda agua es cristal; ese mecánico y grosero alfabeto de símbolos desvirtúa el rigor de las palabras y parece fundado en la indiferencia de la observación imperfecta; pero en Dante no hay palabra injustificada». Esto exige al traductor una precisión milimétrica. No puede trabajar a bulto. Micó sopesa, porque sabe y puede, cada palabra y todo verso.

Para lograr tal precisión, renuncia a la rima. El lector lo agradece, por la fluidez (evita la necesidad de en hipérbatos retorcerse ni de forzar ripios) y porque acrecienta la confianza en la fidelidad. Si todavía nos queda el último reparo de conciencia de respetar la intención de Dante, que sí se esforzó por rimarlo muy bien todo, siempre podemos leer también la versión original, que en esta cuidada edición de El Acantilado se nos presenta muy cómodamente, y cuánto se agradece. Los más osados pueden usar la versión de Micó como luz y guía para adentrarse por el toscano de Dante.

Otro acierto de Micó es concentrar toda la información necesaria en unas contenidas introducciones a cada canto. Son tan inteligentes que nos evitan las notas a pie, auténticas zancadillas para el placer y la continuidad lectora. Yo siempre defendí que, a pesar de todo, la Divina Comedia necesitaba notas. La solución de este libro me ha desengañado gozosamente, aunque a veces aún las añoro y algunos detalles se pierden. Pero Micó prefiere pecar por omisión que por exceso. Excelente medida, en todo caso, colocar la información antes de cada canto, mucho mejor que aquellas ediciones que ponen las notas al final del texto anotado, como las de Crespo o como la deslumbrante edición inglesa de Dorothy L. Sayers, forzándote al vaivén de ir y venir.

Más discutible o, mejor dicho, mucho más conversable es el prólogo. Con una información dantesca tan amena como precisa, es un placer literario en sí mismo. No renuncia al humor, como cuando advierte que la historia de la Divina Comedia «podría resumirse con el estribillo de un popular bolero—es la historia de un amor como no hay otro igual y nos hace comprender todo el bien y todo el mal», ni a la pedagogía.

Al quitar ‘divina’ el traductor está siendo fiel al título original

Opta por una lectura de la Divina comedia profundamente literaturizada, de manera que la asimila a una obra de autoficción, género tan en boga hoy. Se podría decir que José María Micó no sólo trae la obra al lenguaje de hoy sino también a los códigos literarios vigentes. Al quitar el consuetudinario «divina» del título, que en este volumen reza Comedia a secas, no está sólo siendo fiel al título original, antes de que Boccacio le añadiese la ponderación «divina» que tanta fortuna ha corrido. También, implícita o incluso subconscientemente, está advirtiendo de que su lectura será lo más laica posible, dentro de las posibilidades (más bien escasas) que da Dante.

Micó no desacraliza la Comedia

No queda mal, porque Micó, por supuesto, no desacraliza la Comedia: simplemente destaca los aspectos más literarios y filológicos de la obra y de su proceso de escritura. Quizá el contraste se me haga más acusado porque estoy leyendo a la vez la monumental edición del Inferno que acaba de publicar Mondadori, al cuidado de Franco Nembrini y con un prólogo entusiasta de Alessandro d’Avenia, más las efectistas ilustraciones (¿en exceso?) de Gabrielle dell’Otto. Son casi 700 páginas en tamaño folio. En esa edición italiana, que se hace con vistas al 700 aniversario de la muerte de Dante, que conmemoraremos en 2021, prima el criterio contrario al de Micó: se hace una lectura muy moral, en la que tanto en el prólogo como en las introducciones a cada canto se subrayan las enseñanzas y hasta las exigencias ascéticas que la obra de Dante nos hace a cada paso. El título del prólogo de d’Avenia es bien significativo: «No leas a Dante, deja que Dante te lea».

Micó, en cambio, subraya que leemos a Dante y nos anima a leerlo gracias a la transparencia de su traducción, a la leve ayuda de su hondo aparato crítico y al cuidado de la edición, tan manejable, de El Acantilado. Mientras que la edición de Mondadori está enfocada a un público juvenil o que se inicia en la lectura de los clásicos, la de Micó nos deja ante Dante, lo más cerca posible. Micó está seguro  de que el significado último de la obra con sus implicaciones morales ya seremos nosotros, lectores maduros, bien capaces de sacarlo.

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