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Jiménez Lozano y sus "Memorias de un escribidor": la tradición talmúdica
La peculiar voz literaria de José Jiménez Lozano se alimenta de un sustrato literario único en las letras españolas del último siglo.
Actualizado 18 julio 2018  
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Daniel Capó   

El acervo de la memoria judía, que se evidencia en su familiaridad con las fuentes bíblicas, actúa como un marco básico de interpretación. La hermosura de lo pequeño, de las vidas insignificantes y olvidadas, de las personas sencillas, nos recuerda el hilo ético —y estético— de la tradición talmúdica. A Jiménez Lozano le interesan las lágrimas y las sonrisas de los hombres, la fuerza del heroísmo, pero sobre todo nuestra fragilidad natural que, al hermanarnos en una condición común, nos descubre capaces de hacer el bien o el mal, de abrirnos a los demás o de encerrarnos de forma autosuficiente en nosotros mismos.

Junto a la memoria judía, el autor abulense cuenta con el fuerte enraizamiento en una tradición intelectual y literaria de largo aliento europeo, situada en los márgenes del canon oficial de la modernidad: pienso en las hermosísimas páginas que ha dedicado al estudio de la mística castellana o del jansenismo francés; en sus ensayos sobre los afrancesados españoles —Los cementerios civiles es un libro de referencia para cualquier estudioso de la heterodoxia pública en España— o sobre la influencia morisca; y en su fructífero diálogo como lector —y, por tanto, también como creador— con autores de la estirpe de Flannery O’Connor, Simone Weil, Shusakū Endō, Søren Kierkegaard, Dietrich Bonhoeffer, las hermanas Brontë, Dostoyevski o los españoles fray Luis de León y Miguel de Cervantes.

Mucho hay de estos escritores —y, más en concreto, de la mirada acuosa y la voz cordial del autor del Quijote— en el último libro que acaba de llevar a imprenta José Jiménez Lozano, titulado Maestro Idro Huidobro. Memorias de un escribidor, obra inclasificable en lo que tiene de «divertimento o juego de ironías», donde se entrecruzan los temas habituales de su literatura, empezando por la reivindicación del tono menor, del recogimiento y la intimidad, frente a la vacua grandilocuencia de la retórica mundana.

«A mí no me mezcléis en vuestros negocios —leemos en estas Memorias de un escribidor—, porque mis candiles se venden por sí mismos en el acto, porque lucen como la luz del alba y no necesitan nada más, hasta el punto de que si un gallo viera, por algún motivo, el resplandor de uno de mis candiles creería que se asomaba la mañana de rosados dedos y elevaría su glorioso canto sobre los tejados y los campos. Y debéis comprender que los libros y el mundo entero existen porque existen los candiles, porque de otro modo no se resistirían las noches».

Y, en efecto, aquí se resume en buena medida la esencia de la mirada literaria de nuestro autor, que ha experimentado la oscuridad de la vida, sus angustias y pruebas; pero que, al mismo tiempo, reconoce en esa belleza suave, como de luz tenue, la huella característica de la humanidad. «Los momentos de revivencias, sueños y pesares o esperanzas, la conversación, la confidencia y el momento de in angulo cum libro o el rinconcillo de leer y restañarse de los esquinazos del vivir, son —declaró en una ocasión para esta revista— la sustancia misma del vivir».

Escritor de los adentros y para los adentros —y, en este sentido, también de las estancias interiores y de esa luz peculiar de la pintura flamenca y las naturalezas muertas—, la obra de José Jiménez Lozano respira la soltura del lenguaje oral, que transcribe con humildad cervantina. Un ejemplo lo encontramos en estas Memorias de un escribidor, prodigio de belleza y de sencillez en lo que tiene de recreación de un mundo ya inexistente, aunque no menos vivo y punzante.

Continuación de su Maestro Huidobro, estas Memorias ficticias, que podrían ser las de un heterónimo del autor abulense, nos muestran al mítico Isidro Huidobro —Idro, desde su niñez— en sus cuitas por convertirse en escribidor, a pesar de que muy pronto tomará conciencia de «que vivía en un tiempo en el que un escribidor, ya fuese de un simple municipio minúsculo o de una notaría normal, estaba muy mal pagado, y entonces tenía que redondear sus ingresos escribiendo cartas ajenas o llevando igualmente las cuentas caseras de otros, y escribía luego otras cosas que le encargaban que no tenían muchos pies ni cabezas, pero muy ajustaditas de precio, y a veces gratis».

La ironía sobre la realidad de nuestra época va acompañada de las jugosas conversaciones que el protagonista mantiene con sus amigos —el cordelero y el candilero— y de sus repentinos encuentros con esa amplia familia que son, para el lector, los libros y sus autores. Así, Huidobro encuentra un día vagabundeando a un Tolstói harapiento y, otro, se dirige a Constantinopla o saluda a Cervantes o se pregunta con Santayana si la mejor forma de entender el mundo no será hacerlo desde un lugar como Ávila, ya que es un modo «de estar bien defendido de las supersticiones de los tiempos por este cinturón de murallas».

Al final, en el alma del escribidor, hallamos siempre el amor por las palabras y las historias que se cuentan entre amigos y que nos protegen de esa noche oscura a la que hacíamos referencia antes. «¡Nada! Son comentarios de sobremesa los que estamos haciendo sin ninguna otra intención —leemos en las Memorias—. Hablar por hablar como antiguamente los pobres en el pajar para que se les pasase el frío. Como los escribidores a veces, porque es bonito contar. ¿No?». La belleza, en definitiva, que nos conmueve, acompaña y salva.
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