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Ideas para llevar la calma al espacio público
Caitlin Quattromani (republicana) y Lauran Arledge (demócrata).
La imagen de un espacio público imperturbable, donde personas con distintas visiones del mundo intercambian pareceres de forma educada y serena, refleja más un ideal que una realidad en la política contemporánea.
Actualizado 24 octubre 2017  
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Juan Meseguer   

Pero que la armonía social sea difícil de alcanzar no significa que estemos condenados a la crispación permanente. Varias iniciativas en Estados Unidos promueven el respeto al adversario como una exigencia para rebajar los niveles de conflicto en la vida social.

El Pew Research Center lleva tiempo advirtiendo sobre el aumento de la polarización en ese país. En 2014, la antipatía hacia los votantes del partido rival llegó a su punto más altoen dos décadas. Y en 2016, volvió a batir un nuevo récord: por primera vez, la mayoría de los republicanos (58%) y de los demócratas (55%) afirmaba tener una visión “muy desfavorable” de sus adversarios. También ha crecido el porcentaje de quienes dicen que los del otro partido les generan sentimientos de miedo, ira o frustración.

 

Hoy se tiende a sustituir los debates de ideas por los juicios de intenciones: el adversario no solo está equivocado, sino que es un inmoral y sus opiniones denotan maldad

 

La creciente antipatía se nota también en la radicalización del lenguaje. Parece que el rechazo al otro hay que escenificarlo con exageraciones y afirmaciones contundentes. Y así, más del 40% de los simpatizantes de cada partido creen que los programas del otro suponen “una amenaza para el bienestar del país”.

Al dramatismo también contribuyen las etiquetas ofensivas, que elevan el nivel de desprecio mutuo: los rivales son descritos como “cerrados de mente”, “inmorales”, “vagos”, “deshonestos” o “menos inteligentes”. Un peligroso rasgo de época es la tendencia a personalizar: el 70% de los demócratas y el 63% de los republicanos creen que la visión política de una persona “dice mucho” acerca de su carácter.

Para los periodistas del New York Times Emily Badger y Niraj Choksi, parte del problema lo han creado los partidos, cuyos mensajes electorales se han vuelto más beligerantes. Tampoco ayuda el auge de los medios partidistas, que amplifican la retórica agresiva de las campañas. Por su parte, los ciudadanos han ido perdiendo el contacto cara a cara que solían tener con personas de distintas opiniones. “Los barrios, los lugares de trabajo, los hogares e incluso los foros onlinepara encontrar pareja se han vuelto más homogéneos”, explican.

Adversarios sin rostro

El resultado de estas tendencias es paradójico: mientras el espacio público se fragmenta en “esferas de discusión cada vez más privadas” (Víctor Lapuente) o en “filtros burbuja” (Elie Pariser), con la consiguiente pérdida de contacto directo con las personas que piensan de forma diferente a la nuestra, aumenta la tendencia a sustituir los debates de ideas por los juicios de intenciones: el adversario no solo está equivocado, sino que es un inmoral y sus opiniones denotan maldad. Se habla menos con los rivales políticos –e incluso se conoce a menos personalmente–, pero se les juzga más.

En este contexto, donde es más fácil demonizar al adversario, son elocuentes los testimonios públicos de amistad entre personas de tendencias opuestas, como los jueces del Tribunal Supremo de EE.UU. Ruth Bader Ginsburg y el fallecido Antonin Scalia, o los profesores Robert P. George y Cornel West.

Llama la atención el contraste entre la opinión que la juez Ginsburg tenía de su colega Scalia –“por más que te pudieran molestar sus enérgicas discrepancias, (…) estoy orgullosa de que sea mi amigo y compañero de trabajo”– y el tono que empleaban algunos articulistas para referirse al magistrado conservador: “El juez Scalia no es encantador. Simplemente es mezquino”, decía un artículo publicado en Slate. Y otro: “Como progresista estás en tu derecho a odiar a Scalia”.

Frente a este supuesto derecho se alzan precisamente George y West, que gustan de debatir delante de sus alumnos para enseñarles que es posible discrepar con respeto, sin presentar al rival como alguien al que hay que odiar.

 

Cuando se ve la crítica a las propias ideas como un ataque personal es más fácil sentirse agraviado y, por eso, disminuye la tolerancia al desacuerdo

 

Tampoco están por odiarse los 46 congresistas demócratas y republicanos que tomaron posesión de su escaño en la Cámara de Representantes el pasado enero. Para rebajar la tensión del Congreso, los recién llegados redactaron y firmaron un documento en el que se comprometieron a restaurar el civismo en el debate público. “Nos comprometemos a mostrar el debido respeto de unos a otros y al resto, fomentando el diálogo productivo y mostrando civismo en nuestras acciones públicas y privadas”, dice el documento, titulado Commitment to civility.

Preguntar para comprender

En la misma línea va el testimonio de dos amigas, Caitlin Quattromani (republicana) y Lauran Arledge (demócrata). Cansadas del insano clima de crispación de su país, decidieron compartir en una charla TED su estrategia para mantener lo que ya han bautizado como una “amistad bipartidista”. Se conocieron en 2011 y, aunque al principio reservaban las conversaciones políticas al capítulo de las bromas, poco a poco fueron queriendo afrontarlas en serio.

También ellas han detectado que uno de los obstáculos para entablar este tipo de conversaciones es la tendencia a tomar las discrepancias como “una afrenta personal a nuestros valores y creencias”, en palabras de Lauran. Cuando se ve la crítica a las propias ideas como un ataque directo es más fácil sentirse agraviado y, por eso, disminuye la tolerancia al desacuerdo. Para evitar este nocivo punto de partida, recomiendan cambiar el foco de atención. Se trata de “sustituir nuestro ego y nuestro deseo de ganar [las discusiones] por la curiosidad, la empatía y el deseo de aprender”.

Es lo que hizo Caitlin cuando se enteró de que su amiga había asistido a la llamada Marcha de las Mujeres, convocada el día después de la toma de posesión de Donald Trump como presidente. A Caitlin le molestó que se hubiera organizado una protesta contra el republicano sin haberle dado tiempo a gobernar. También le disgustó que Lauran hubiera asistido a la marcha con sus hijos pequeños. Pero en vez de callarse y seguir enfadada con su amiga, optó por preguntarle por sus motivos.

Tras la explicación de Lauran, Caitlin no cambió su parecer sobre la protesta. Pero llegó a comprender las razones de su amiga lo suficientemente bien como para que la animadversión desapareciera. Y lo mismo le pasó a Lauran cuando preguntó a Caitlin por qué había votado Trump. Para ellas, la clave está en tener el coraje de preguntar y de escuchar los motivos del otro.

El placer de una buena conversación

Un planteamiento similar sigue The Asteroids Club, un formato de encuentros políticos diseñado por el experto en psicología social Jonathan Haidt. Según explica en la web de la organización Civil Politics, es un foro “para personas con visiones políticas distintas que se reúnen no para debatir, sino para escuchar a los del otro lado por qué les preocupan ciertos temas que perciben como amenazas”.

El nombre del club evoca la imagen de unos asteroides acercándose a la Tierra. Ante esta amenaza, lo ideal sería que los ciudadanos se unieran para mitigar su impacto. Sin embargo, en el plano político, la tendencia es la contraria: cada lado del arco ideológico se centra en unos asteroides y pasa por alto los que preocupan al otro.

 

En un espacio público más fragmentado, The Asteroids Club y Living Room Conversations promueven el contacto cara a cara entre personas con visiones del mundo opuestas

 

Para compensar estas omisiones, The Asteroids Club propone unas cenas en las que se plantean dos temas: uno que preocupa de forma especial a los “progresistas” (por ejemplo, la desigualdad); y otro que interesa más a los “conservadores” (las rupturas familiares). Una de las organizaciones que ha incorporado este formato es The Village Square, con sede en Florida.

Las sesiones comienzan con un cóctel informal, donde los invitados aprovechan para conocerse. Luego, durante media hora, el equipo de los que se declaran de izquierdas se reúne para preparar la exposición de su tema; y los de derechas hacen lo propio con el suyo. En cada equipo hay un experto en el tema que actúa como moderador.

Durante la cena, por turnos, cada lado explica por qué le preocupa tanto el problema escogido. Quienes escuchan pueden pedirles que desarrollen más un argumento e incluso plantear objeciones, pero sin llegar a debatir. El objetivo de las cenas es crear un ambiente distendido para que los “progresistas” conozcan mejor las posiciones de los “conservadores”, y al revés.

Ravi Iyer, director ejecutivo de Civil Politics, menciona otra iniciativa similar, promovida por una organización sin ánimo de lucro de California: Living Room Conversations. Se trata de tertulias caseras –siempre se celebran en el salón de una casa– en torno a temas polémicos de actualidad. A diferencia del foro propuesto por Haidt, aquí no se divide a los asistentes por sus preferencias políticas. Pero sí se busca la diversidad de opiniones: para cada tertulia, suele haber dos anfitriones con posturas enfrentadas sobre el mismo tema, y cada uno de ellos invita a dos amigos. De nuevo aquí, el objetivo no es debatir sino tener “conversaciones respetuosas” destinadas a “mejorar la comprensión” de un asunto controvertido. // aceprensa

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