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GEORGE CHAYA

Es urgente un Líbano democrático y federal para terminar con Hezbollah
Imagen: Looking4poetry.
Es un hecho concreto que la influencia del grupo político-terrorista Hezbollah ha favorecido la ingobernabilidad en varios de los conflictos armados en los países de Oriente Medio.
Actualizado 22 abril 2016  
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George Chaya   
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Más allá de cualquier debate ideológico, Líbano, Siria y Yemen son los ejemplos palmarios donde el accionar y la presencia del grupo han sido factores desencadenantes de ingobernabilidad.

En el caso libanés, para ser un Estado moderno y librarse de Hezbollah, Líbano debe dejar de ser un Estado confesional. Un país cuyo presidente debe ser siempre cristiano maronita, su primer ministro, sunita y el presidente del Parlamento, chiíta, difícilmente pueda funcionar cuando dentro de sus instituciones se ha creado un Estado paralelo e ilegal. Ello es lo que ha hecho Hezbollah en el país de los cedros, donde no sólo secuestró la voluntad y las decisiones del Estado sino que es más fuerte que el propio ejército libanés, por la conocida ayuda material y logística, además del armamento que le proporciona la República Islámica de Irán, a quien Hezbollah responde como virtual ejército de ocupación en Líbano.

Líbano ha sido bendecido por la naturaleza, dispone de hermosas montañas, pistas de esquí superiores a muchas en el mundo. Sus playas del Mediterráneo nada tienen que envidiar a la Costa del Sol. Cuenta con excelentes universidades, una gastronomía formidable y una población extremadamente bien educada para la región. Sin embargo, es sectario en su sistema de gobierno. Y ello es como disponer de un avión privado con toda la tecnología y el confort, que pueda unir grandes distancias sin reabastecerse, en el cual se pueda volar conectado en todo momento a internet y descansar en confortables asientos-cama. Pero si ese lujoso y moderno jet no dispone de tren de aterrizaje, ¡no funcionará! Nunca despegará.

Un Líbano democrático, fortalecido en sus instituciones, libre de ocupación, de la implantación de estados mafiosos dentro de su Estado, de terrorismo, corrupción y clientelismo político, como de confesionalismo sectario y feudalismo, es posible. Un Estado soberano e independiente que garantice la seguridad para todos los libaneses, con los mismos deberes y derechos para todos sus ciudadanos, será un punto desde el que se avanzará en la pacificación regional, por lo que debería interesarle a la comunidad internacional. Para ello, es necesario acordar un nuevo pacto nacional, con la participación de la sociedad civil y política, extirpando el terrorismo sectario para facilitar la manera racional, científica y técnica de combinar modernidad y tradición.

Un nuevo contrato social, basado en la libertad, sin el control de Teherán, de Siria —o lo que queda de su régimen— y sin las armas ilegales de Hezbollah. En definitiva, un Estado que ofrezca equidad, justicia e igualdad a sus ciudadanos.

Por ello, es primordial que el Líbano adopte un sistema federal de gobierno y deje de lado la tradición del poder sectario y tribal. La fórmula estructural del pacto de 1943 definió la política libanesa y estableció el marco de coexistencia entre las comunidades cristianas y musulmanas dentro de un país —por ese entonces— libre, soberano e independiente de lo que hoy se conoce como la influencia del terrorismo local y regional. El acuerdo de 1943 debe ser reconsiderado. Fue quebrantado en los últimos 40 años debido a la ocupación siria-iraní y al nacimiento y la proliferación de grupos terroristas confesionales que se convirtieron en verdugos de las instituciones democráticas libanesas.

Revisando la historia, desde abril de 1975 hasta la fecha, no cabe duda de que el federalismo es la opción racional a la situación interna que padece el Líbano. La necesidad emerge del resultado de experiencias históricas, sociales y políticas. El federalismo ofrecería las bases fundacionales esenciales y apropiadas que permitan el desarrollo del sistema político con dinamismo e interacción entre las diferentes comunidades religiosas; esto aplica exactamente igual para Siria y Yemen.

La guerra y las ocupaciones demostraron sus consecuencias catastróficas al extinguir la coexistencia entre las comunidades religiosas, principalmente entre suníes y chiíes.

Las soluciones políticas ofrecidas desde la comunidad internacional y desde dentro de cada uno de estos países naufragaron en la indiferencia y los privilegios de las propias comunidades. Cada una de ellas insistió en mantener sus características distintivas, sea de orden ideológico, político, institucional o administrativo. Ese grave error político permitió que hoy emerja una comunidad chiíta ensoberbecida, que se siente protegida y representada por un grupo armado que secuestró las funciones del Estado legal en Líbano, que envió sus combatientes a Siria para sostener un régimen dictatorial como el del presidente Bashar al Assad. Además, que tiene presencia y ayuda con armamento y hombres a los rebeldes en Yemen.

Los aspectos ideológicos-confesionales dieron por tierra con el mito de las sociedades unificadas social y culturalmente. Esta es hoy la realidad del Líbano, de la crisis política y militar de Siria y del enfrentamiento sectario en Yemen. Quien sostenga lo contrario incurre en error, sea por desconocimiento o por estar faltando a la verdad, influenciado por el sectarismo político-religioso.

Lo cierto es que estos tres países no tienen muchas alternativas para solucionar sus problemas internos y evitar la profundización de sus conflictos civiles y militares.

El caso sirio es distinto dada la dictadura del clan Assad, que se ha manejado con puño de hierro y cuyas políticas han sido las de aplastar y reprimir cualquier intento de disidencia.

En cuanto al Líbano y Yemen, los Gobiernos débiles de los últimos años han caído por las mismas causas. Sus problemas son recidivos y sus posibilidades no van más allá de las opciones que describiré a continuación, y estas son:

a) Dividirse en suerte de cantones, donde cada comunidad maneje una pretendida independencia de la otra, en un régimen político separado, pero en una misma extensión geográfica. Algo poco exitoso de realizarse y que no garantizaría evitar choques confesionales.

b) No modificar las causas de los orígenes de los conflictos, lo que equivale a volver al punto de partida original de los problemas, por tanto, a reincidir en el error del desencuentro que dará lugar a mayor violencia interna.

c) Adoptar un sistema federal, como una opción que los libaneses, los yemenitas —y aun los sirios cuando resuelvan su conflicto— todavía no han experimentado genuinamente.

De estas opciones, no cabe duda de que el federalismo es la mejor alternativa a las conocidas y fracasadas opciones del pasado, que encarnan el mismo peligro y la violencia de los últimos 40 años, más aún hoy, con la expansión de la teocracia iraní en la región.

Puede que el federalismo no lleve una solución mágica y definitiva a los problemas asociados con la administración y el control en las diferencias entre comunidades religiosas. Sin embargo, abordará con mejores soluciones las necesidades importantes y urgentes. Contribuiría positivamente a la relajación entre las comunidades religiosas, sería una red de contención al factor de tensión política y descomprimiría el estado de sospecha que ella genera ante la posibilidad de que uno de los grupos pueda interferir en asuntos autónomos del otro y viceversa.

El federalismo institucional se presenta como una respuesta lógica a la correcta división de poderes y al equilibrio entre sociedad y Estado. Ofrece la alternativa más estable para crear puentes y objetivos plausibles de ser cumplidos exitosamente entre las diferentes comunidades religiosas y el Estado. Excluye a los grupos armados sectarios como Hezbollah y las organizaciones que pivotean en torno a ella en los tres países.

La relación intercomunitaria actual en casi todo el mundo árabe esta imbuida de un formato ideológico atormentado por complejos sociales y barreras psicológicas que son explotadas sectariamente por Hezbollah y la influencia siria-iraní. Es allí donde cada comunidad religiosa proyecta una idea elitista y propia que acompaña una sensación de superioridad sobre las otras, que conduce inexorablemente a la confrontación. El resultado que se asegura con ello es que el Estado se convierta en un polo de conflicto continuo y reiterado, cuyo destino es la pérdida de su propia entidad y la guerra religiosa.

En este sentido, el federalismo reduciría la fricción y el nivel de confrontación en un grado importante. Eliminaría factores negativos que pueden convertirse en disparadores de situaciones explosivas dentro del propio Estado. Devolvería a las instituciones políticas y administrativas su lugar y su aspecto legítimo, tomando en consideración la naturaleza verdadera de la sociedad política y civil.

Si se asume con sabiduría, muchas de las endemias actuales (como la guerra civil siria y la expansión del terrorismo político-religioso) pueden ser corregidas y evitadas en el futuro.

La gravedad de la situación existente presenta la justificación más sólida y la razón más importante para la búsqueda de un sistema político nuevo y alternativo en estos tres países. El sistema federal, desde un punto de vista objetivo, es el mejor de los sistemas disponibles y proporcionaría una solución a la realidad de confrontación existente entre las comunidades. Sin embargo, no ignoro que poner este sistema en ejecución provocará resistencia y obstáculos a los que las sociedades civiles deberán hacer frente con inteligencia y sin fanatismo sectario.

Es tiempo para que los países de la órbita árabe dejen de ser países hechos por voluntades individuales que fueron y son desarmados en reiteradas oportunidades en su milenaria historia por una clase política sin escrúpulos que no ha hecho más que exaltar políticas del odio, la confrontación que ha llevado a la postergación de sus pueblos y a guerras absurdas e innecesarias.

Como sea, y como casi siempre, será la ciudadanía la que debe imponer su palabra. Ninguna solución llegará desde fuera. En el mundo árabe de hoy, si los propios árabes desean resolver sus diferencias, se hacen imprescindible cambios y modificaciones de estructuras mentales y sociales. Aquellas personas que no comprendan esto y continúen aferrándose a la secta y a la tribu no tendrán opción y acabarán siendo gobernadas por sectarios y de forma tribal.

© Infobae

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