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CARLOS GOEDDER

El Sigmund Freud de Mauro Torres
El psiquiatra colombiano Mauro Torres ofrece en su ensayo biográfico sobre Freud un desolador retrato sobre el padre del psicoanálisis y una teoría nueva: la Teoría de las Grandes Compulsiones Adictivas
Actualizado 7 octubre 2013  
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Carlos Goedder   
       
Preámbulo
Conocí la obra del autor colombiano Mauro Torres en 2001, cuando adquirí en Caracas su Moderna Biografía de Simón Bolívar (ECOE Ediciones, 1999). Debe ser uno de los libros más originales sobre el héroe sudamericano. A diferencia de otros autores como Diego Carbonell en su Psicopatología de Bolívar (Ediciones de la Universidad Central de Venezuela, 1965) -quien habla de un “mal comicial” en Bolívar y le aproxima a los “enajenados razonantes” (p. 244)-, Torres estudia a Bolívar como un caso de “mentalidad nómada” y paciente compulsivo, incluyendo entre esas compulsiones la compulsión por las mujeres y la vagancia hacia el estudio.
Un par de párrafos de esta obra, que me impresionó vivamente, exponen estos argumentos:
“En él [Bolívar] predominaba la mentalidad lejana y ancestral del Celta, del Íbero y del Indoeuropeo, naturaleza extraña que desconocen sus simpatizantes y adversarios; por eso, Bolívar, cuando lo miramos fijamente, tiende a dejarnos perplejos en cuanto a su ser hondo, y apenas nos es familiar su ser civilizado moderno.” (p. 181)
“Para nosotros, la compulsión a las mujeres y la imposibilidad de hacer estudios académicos en serio fueron dos fatalidades en la formación de Bolívar, porque le impidieron pisar tierra firme y en profundidad a lo largo de su estrepitosa carrera, en la que el movimiento triunfó sobre la estabilidad del estadista.” (p. 91)
Torres, miembro de número en la Academia Colombiana de la Historia, proponía en esta obra hipótesis desconcertantes. En el caso de Bolívar no ve a alguien con enfermedades mentales. Lo que propone es que en todas nuestras mentes conviven el nómada y el sedentario, porque en la evolución humana un grupo, el Homo Sapiens, consiguió dar el salto hacia la vida en civilización, mientras el Neandertal se mantuvo nómada, proclive a la guerra y la depredación. Se me ocurre que el episodio bíblico de los hermanos Caín y Abel algo intuye sobre esta diferencia entre el agricultor y el cazador que le asesina. Ambos tipos de seres humanos se mezclaron – Torres menciona un híbrido de cromañón y neandertal de 24.000 años de edad descubierto en 1999 (p. 21)- y en algunas regiones como la Península Ibérica y la América Precolombina habría prevalecido el componente nómada. Siguiendo a Torres en esa misma biografía de Bolívar:
“En el nuevo mundo americano, la evolución de la humanidad fue aún más trágica, porque se dio el hecho de que, contradiciendo el aserto común de que fueron pueblos sapiens sapiens los que poblaron las Américas, los pueblos neandertales –de acuerdo con nuestras investigaciones-, sin desbastar en el cruce con los cromañones y auriñacienses, como había ocurrido venturosamente en el viejo mundo- penetraron primero por el estrecho de Bering al Norte de América, seguidos más tarde por los mongoloides modernos.” (p. 15)
En suelo ibérico, Torres encuentra también prevalencia del nómada. Señala el autor: “Los datos de Fray Benito de Feijóo (1676-1764), recogidos en su enciclopedia El Teatro Crítico, son convincentes acerca de que los españoles vivían aún en un estado nómada cuando se aprestaron a colonizar el continente americano.” (p. 22)
La propuesta de Torres cobra cada vez más vigencia, siendo que en 2010, con una década de retraso a este estudio sobre Bolívar, se encontró evidencia de cruce entre el Neandertal y el homo sapiens,siendo que esta combinación ocurrió con más probabilidad en Oriente Medio. Al respecto se puede ver esta nota de NationalGeographic: http://news.nationalgeographic.com/news/2010/05/100506-science-neanderthals-humans-mated-interbred-dna-gene/
El neandertal es averso al trabajo, la agricultura, la domesticación de animales y el trabajo intelectual, siendo más bien favorable a la violencia, la guerra y el pillaje. Su cerebro usa con más intensidad el hemisferio derecho. El homo sapienssedentario da más uso al hemisferio izquierdo y esto favorece trabajos reflexivos y disciplinados. Todos llevamos el neandertal nómada y el homo sapiens sedentario en nuestra mente, mas tenemos una prevalencia de alguno. En el caso de Bolívar –como de los conquistadores españoles que fueron sus ancestros-, Torres identifica el nómada como dominante.
Además de esta propuesta, Torres introduce en la biografía de Bolívar otra que me sorprendió: la teoría de las compulsiones. El autor encuentra que Bolívar nació compulsivo e identifica como compulsiones las mencionadas: donjuanismo y vagancia hacia el trabajo intelectual.
La Teoría de las Compulsiones Adictivas
Torres da más forma a esta Teoría en el trabajo sobre Freud que comentaré extensivamente en la sección final. Al mudarme a Bogotá en mayo de 2013 fui de inmediato a cazar libros de ese original autor. Uno de ellos es Sigmund Freud. Eros y Compulsión (Biblioteca Nueva, 2007). Sus obras ya se consiguen en España -esta de Freud es de una editorial madrileña- y traducidas al alemán.
El autor propone que las compulsiones son una serie de comportamientos no adaptativos. El término viene del latín compulsio. Se trata de un vehemente deseo por una sustancia o una conducta contraria a las normas sociales. El placer que dan estas compulsiones es desmesurado y de allí que “son males que enferman y matan fascinando” (p. 22). Las compulsiones identificadas por el autor alcanzan el terrible número de 40 e incluyen: alcoholismo, tabaquismo, glotonería, incesto, violencia, violación, homicidio, pedofilia, drogadicción, piromanía, robo, juego, vagancia, delincuencia, prostitución, promiscuidad, adulterio y mitomanía (p. 35)
¿Qué significa esto? La propuesta de Torres es que el compulsivo nace con una carga genética alterada. Sus genes incorporan unas conductas que superan en su poder a la voluntad del individuo. Se ve atraído fatalmente por el placer que le genera el consumo de alcohol, el juego de azar, la comida sin límites y la violencia. Desde jóvenes se encuentran en los compulsivos esta orientación de conducta. Sus mentes no están enfermas. Es más, se coloca su inteligencia –usualmente sana- en función de estas compulsiones y trabajan en organizar su satisfacción.
¿Qué origina estas compulsiones? Allí viene lo más fuerte. Según el investigador colombiano lo que origina la mutación genética del compulsivo, por demás débil, es el alcohol. El consumo de alcohol origina en hombres y mujeres cambios en las células reproductivas y transmiten a su descendencia genes alterados químicamente. Mediante un fenómeno conocido como pleiotropía, la mutación origina una o más conductas compulsivas.
En una obra de 2012 Obesidad…! Segunda Multiepidemia del Milenio 2000, después del alcoholismo (Digiprint Editores, 2012), Torres comenta con más detalle cómo llegó a construir esta teoría:
“Año de 1980. Soy un médico psiquiatra y psicoanalista clásico que ignora el alcoholismo, la obesidad y la delincuencia, y cuando me consultan despacho a los pacientes con los Dogmas que parecen el «diagnóstico» de que son «fijaciones orales» siguiendo la evolución de la libido de Freud, o que son psicópatas, «enfermos del alma».
Pero en este año acude a mi consultorio un ciudadano alemán, consultándome por su alcoholismo que él vive con sumo placer. Ávido como estoy de conocimientos, lo escucho atentamente, y sacude los cimientos dogmáticos de mi formación psicológica.” (p. 29)
En tal sentido, Torres dice con la humildad del buen terapeuta, “Son casos en los que el paciente ilustra al médico…” (p. 30). El investigador empieza a identificar la transmisión hereditaria del alcoholismo y su correlación con la obesidad a partir de ese caso. Señala entonces:
“Acto seguido y convencido de que había tocado una veta clínica profunda, me di a la investigación de árboles genealógicos familiares semejantes al anterior en el que el alcohol o las bebidas alcohólicas mostraban un protagonismo de importancia al lado de otros comportamientos que no entendía. Investigué en los garitos, en los prostíbulos, en los colegios y universidades, en las cárceles para hombres y mujeres, en mi consultorio privado y fundé un Instituto para la Tercera Mentalidad o de las Grandes Compulsiones Adictivas. En el año de 1987 hice el primer balance de 164 árboles genealógicos compulsivos familiares que había recogido…” (p. 32)
Torres encuentra que en esos árboles genealógicos compulsivos –ya lleva investigados medio millar- predomina la compulsión alcohólica con 56% de presencia en las ramas de la genealogía. Le sigue con 11,82% la glotonería-obesidad, aparece luego con 10,90% la delincuencia y a partir de allí baja la incidencia a unas compulsiones menos frecuentes: prostitución compulsiva (4,88%), jugadores (4,43%), drogadictos (3,86%), violentos (1,59%) y así sigue el trágico listado, pasando por vagos para el estudio (1,33%), violadores (0,45%), fumadores (0,34%), hasta llegar a perversos sexuales (0,22%) (el listado está en la p. 32)
Técnicamente, la propuesta es el “poder mutagénico del alcohol” (p. 33). Volviendo al libro sobre Freud, el capítulo noveno incorpora la aseveración principal como título: “Cuanto más nos alejamos de la naturaleza, comienzan a hacer su aparición las compulsiones adictivas.” (p. 151). Su propuesta es que el proceso químico de fermentación, clave para la vida en civilización tras dejar la vida nómada, introduce el alcohol y empieza a causar estragos en los pueblos civilizados. En estado de naturaleza la compulsión dista de ser una conducta evolutiva exitosa. En la condición menos precaria de vida urbana y civilizada la compulsión sí puede sostenerse. El alcohol aparece en estos asentamientos sedentarios y va tomando prevalencia en la vida civilizada. Señala Torres: “La primera vez que se mencionan la cerveza y el vino es en la ciudad de CatalHüyük, fundada hace 7.000 años, dos mil años después de la fundación de Jericó. Datos arqueológicos recogidos por James Mellaart en esta ciudad situada en el sur de lo que hoy es Turquía, cuando aún no se había hecho el descubrimiento de la escritura, nos aseguran que la cerveza y el vino circulaban abundantemente en esa civilización.” (p. 154). El autor estudia el caso de la civilización sumeria, surgida hace 5.000 años y recorre cómo evoluciona su literatura hasta llegar al poema de Gilgamesh, escrito en el segundo milenio antes de Cristo, en el cual se transmite el desasosiego en que ha caído ese pueblo: “Gilgamesh, más que parecerse a los héroes homéricos de Homero, rebosantes de euforia bélica, grandes carnívoros y bebedores de vino, es una especia de filósofo existencialista amargado por la incertidumbre de la vida…” (p. 158) El mensaje que le dan los dioses es este: “tú, Gilgamesh, llénate el vientre, goza de día y de noche, cada día celebra una alegre fiesta, ¡día y noche danza y juega!... ¡Esta es la tarea de la humanidad! (Poema de Gilgamesh, p. 216)” (p. 158) Esto que parece hedonismo moderno, es el espíritu de una sociedad que para Torres ha claudicado ante la compulsión alcohólica y el abanico de compulsiones que trae consigo asociadas, generación tras generación, multiplicada por el azar de la probabilidad genética: “Sumer, Sodoma, Grecia, los aztecas, los romanos, todos los imperios se corrompen con el alcohol y desatan las guerras que promueven, para precipitarse en la ruina.” (p. 158)
Todo esto propone un cuadro alarmante: una humanidad donde el alcohol gana penetración y las compulsiones a él asociadas (Torres más recientemente ha añadido la homosexualidad). Siendo que estas conductas distan de responder a terapias convencionales o a la reconvención de emplear la fuerza de voluntad. Es intuitivamente claro cómo ciertas sociedades, especialmente en Latinoamérica, han sucumbido a las delicias del alcohol en grados desmesurados y no dudaría en atribuir, en sintonía con este enfoque, gran parte de las desgracias de mi natal Venezuela a que esta es una sociedad alcoholizada. Según TheEconomist en su publicación El Mundo en Cifras (Expansión, 2007), Venezuela es el tercer país del mundo en ventas directas de litros de alcohol: 67,7 litros per cápita, superada por Alemana con 69,2 litros, nación que en 1933 sucumbió al nazismo instigado por un gran compulsivo como Hitler (sobre el cual Torres hace un estudio que reseñaré). Estados Unidos está en octavo lugar con 62,7 litros y uno se pregunta si los problemas de violencia y drogadicción en este país encajan con el pronóstico de Torres. Si diseccionamos con calma a la familia más popular de EEUU, Los Simpson, encontramos que Homer Simpson es claramente un compulsivo alcohólico, metido en su Bar de Moe cotidianamente.
Esta teoría sostenida mediante árboles genealógicos es innovadora y única. Indudablemente precisa comprobación adicional y esto incluiría reproducir en laboratorio las débiles mutaciones que propone Torres. También sería tentado estudiar la incidencia de compulsiones en pueblos cuya religión viene prohibiendo secularmente el alcohol, como ocurre bajo el Islam. El tema es si realmente la prohibición se ha cumplido…
Esta humanidad compulsiva escapó a la percepción de Freud, cuando él mismo padeció terribles compulsiones.
Freud, el compulsivo
El ensayo biográfico de Torres nos muestra a un Sigmund Freud (1856-1939) que padece terribles compulsiones, si bien no figura la alcohólica: tabaquismo, adicción a la cocaína, compulsión suicida, incesto y violencia.
El estudio no hace estas apreciaciones a la ligera. Siguiendo a Torres: “Para una correcta descripción de esta grave dolencia compulsiva de Freud, nos ceñiremos estrictamente a los documentos dejados directamente por él, a su correspondencia cruzada con su íntimo amigo y correligionario Wilhelm Fliess, a los datos suministrados por el doctor Ernst Jones en su biografía de Freud (tres volúmenes), y a la importante obra del doctor Max Schur en dos volúmenes, quien fuera su médico de cabecera, devoto y leal amigo psicoanalista, igual que Jones.” (p. 51)
Se añade a estas compulsiones una dolencia: psicosis maníaco depresiva, en la cual Freud veía alternar su ánimo entre períodos de tremenda actividad, sucedidos por temporadas sometido a terribles depresiones, que él creía vencer primero con la cocaína y luego con el tabaco. Torres señala: “De estas dos patologías – la psicosis maníaco-depresiva y las compulsiones adictivas-, solamente una ha sido registrada por sus biógrafos oficiales, Ernst Jones y M. Schur: la psicosis maníaco-depresiva, suavizada eufemísticamente como psiconeurosis, tanto por aquellos biógrafos como por el mismo Freud.” (p. 39) 
Freud, cuyas cartas tienen una prosa expresiva, deja entrever en carta del 23 de marzo a su amigo Fliess, la situación por la que ha atravesado en uno de sus episodios depresivos, propios del trastorno bipolar: “Estoy profundamente empobrecido por dentro; tuve que demoler todos mis castillos de aire, y justamente acabo de reunir un poco de coraje para volver a levantarlos. En medio del catastrófico derrumbe, tú habrías sido invaluable para mí. Vencí mi depresión sometiéndome a una dieta especial en todo lo intelectual, y ahora bajo la influencia de la distracción todo cura lentamente…Nadie puede auxiliarme en este trance; es mi cruz, yo debo llevarla y Dios sabe que mis espaldas se han agobiado sensiblemente bajo la carga (Obras completas, vol. III, «carta a Fliess», del 23 de marzo de 1900.” (p. 40)
Torres señala entonces esta conclusión que -debo insistir- formula tras haber sido él mismo un seguidor del psicoanálisis por décadas: “Si en pleno estado depresivo Freud demolió todos sus castillos de aire, fue lástima grande que, cuando pasó al estado maníaco que le dio fuerzas y optimismo, hubiera levantado esos castillos de aire y de sexo con los cuales construyó el psicoanálisis. La ciencia habría ganado muchísimo y no habría tenido que dar el largo rodeo para llegar a los grandes avances de la farmacología que, al fin, descubrió los neurotransmisores químicos (serotonina, noradrenalina, acetilcolina, adrenalina, dopamina) causantes de las psicosis maníaco depresivas, de las esquizofrenias, las ansiedades y angustias, fobias, obsesiones y pánicos, y, lógicamente el tratamiento de estas enfermedades sobre las cuales tanta tinta se vertió en rebuscadas hipótesis.” (p. 41)
Torres propone que sin Freud “nos habríamos ahorrado ese larguísimo rodeo y nosotros como profesionales psicoanalíticos no habríamos perdido tanto tiempo antes de llegar a una Ciencia de la Mente con cerebro, con ADN, con herencia y fuerzas ambientales en permanente interacción…” (p. 42) En defensa de Freud se puede decir que en su tiempo apenas se conocían las leyes hereditarias en materia de enfermedad mental y menos aún el litio que habría ahorrado a Freud los pesares de su bipolaridad -el mismo Torres afirma: “Freud es un caso conmovedor del atraso de las ciencias de la mente en su época” (p. 56)-. Lamentablemente la obra de Freud se construyó sobre mucha especulación y generalización partiendo de su propia situación personal. A las alteraciones de ánimo propias de su trastorno bipolar, Freud “les aplica una etiología sexual, y la sexualidad se va convirtiendo en su idea fija desde que la escuchó a Charcot y a Breuer, hasta convertirse en su «monomanía», tal como lo dijo en una carta dirigida a su terapeuta y correligionario WilhemFleiss. Al lado de estas dolencias cursaban, como nuestro lector lo conoce ya, sus compulsiones adictivas al tabaco y la cocaína.” (p. 179-180)
Torres señala que “la cocaína aparece por primera vez en la correspondencia de Freud a su novia el 21 de abril de 1884.” (p. 76) Un joven Freud de 32 años está trabajando con el alcaloide, cuyas propiedades aún están sin conocer cabalmente. Freud esperaba lograr algún descubrimiento importante con la sustancia y fundar en ello su éxito profesional, el cual ambicionaba apasionadamente. Deseaba casarse tras esta victoria científica. El tema es que él mismo se convirtió en usuario de la sustancia –le ayudaba a recuperar vigor bajo sus depresiones- y la recomendó a sus amigos, siendo que uno de ellos, el doctor Fleischl, acabó falleciendo por una sobredosis. Sólo Carl Koller le halló un uso a la cocaína, como anestésico para intervenciones quirúrgicas oculares, en 1884. Freud se enteró de ello en unas vacaciones que tomó para visitar a su novia. Y lo terrible del hecho es que terminó culpando a su mujer por no ser él el pionero en un hallazgo científico relevante sobre la coca –por demás él no estaba procurando el uso de la coca para fines quirúrgicos, sino para calmar dolencias estomacales-. Todavía en su autobiografía de 1925, Freud recordaba el episodio: “En otoño de 1886 me establecí como médico en Viena y contraje matrimonio con la mujer que era, hacía más de cuatro años, mi prometida. Por cierto que siendo aún mi novia me hizo perder una ocasión de adquirir fama mundial ya en aquellos años juveniles.” (p. 85). El consumo de cocaína en Freud acabó siendo sustituido por dosis más grandes de tabaco, lo cual es, según Torres, “hecho frecuente en los pacientes compulsivos, que cambian una compulsión por otra, como ya lo hemos afirmado.” (p. 82)
La relación epistolar con su novia y luego esposa Marta Bernays evidencia también la compulsión violenta de Freud, quien tendría sonoras rupturas con mentores y discípulos. Generó peleas entre su novia y la familia de ella, aún siendo prometidos, al punto que la futura suegra de Freud, ante la urgencia por casarse, le reconviene: “Usted no tiene ninguna razón para ese mal humor y esa desesperación que rayan en lo patológico. Deje de lado todos esos cálculos, y vuelva a ser, ante todo, un hombre sensato. (Jones, Vida y Obra de Sigmund Freud, vol. I, pp. 157-8).” (p. 107)
Parte de ese estilo violento, siguiendo a Torres, ha pasado a los seguidores del psicoanálisis. Comenta Torres que Freud “pedía una entrega total, tal como más tarde la exigiría a sus pacientes: «vencer todas sus resistencias» para someterse totalmente a Freud, exigencia que se convirtió en norma terapéutica, de modo que todos los psicoanalistas heredaron esa exigencia de que sus pacientes se entregaran totalmente a ellos, lo que consiguen «venciendo resistencias», hasta que el paciente ha perdido su carácter y se entrega completamente dependiente al psicoanalista. Esta es una de las más graves consecuencias de estos tratamientos psicoanalíticos –que nosotros vivimos, tanto como sometidos pacientes, como sometedores terapeutas – pues, en lugar de fortalecer el carácter de los pacientes, los convierten en unos seres sumisos.” (p. 101) Y añade: “Tan sometidos quedan los alumnos psicoanalistas que, aunque no estén de acuerdo con las teorías y las prácticas del psicoanálisis, continúan bajo sus toldas sin osar abandonarlo, no solo por intereses económicos, sino por sometimiento. Aparte de mi caso, habiendo escalado todas las posiciones directivas y didácticas, no existe un solo psicoanalista que se haya atrevido a abandonar la capilla psicoanalítica.” (p. 102)
El pobre Freud tuvo como compulsión letal la del tabaco, que le costaría morir de un cáncer tan doloroso como el de mandíbula, el cual se detectó en 1917 y culminó con la muerte en 1939, en pleno exilio londinense huyendo del antisemitismo nazi. Nunca interrumpió el consumo de tabaco, incluso recibiendo la recomendación médica de suprimirlo desde al menos 1894, aquejado por malestares cardíacos. Freud fumaba veinte cigarros diarios. En una carta del 12 de febrero de 1929, compilada por M. Schur, el vienés señalaba: “Le he sido fiel a mi hábito o vicio y creo que debo a los cigarros una gran intensificación de mi capacidad para el trabajo y una facilitación de mi autocontrol.” (p. 55). Incluso con el cáncer diagnosticado, persistió en este consumo.
Otras compulsiones de Freud que encuentra el Dr. Torres en su trabajo incluyen la compulsión suicida (un auténtico deleite por el tema de la muerte, incluyendo conjeturas de que moriría a los 51 años) y también la pasión incestuosa, que para él fue motivo de autoanálisis y configuró conceptos como el “complejo de Edipo” y la persistencia del tema sexual en su obra.
Torres sostiene: “Si queremos entender a Freud, es preciso que sepamos que él sacaba su teoría de sus propias entrañas, como se verá, teoría que generalizaba después. Su método era como sigue: si yo padezco tal cosa, ¡todos los seres humanos la padecen! Y, qué ironía, en lo único que esta ley de Freud se habría convertido en realidad prontamente, habría sido si hubiera sostenido: es aquí que yo padezco crueles compulsiones, luego la humanidad corre el riesgo de convertirse en compulsiva.” (p. 66)
Buscando sustento a la transmisión hereditaria de la compulsión, mediante mutación genética débil originada por el etanol, Torres investiga el árbol genealógico de Freud –encuentra por ejemplo que el padre del vienés, Jakob, no se había casado dos veces como se dice, sino tres, siendo que en su tercer matrimonio es que nace Sigmund- y localiza cartas de los tiempos previos a la fama, en las cuales Sigmund habla de un tío calavera por línea paterna, quien vive en Breslau y tiene una descendencia llena de trastornos, al punto que en una de esas cartas dirigida por Freud a Marta, el 10 de febrero de 1886, él le dice esta conmovedora frase: “En mi calidad de neurólogo me preocupan tanto estas cosas como a un marinero el mar, pero tú, mi vida, debes darte cuenta de que habrás de mantener tus nervios en buen estado, si quieres que los tres hijos con que prematuramente sueño nos salgan cuerdos.” (p. 222). El tío en cuestión se llamaba Josef y tuvo historial delictivo, al punto que en La interpretación de los sueños el propio Sigmund señala: “Mi tío Josef era un delincuente” (p. 223) El padre de Freud era también adicto al tabaco y en la mencionada carta de 1929 el mismo Sigmund afirma: “mi modelo ha sido mi padre, que era un fumador empedernido y siguió siéndolo hasta los 81 años de edad.” (p. 224)
En otro ensayo biográfico sobre Freud, mucho más breve al proceder de una conferencia de 1973, el venezolano Francisco Herrera Luque, psiquiatra y el mejor novelista histórico de su país, citaba esta frase de Stefan Zweig sobre Freud: “Antes de él, el mundo era realmente diferente” (“Sigmund Freud”, en Bolívar de carne y hueso, y otros ensayos, Pomaire, 1991). Y ciertamente nadie desconoce que Freud es un hito para el desarrollo de la psicología y sacar los padecimientos psíquicos del terreno supersticioso y acientífico. No obstante, esta obra de Torres invita a pensar si es tiempo de un salto adelante, especialmente en sociedades como la argentina en Latinoamérica, donde Freud sigue firmemente instalado.
Bogotá, Octubre de 2013
@carlosgoedder
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