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El patriotismo futbolístico
He seguido los Mundiales de Moscú con una cierta pasión. La pasión del fútbol tiene mucho de irracional, pero afecta a cientos de millones de personas en todo el mundo.
Actualizado 18 julio 2018  
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Lluis Foix   

Las pasiones no son globales sino locales. Al final, todos se concentran en su equipo, en su nación, en su patria.

El patriotismo es un concepto anterior al nacionalismo que es una consecuencia de la Revolución Francesa de 1789. El patriotismo estima lo suyo mientras que el nacionalismo desprecia el de los demás. La diferencia no es de matiz sino de fondo.

Ver al presidente Macron saltar de alegría por la victoria de Francia recoge el sentimiento de la mayoría de sus ciudadanos. Un patriotismo, dicho sea de paso, que está fundamentado en un equipo en el que hay más jugadores de procedencia foránea y no de la Francia de Juana de Arco. El patriotismo lo abarca todo y Umtiti, Pogba o Mbappe son la Francia moderna, la real, la que cambia de personas pero no de país. Griezzman también ganó el título como todos los que proceden de nombres de vieja prosapia. La Francia mestiza entusiasmó a todos los franceses.

Tenía simpatía para que ganara Croacia. Primero porque varios de sus jugadores sufrieron personalmente las consecuencias de la guerra étnica que se libró en los Balcanes en los años noventa. Y también porque un país pequeño, con veinte años en el mapa europeo, puede medirse con una gran potencia como Francia.

El patriotismo futbolístico no sólo es inevitable sino que es necesario. Como lo puede ser el patriotismo cultural, lingüístico o territorial. Francia no necesita repetir el título de Campeón del mundo para conseguir sostener su nivel en el orden de las naciones. Croacia, tampoco. El haber llegado a la final ya es una hazaña para un país de cuatro millones de habitantes que ha sufrido tanto por los vaivenes de la historia europea en el vientre de Europa, en los Balcanes, en donde se han librado las más absurdas batallas en el siglo pasado y en tiempos anteriores.

El deporte es uno de los elementos de integración de todas las sociedades. Se ha competido desde todos los rincones del planeta. Las emociones han corrido a raudales en Brasil, Argentina, España, Portugal, Senegal, Bélgica… Cada eliminación era una frustración nacional que se olvida en cuando se pongan en marcha las próximas competiciones. El fútbol es el caleidoscopio ideal para volcar las pasiones y para admitir los fracasos.

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