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El Festival de San Sebastián arriesga… y gana
En su 65 edición, el Festival de cine de San Sebastián arriesgó… y ganó.
Actualizado 4 octubre 2017  
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Ana Sánchez de la Nieta   

Ha arriesgado con un palmarés discutible, pero mucho más comprensible que, sin ir más lejos, las dos ediciones pasadas donde más de un crítico tuvo que repasar notas para recordar si había visto o no Sparrow y No soy madame Bovary. Ha arriesgado dando la Concha de Oro a una comedia disparatada y un premio Donostia a Agnés Varda, una cineasta marginal, como ella misma se define, pero que pasará a la Historia del séptimo arte por su inclasificable filmografía. Por último, ha arriesgado cerrando de un portazo las polémicas de Cannes y poniendo a pisar alfombra roja a dos series de Movistar y una película de Netflix.

 

Vayamos por partes, lo primero, a la Sección Oficial. Una Sección Oficial excesiva –25 películas– donde no había grandes nombres conocidos, pero que ha tenido una calidad media más que aceptable y con una variedad de géneros elogiable. La Sección se abrió con la última propuesta de Win Wenders –Inmersión– una historia romántica con el terrorismo yihadista como telón de fondo, y se clausuró con el drama sueco The Wife, donde Glenn Close interpreta a la mujer de un premio Nobel de literatura que esconde, detrás de su brillante prosa, un tortuoso secreto.

 

La Concha de Oro fue para una película mucho más comercial que las ganadoras de los años anteriores: “The Disaster Artist”, de James Franco

 

Entre medias, pudimos ver cintas muy diversas. Handía es un notable cuento vasco realizado por los autores de Loreak que consiguió el premio especial del Jurado. Alanis, cinta –solo correcta– sobre las desventuras de una joven prostituta madre de un niño, consiguió dos premios (mejor directora y mejor actriz) y provocó cierta polémica por su retrato descafeinado de la trata de mujeres. Pororoca, un drama rumano familiar que partía como favorita para la crítica, se llevó una Concha de Plata por su protagonista masculino. También concursaron la interesante película alemana The Captain, que cuenta el periplo de un soldado nazi cuando encuentra un uniforme de capitán, y que consiguió un merecido premio a la mejor fotografía; o la argentina Una especie de familia, un dramón que alcanzó un criticadísimo premio al mejor guion.

Primer premio para una película comercial

Al final, la Concha de Oro fue a parar a una película de corte mucho más comercial que las anteriores y que había arrancado las carcajadas del público (cosa muy extraña en un sesudo festival de serie A). The Disaster Artist es la irreverente crónica de un alocado rodaje, el de la película de culto The Room. James Franco dirige y protagoniza una cinta a la que sobra sal gorda pero que termina resultando ingeniosa e interesante, tanto por documentar un acontecimiento real como por su retrato de una galería de personajes que tratan de suplir con dinero su falta de talento.

Se trata de una Concha de Oro arriesgada, comparada con los premios de los festivales anteriores. En Berlín ganó En cuerpo y alma, un inclasificable drama romántico de corte freudiano que –en su primera hora– quiere parecerse a Kaurismäki hasta que tira por la calle en medio con un final de culebrón. En Cannes, la Palma de Oro fue para The Square, una de esas comedias dramáticas que dejan la sonrisa congelada después de airear todas las miserias humanas que pueden acompañar a los tecnológicos, urbanitas e intelectuales habitantes del siglo XXI. Frente a estos dos títulos, The Disaster Artist es un divertimento: una cinta que quizás no pasará a la historia del cine pero que llegará mucho más al espectador medio.

El día que Netflix acaparó los focos

De todas formas, el mayor riesgo no lo asumió el jurado del festival sino su presidente, José Luis Rebordinos, que no dudó en ponerse enfrente de los puristas del cine que criticaron ferozmente la decisión de Cannes de incluir en su programación dos películas de Netflix. La polémica en Cannes, alentada por Pedro Almodóvar, presidente del jurado, fue brutal. Tanto, que el festival se vio obligado a cambiar su reglamento para, a partir de ahora, prohibir la participación de películas que no se vayan a estrenar en salas de cine. Dicho con otras palabras: vetar a Netflix y demás plataformas de distribución audiovisual online.

 

La dirección del Festival de San Sebastián no dudó enfrentarse a los puristas que criticaron ferozmente la decisión de Cannes de incluir en su programación dos películas de Netflix

 

Por el contrario, Rebordinos fue muy claro al defender la presencia de Fe de etarras, una cinta de Borja Cobeaga que narra de manera cómica el final de un comando de ETA coincidiendo con el mundial de fútbol de Sudáfrica. “Estamos encantados de tener una película de Netflix o de las cadenas de televisión, de quien se tercie, si las películas nos gustan. No nos compete cómo se va a regular el mercado, pero confío en que haya muchas formas de hacer y exhibir cine porque será bueno para todo”, sentenció en la rueda de prensa que presentó la programación.

Claro que la entrada de Netflix en el juego implica que entra con sus propias maneras de hacer, entre otras, con una publicidad muy poco ortodoxa que busca la polémica y enganchar a nuevos potenciales abonados. En este caso, el llamativo cartel de la comedia provocó una polémica –absurda, una vez vista la película– que ha captado la atención de los medios y el público (eso es lo que pretendía).

 

Han participado en el Festival dos series de Movistar, una de ellas en la Sección Oficial

 

Tampoco se han puesto peros a las series. En San Sebastián se han presentado dos series de Movistar, que ha sacado la artillería pesada –y los euros– para confirmar que quieren jugar en la liga de los grandes productores de televisión en España. La alfombra roja –en Sección Oficial aunque fuera de concurso– fue para La Peste, una producción de Alberto Rodríguez, que presentó los dos primeros capítulos de una historia ambientada en una decadente, lujuriosa y violenta Sevilla del siglo XVI. La Peste quiere ser, sin disimulos, el Juego de tronos español.

En la sección Zabaltegi se pudo ver también toda la temporada –10 capítulos de 25 minutos cada uno– de Vergüenza, una serie –esta vez cómica– dirigida por Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, y protagonizada por una pareja experta en provocar la vergüenza ajena.

Cine para todos

Al margen de secciones oficiales y series, el público y la crítica han podido disfrutar en San Sebastián del probablemente mejor documental español del año: Converso. Han asistido al estreno de un musical –también español– que romperá taquillas: La llamada. Y han comprobado, por ellos mismos, que la crítica en Venecia tenía razón cuando destrozó el retrato de Pablo Escobar que hacía Fernando León en la fallida Loving Pablo. Una película muy mediocre, que quizás lo es más por competir… con Narcos. Que veníamos hablando de cine y series.

Ana Sánchez de la Nieta 
@AnaSanchezNieta

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