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ELENA VALERO NARVÁEZ

Controles, y más controles…. la historia de nunca acabar
El alza de precios y costos internos, los cuales, nos colocan fuera de la competencia internacional y provocan el desequilibro de la balanza de pagos.
Actualizado 24 mayo 2021  
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Elena Valero Narváez   
Este gobierno kirchnerista, como tantos otros, no han podido evitar que la emisión monetaria, en condiciones inflacionarias, produjera sus dos efectos clásicos: el alza de precios y costos internos, los cuales, nos colocan fuera de la competencia internacional y provocan el desequilibro de la balanza de pagos. A pesar de cosechas respetables y buenos precios internacionales, el costo de vida sigue en aumento, a ritmo creciente. El fracaso no es por los empresarios, como lo aseguran los funcionarios, sino por el dirigismo estatal en que se han embarcado, con énfasis, los Fernández.

Los precios se controlan, cuando los gobiernos creen que el precio de mercado de un bien, o de un servicio,  es injusto para los compradores o para los vendedores. Estas medidas generan injusticias mucho más significativas que las que produce el mercado, el cual lleva a la economía a su equilibrio, espontáneamente. En Argentina, por décadas, salvo muy pocas excepciones, los políticos han desconocido que los precios son el resultado de millones de decisiones  de empresarios  y consumidores, quienes, además de coordinar la actividad económica, equilibran la oferta y la demanda. El control de precios constituye un pernicioso mecanismo que impide salir adelante, forma parte de la política intervencionista que hace faltar mercaderías o que se las disfrace y adultere. Ya nadie cree en que sea una medida temporal.

Los argentinos  contemplan, indignados y desorientados, el aumento de todos los bienes y servicios, aun los más esenciales. El Congreso y los partidos que acataron o alentaron este tipo de cosas comienzan a lamentarse y a enrostrarse, mutuamente, las responsabilidades. Nadie se preocupa de cómo se va a financiar el déficit. El problema es que casi todos los políticos han sido cómplices, en algún momento, de una política como la actual, inflacionaria y dirigista. Propiciaron, cuando fueron gobierno, la vía fácil de la emisión, de los controles y de la demagogia. Lo que vemos hoy no es el punto de partida sino las consecuencias de un proceso de larga data que se irá acelerando, considerablemente, porque la inflación esta desatada y el actual sistema político, integrado por gobierno y partidos,  carece de fuerza, de convicción, y de autoridad, como para contenerla. Al país lo gobierna desde  el Instituto Patria, un presunto grupo de ideólogos que han llegado a convertirse en dictadores de la economía nacional.

El costo de vida se va precipitando a niveles alarmantes, esto lleva, siempre, a presiones por mejores salarios; con las elecciones tan cercanas, el Gobierno no tendrá reparos en aceptar los reclamos. Los aumentos de precios y salarios, al no depender de la productividad, provocarán no solo el aumento de los mismos, sino también, elevaran los costos internos de producción, continuará desvalorizándose el peso y, a la vez, la intranquilidad social. El gobierno deberá seguir emitiendo y pidiendo préstamos a los bancos, mientras, el  empresario privado no podrá hacer lo mismo, por lo que muchos irán a la quiebra. Esta historia, por demás repetida, seguirá  aumentando  la desocupación y la pobreza.

El Presidente, Aníbal Fernández, ha dilapidado el crédito de confianza que se le dio al comienzo de su mandato: el dólar aumenta, la especulación, la evasión, y la desinversión desangran al país. Acaban de cerrar la exportación de carne para que bajen los precios, un nuevo sacrilegio que tuvo tremendas consecuencias cuando Néstor Kirchner lo impuso, años atrás. Es un ejemplo de cómo los argentinos están siendo rápidamente desplazados, de la esfera del derecho, hacia la esfera del permiso previo, donde se debaten faltos de garantías, faltos de seguridad jurídica,  y expuestos a todos los discrecionalismos que sobrevienen de la quiebra del marco normativo.

A los empresarios, no les quedara más que las practicas típicas de la corrupción institucionalizada, inherente a toda política de este tipo. El gobierno no escucha, sus más representativos funcionarios critican a quienes formulan advertencias sobre el peligroso camino emprendido y tratan de adormecer a la gente con promesas y dádivas, resultado de más emisión y de exprimir a los pocos sectores productivos. Sin querer ser pesimista, quienes gobiernan nuestro país, parecen empecinados en mantener la misma política de golpear duro a la propiedad privada, los bienes y al mercado del trabajo. Max Weber los describía: “Toda discusión con socialistas y revolucionarios convencidos resulta desagradable. La experiencia que tengo es que no es posible llegar a convencerlos nunca (…) No existe ningún medio capaz de desarraigar las convicciones y esperanzas socialistas”.

Se debe salir del círculo vicioso del eterno retorno, en el que viven los argentinos. Debe triunfar la parte de la sociedad que acepta la libertad económica, la modernización, el avance de la tecnología y la ciencia, también la libertad de expresión, la participación política, la igualdad jurídica y la difusión del saber en el nivel popular, todos elementos del liberalismo clásico.

La solución deberá venir del Congreso y los partidos. Tienen que fortalecer la democracia a través de decisiones que protejan la República y soluciones a las causas profundas que nos afligen: desmantelar los controles a la economía, destrabar la acción privada. Terminar con las utopías planificadoras, reduciendo las contribuciones a los trabajadores y a las empresas, respetar los derechos que la Constitución reconoce a las provincias y a la Capital. Aprender de una vez por todas que el estatismo - como bien dijo Wilhem Ropke- es un infarto colosal en la circulación económica del país porque bloquea gran parte de la producción nacional, frena el dinamismo, la iniciativa, y absorbe, en gran medida, a modo de un parásito, el ahorro de la Nación.

Es hora de ponerse las pilas para consensuar la política  que sustituirá a la actual, no sea cosa que se presenten salvadores con solo una lavada de cara. Los partidos deben preocuparse   por  el grave problema que tendremos que enfrentar, dejar de  apoyar una vez más, como lo hicieron, las medidas básicas que dieron rienda suelta a este proceso. No reiterar errores ya cometidos. Hay que proponer el cambio antes de las próximas elecciones, si se logra llevar a algunos legisladores al Congreso dispuestos a promover un cambio de rumbo, el efecto será decisivo. Se necesita sangre joven que aprenda del debate y de la acción política. Y nada de planes de expertos y burócratas sino el plan espontaneo que surge  de las leyes del mercado. Si hay recambio, quien gobierne debe informar sobre lo que se proponga hacer a efectos de que la actividad privada pueda formular sus propios planes.

Es urgente, estabilizar la moneda y los precios, elevar las reservas monetarias y disminuir el déficit del presupuesto, devolver a la empresa privada  su responsabilidad y libertad de acción dejando atrás las restricciones comerciales, con una buena política impositiva y aduanera y con incentivos directos. Volver a ser considerados por los organismos internacionales responsables y atraer inversiones auténticas, que el ahorro extranjero se invierta en el país.

Las fuerzas de oposición deben ofrecer a todos los argentinos, una opción diferente y con probabilidades de éxito en vez de recambio de dirigentes, solamente. Dejar de usar el recurso fácil de hablar mal del Gobierno para atraer votos, se espera una crítica dura al sistema que hace tantos años se aplica sin éxito y a quienes lo representan, pero sin desbordes malévolos de resentidos y oportunistas. Mostrar como el sistema nacional - socialista, y dirigista es el que ha llevado a la coerción económica y al mal manejo de las cuestiones gremiales que impiden desde hace tantos años toda política exitosa. La continuidad o no de dicho sistema es el mayor problema que debe resolverse en Argentina. Si no se lo cambia de raíz, sufriremos las inevitables consecuencias, que ya afligen a la gente: privaciones, corrupción y disminución de las libertades que protege la Constitución.

Hay que informar debidamente a la opinión pública,  es la única posibilidad de aniquilar esa mentalidad que ha aprisionado durante décadas a los argentinos. Para ello se debe actuar políticamente, sólo una lucha apasionada en el terreno político en defensa de ideas que se está dispuesto a sostener, contra viento y marea, puede llevar a los ciudadanos la seguridad y confianza que se necesitan para realizar el cambio. Obligar a discutir los problemas a la dirigencia oficialista y a los opositores que aún adhieren a planes dirigistas. Todo candidato debe ser obligado por la ciudadanía a decir qué pretende hacer si llegan al poder: cómo harán para que aumente la producción y no se demoren o cierren empresas por falta de materia prima, cómo van a contener la carrera entre los precios y los salarios, qué métodos prácticos utilizaran para cumplir con lo que se proponen. Los medios de comunicación tienen una enorme tarea, desenmascarar los errores incentivando el debate.

El actual gobierno ha seguido con una política mucho más torpe que la del gobierno anterior, el cual falló por no tener el coraje de dar el gran salto hacia una economía de mercado, haciendo las reformas necesarias, apenas asumió. Hay que terminar con las causas profundas de los problemas actuales o seguiremos a los tumbos con el peligro adicional de ir hacia una dictadura, la cual se hará necesaria si se pretende controlar draconianamente la economía. La libertad de mercado es un rasgo constitutivo del capitalismo, el cual,  contrariamente a lo que este gobierno pretende hacernos pensar, metiéndonos gato por liebre, trae, si no se traba su actividad y a la Justicia, más salarios, y menos tiempo de trabajo.

Sin negar que la vida siempre será incierta hoy podemos asegurar que el mundo tiene mejores armas para solucionar los problemas que en el pasado. Solo es cuestión de aprovecharlas. El futuro dependerá de lo que hagamos y de lo que aprendamos.


Elena Valero Narváez
Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia.
Miembro del Instituto de Economía  de la Academia de Ciencias. Morales y Políticas
Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas)
Autora de “El Crepúsculo Argentino” (Ed. Lumiere, 2006)
 
 
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