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Ciudades que no se rinden
La gran literatura, el ensayo, la historia y la lectura en general son una forma como cualquier otra de empezar las vacaciones.
Actualizado 3 agosto 2018  
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Lluis Foix   

El libro siempre espera y cuando lo abres después de mirarlo y palparlo te entrega todos sus secretos, te permite subrayarlo, saltar páginas, volver a atrás, ir al último capítulo o quedarte en mitad de sus páginas. El libro es uno de los más formidables instrumentos de la libertad humana. El poeta Joan Margarit tiene escrito que “la libertad es una librería” donde conviven ideas, relatos, fantasías, poemas y novelas negras sin que nadie se inquiete, se pelee o cambie de estantería. El respeto entre los autores es de una silenciosa solemnidad.

He viajado con Jan Morris a la ciudad de Trieste, tantas veces grande y depositaria de los golpes de la historia que la han configurado como una realidad cambiante, plural, multiétnica y adaptada a las circunstancias impuestas desde fuera. Uno de los personajes imprescindibles para conocer el auge de esta puerta de Europa Central al mar Adriático es el emperador Francisco José, que cabe situarlo entre los más longevos gobernantes de la historia. Era emperador de Austria, rey Apostólico de Hungría, rey de Bohemia, rey de Jerusalén, príncipe de Transilvania, gran duque de la Toscana y de Cracovia, duque de Lorena y señor de Trieste. Era marinero de profesión y acudía cada día a su oficina en Viena escrupulosamente a las ocho, con un simple uniforme militar y se enorgullecía de haber leído solamente el boletín oficial de la Academia del Ejército.

Jan Morris tiene una espléndida trilogía, la Pax Britannica, que recorre las grandezas y miserias del paso por el mundo de los británicos, que dejaron la lengua y una cierta manera de gobernar. Pero su novela histórica sobre Trieste o “el sentido de ninguna parte” es un canto a la atracción de las ciudades que no se rinden a pesar de perder momentáneamente su poder, su esplendor o su lugar estratégico en los mapas.

James Joyce pasó largas temporadas en la ciudad que había sido el gran y único puerto del imperio austrohúngaro. Gustav Mahler se hospedaba en el hotel de la Ville de la ciudad y se quejaba del ruido estrepitoso de sus calles. El cónsul francés Henri Beyle ocupó su cargo en 1830 y disfrutó de la naturaleza exótica de las afueras de Trieste. La bora, ese viento desafiante que sopla con frecuencia, le confundía y los austriacos censuraban sus cartas porque le consideraban excesivamente liberal. El cónsul firmaba con el seudónimo de Stendhal y ese mismo año publicó Le rouge et le noir.

Trieste es lugar de ilusiones, esperanzas y frustraciones. Sigmund Freud se frustró en 1876 tras ser enviado por la Universidad de Viena con el encargo de resolver el rompecabezas zoológico sobre cómo copulaban las anguilas.

Trieste fue una ciudad judía por ser puerto de partida de muchos hebreos hacia Palestina o hacia Estados Unidos. Albert Einstein pasó varias semanas en esta ciudad adriática en espera de un pasaje para huir de Austria. Trieste fue admiradora de Verdi, que pasó temporadas en la ciudad que se había pronunciado con entusiasmo por la unidad de Italia.

Ciudad de paso, de refugio, de olvido y de nostalgia. Cuando los derrotados carlistas españoles llegaron a Trieste fueron recibidos con todos los honores a pesar de haber perdido ante la dinastía borbónica. Descansan en una oscura capilla lateral de la catedral de San Giusto y durante años se celebraron solemnes funerales de Estado con tambores y banderas españolas desplegadas en solemne procesión. El último pretendiente a la Corona de España, Carlos VII, se “pudre en su tumba ataviado con el atuendo de gala de un capitán general español”.

Fue imperial hasta la derrota de Austria en la Gran Guerra de 1914. Previamente había sido conquistada por Napoleón y pasó a ser italiana en 1919. Mussolini la quiso italianizar al máximo y fue ocupada por Hitler cuando Italia cambió de bando y se unió a los aliados en la última guerra. Los yugoslavos de Tito se la hicieron suya en 1945 y quisieron unirla a su particular manera comunista.

Pero Trieste no se resignó a ser una ciudad perdida tras ser uno de los mayores puertos de Europa como lo fueron Tánger o Danzig. En 1954 la comunidad internacional decidió ceder la ciudad a Italia, que ha intentado tenerla atada políticamente de cerca pero sin que pueda hacer ninguna competencia a la vecina Venecia.

Una reflexión de la autora es que “llegará un día en que la sola idea de nacionalidad resultará tan imposiblemente primitiva como las guerras dinásticas o el derecho divino de los reyes…”. Trieste es por definición una ciudad del mundo, abierta y acogedora, imposible de definir por las capas culturales, étnicas, religiosas y políticas que se han sobrepuesto siglo tras siglo. Es una ciudad libre que no se resigna a ser una referencia perdida de la historia.

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