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CARLOS GOEDDER

Bolívar nació en Cartagena de Indias y en 1812
El Manifiesto de Cartagena, publicado en diciembre de 1812, marcó el inicio del trayecto libertador de Simón Bolívar
Actualizado 17 diciembre 2012  
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Carlos Goedder   
                                                   
Si algo es admirable en la vida de Simón Bolívar (1783-1830) es la capacidad que tuvo para recuperarse ante dolorosas y abundantes derrotas. Nada mejor en momentos de desaliento personal que leer la vida de este personaje, quien se enfrentó de cara con la adversidad, consiguiendo, entre errores y aciertos, la independencia para toda la región andina.

Se puede identificar el momento exacto en que Bolívar emprende ese camino sin retorno como Libertador: Cartagena, año 1812. El 15 de diciembre publicó su MANIFIESTO DE CARTAGENA y se puede considerar este como el hito para lo que sería su gesta hasta el final. Siguiendo a Gerhard Masur:

“El Manifiesto de Cartagena tiene un lugar entre los grandes documentos históricos. Con él comienza en la vida de Bolívar una serie de proclamas de largo alcance que prueban su pensamiento político y su impetuosa retórica. Y con él comienza también su carrera como líder espiritual, trágicamente determinado a dar unidad y resistencia a la independencia de Sudamérica.” (MASUR, Gerhard. Simón Bolívar. Grijalbo, 1975, p. 147)

El documento fue esbozado durante el exilio de Bolívar en Curazao y fue publicado con colaboración de otros dos venezolanos, Salazar y Vicente Tejera. (MANCINI, Jules. Bolívar. Bedout, 1970, p. 435) El futuro Libertador era para ese momento un refugiado político en Nueva Granada (actual Colombia), recién nombrado para comandar una pequeña guarnición en Barranca (hoy Calamar) a orillas del río Magdalena. Con 29 años, Bolívar acababa de abandonar en agosto el territorio venezolano, tras capitular las fuerzas patriotas lideradas por Francisco de Miranda (1750-1816) y haber perecido la Primera República venezolana ante el empuje del militar español Domingo de Monteverde (1773-1832)

El Manifiesto, cuyo nombre extenso es “Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño” se inicia así:
“Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela y redimir a ésta de la que padece, son los objetivos que me he propuesto en esta memoria. Dignaos, ¡oh mis conciudadanos!, de aceptarla con indulgencia en obsequio de miras tan laudables.

Yo soy, granadinos, un hijo de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas y políticas, que siempre fiel al sistema liberal y justo que proclamó mi patria, he venido a seguir los estandartes de la independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos estados.”

(CARRERA DAMAS, Germán (Ed.). Simón Bolívar. Escritos Fundamentales. Monte Ávila Editores, 1988, p. 1)
 
Y aquí merece repasarse qué había ocurrido en la vida venezolana y la de Bolívar en los meses previos.
 
Los Antecedentes Inmediatos al Manifiesto de Cartagena
 
Declarada la independencia de Venezuela respecto a España el 5 de julio de 1811, siete provincias abrazaron la causa y otras tres quedaron fieles a la monarquía de Fernando VII (Coro, Maracaibo y Guayana). De allí vienen las siete estrellas que originalmente tuvo la bandera venezolana.

La guerra independentista venezolana tuvo un momento oscuro cuando un terremoto ocurrido el 26 de marzo de 1812 arrasó las provincias que abrazaron la independencia. Ocurrido en Jueves Santo, la capital venezolana, Caracas, perdió 10 mil vidas; una secuela telúrica el 4 de abril elevó los muertos a veinte mil (LYNCH, John. Simón Bolívar. A Life. Yale UniversityPress, 2007, p. 59.)

Siguiendo a John Lynch:
“El disturbio sísmico también golpeó el esfuerzo bélico patriota y la causa republicana rápidamente colapsó. Monteverde avanzó sin inconveniente desde Coro a la cabeza de tropas realistas reforzadas desde Puerto Rico y apoyadas por Juan de los Reyes Vargas, un influente indio quien cambió de bando. Pronto, sin una sola batalla seria, recuperó el occidente de Venezuela. La república reaccionó a estos desastres designando a Miranda generalísimo, comandante en jefe con poderes dictatoriales, el 23 de abril de 1812. Mas el anciano revolucionario no consiguió recuperar el temple de su juventud o contener la marea de monarquismo que inundó la república. Evacuó Valencia y el 3 de mayo Monteverde entró en la ciudad con la connivencia de sus habitantes y comenzó a reforzar sus tropas. En los llanos, el jefe guerrillero Boves se unió a la causa realista.” (LYNCH, John. Op. cit., p. 59. Traducción propia)

El coronel Bolívar fue designado para comandar el fuerte de Puerto Cabello, arsenal de la república y lleno de presos políticos. Un par de traidores, Vinoni y Guzmán, se apoderaron del fuerte mientras Bolívar estaba en la ciudad y el joven militar tuvo que huir a Caracas, tras resistir por siete días. Bolívar escribió a Miranda, el 12 de julio de 1812: “Mi general, mi espíritu se halla de tal modo abatido que no me siento con ánimo de mandar un solo soldado; mi presunción me hacía creer que mi deseo de acertar y mi ardiente celo por la patria, suplirían en mí los talentos de que carezco para mandar.

Así ruego a Ud., o que me destine a obedecer al más ínfimo soldado o bien que me dé algunos días para tranquilizarme, recobrar la serenidad que he perdido al perder a Puerto Cabello; a esto se añade el estado físico de mi salud, que después de trece días de insomnio y de cuidados gravísimos me hallo en una suerte de enajenamiento mortal.” Un par de días después envía otra nota patética: “Mi cabeza, mi corazón no están para nada. Así suplico a Ud. me permita un intervalo de poquísimos días para ver si logro reponer mi espíritu en su temple ordinario. Después de haber perdido la última y mejor plaza del Estado, ¿cómo no he de estar alocado mi general? De gracia, no me obligue usted a verle la cara. Yo no soy culpable, pero soy desgraciado y basta.” (MIJARES, Augusto. Bolívar. Academia Nacional de la Historia. Ediciones de la Presidencia de la República, 1987, p. 219)

Lamentablemente Miranda no se entrevistó con Bolívar tras este desastre. Y lo cierto es que si bien fue un golpe terrible para la República, ya Miranda tenía intención de claudicar antes del episodio. Siguiendo a Madariaga: “La pérdida de Puerto Cabello, aunque desastrosa en sí para la situación estratégica, para el espíritu de la tropa y para el prestigio de la nueva república, no cambió gran cosa la situación tal y como se reflejaba en el ánimo de Miranda. Su pasividad en este momento sólo se explica por una decisión secreta y quizás subconsciente de negociar con el adversario. Como tantos otros republicanos, Miranda había perdido la fe en la república. El suceso de Puerto Cabello no cambió, pues, en nada la corriente ya iniciada en su ánimo; tan sólo le aportó mejor ambiente en que manifestarla.” (MADARIAGA, Salvador. BOLÍVAR, Tomo I. SARPE, 1979, p. 362) Un pensador político republicano importante, quien por una temporada fue tutor de Bolívar, Miguel José Sanz, le escribía a Miranda un mes antes, el 14 de junio de 1812: “La mayor parte de nuestro territorio está ocupado por nuestros enemigos, y los internos nos hacen una guerra la más cruda y peligrosa: estos enemigos internos son la ignorancia, la envidia y la soberbia; y estos malvados, empeñados en hacer ineficaces las providencias de usted, todo lo desordenan y confunden. Si usted quiere tener la gloria de hacer independiente a su patria y que ésta goce de libertad, es preciso que no se fíe en los medios que aquí se le proporcionen: búsquelos usted de fuera… Querer cosas extraordinarias por medios ordinarios es un desatino; es indispensable pensar en los extraordinarios…” (MIJARES, op. cit., p. 226)Tras una sucesión de desplantes y fanfarronerías hechos por Monteverde, Miranda capitula el 25 de julio de 1812, desertando de su lado personajes como Quero, Sata y Bussy, Espejo y Casa León, figuras de alto rango bajo la República. Miranda y Monteverde nunca llegaron a entrevistarse personalmente. La prioridad para Miranda fue poner a salvo sus pertenencias y huir del país. El proceso de capitulación estuvo empañado por secretismo y falta de anuncios a la población; tampoco los militares estaban al corriente de la negociación, entre ellos Bolívar. Siguiendo a Madariaga: “En Caracas, Miranda sólo se ocupó de poner en salvo su propia persona y la de los oficiales extranjeros que le rodeaban. Informó al Ayuntamiento de la firma de la capitulación, pero no hizo pública la noticia, que tan sólo se propagó por los desertores que llegaban a la ciudad.” (MADARIAGA, op. cit., p. 367)

En defensa de Miranda se puede señalar su esperanza de un acuerdo entre los liberales venezolanos y el régimen liberal español inspirado por la Constitución de Cádiz. En cualquier caso, Caracas y Cádiz estaban sin comunicación y quien tenía el poder en sus manos era Monteverde. Suponer que Miranda estaba planeando la resistencia desde el extranjero resulta plausible, mas sorprende ver que quedó sin estructurar un equipo de militares para tal fin y marchar juntos al exilio. Considerar que se daba a la fuga sin más podría ser injusto. Lo cierto es que se dirigió tan pronto como pudo al puerto de La Guaira y dispuso su equipaje a bordo del barco Saphire, llevando consigo una suma de dinero importante. De manera imprudente se quedó pernoctando en la ciudad en vez de subir a bordo, precaución que en efecto le instó el capitán de la embarcación a adoptar.

Lamentablemente Bolívar pensó que Miranda se iba y los abandonaba a todos a su suerte. Se produjo entonces el 30 de julio de 1812 el episodio más oscuro en la vida de Bolívar: junto a Manuel María de las Casas, comandante de La Guaira y quien se había pasado a los realistas bloqueando el puerto y el burócrata Miguel Peña, arrestó a Miranda. Fue allí que Miranda exclamó esa célebre frase: “Bochinche, bochinche, esta gente no saber hacer sino bochinche.” El Precursor la Independencia Americana fue entregado a los realistas, encerrándosele en el castillo de San Carlos. Por los siguientes cuatro años Miranda iría de presidio en presidio hasta morir a los 66 años. Fue el único personaje de quien se tiene noticias que combatió en la Independencia Americana, la Revolución Francesa y la Independencia Hispanoamericana, el único americano con nombre grabado en el Arco del Triunfo y acabó traicionado por sus compatriotas en el puerto de La Guaira.

La acción le valió a Bolívar pasaporte de Monteverde para marcharse al exilio. Un español, Francisco Iturbe, intercedió ante Monteverde para que el futuro Libertador pudiera escapar del bloqueo en Venezuela. En defensa de Bolívar se señala este episodio que habría referido Iturbe al historiador Felipe Larrazábal (quien publicó una biografía de Bolívar en 1883) y el cual es casi unánimemente repetido: ante la petición de pasaporte a Bolívar: “Monteverde contestó; ‘Está bien’, y volviéndose a su secretario Bernardo Muros, le dijo: ‘Se concede pasaporte al señor (mirando a Bolívar) en recompensa del servicio que ha hecho al Rey con la prisión de Miranda.’ Hasta entonces Bolívar había estado callado; mas al oír las palabras que dirigía Monteverde al Secretario Muros, repuso con prontitud, que había preso a Miranda para castigar a un traidor a su patria, no para servir al Rey. Tal respuesta descompuso el ánimo de Monteverde, pero Iturbe insistió en que se le había ofrecido el pasaporte y que su garantía estaba empeñada, terminando sus buenos oficios por decir jocosamente a Muros, con quien le unía buena y fiel amistad: ‘Vamos, no haga usted caso de este calavera; dele usted el pasaporte y que se vaya.” (Mijares, op. cit., p. 231-2)

Fue el mayor error que cometió jefe realista alguno. Nunca más se tuvo la prodigiosa oportunidad de tener a Bolívar a mano para encarcelarlo o ejecutarlo. Monteverde mismo señalaba en correspondencia compilada por Gil Fortul en el Archivo General de Indias: “…Yo no puedo olvidar los interesantes servicios de Casas, ni el de Bolívar y Peña, y en su virtud no se han tocado sus personas, dando solamente al segundo sus pasaportes para países extranjeros, pues su influencia y conexiones podrían ser peligrosas en estas circunstancias.” (Mijares, op. cit., p. 231) Fue un error darle pasaporte a quien se intuía peligroso. Lo cierto es que Bolívar se benefició de algo que nunca consiguieron sus compatriotas: clemencia de Monteverde. Siguiendo a Masur: “Monteverde, con los pretextos más fútiles, rompió todos los tratados concertados con Miranda. El 1 de agosto se tomó prisioneros a muchos dirigentes del movimiento independencia y allí comenzó una era de persecuciones y destierros de cuantos habían luchado por la libertad.” (MASUR, op. cit., p. 137) Madariaga añade: “La república había perdido. Pero ¿había ganado el Rey? El ganador inmediato era Monteverde. Y para bien remachar el clavo de su victoria se dispuso inmediatamente a confirmar con carácter oficial el puesto que su suerte e indisciplina le habían conquistado.” (MADARIAGA, op. cit., p. 365)

Ciertamente, Monteverde había desobedecido instrucciones de su superior Miyares y obrado por cuenta propia. Otro historiador señala el daño institucional que infligió Monteverde: “… Monteverde no sólo destruyó la República en su forma política, según habitualmente se entiende. Le dio un golpe mortal a los principios sobre los cuales se había fundado, y que en parte nos venían del régimen español. Fue bajo Monteverde cuando por primera vez se gobernó en Venezuela violando leyes y principios morales que siempre se habían respetado; suya es la culpa de que el resentimiento que comenzaba a nacer entre los bandos rivales se convirtiera en guerra a muerte…” (Mijares, p. 225) Al mismo Bolívar se le confiscaron los bienes y se enteró de la nueva apenas llegó a Curazao en agosto y donde permaneció hasta octubre. Su equipaje fue decomisado en la isla y pasó, por primera vez en su vida, auténticos apuros económicos.
 
Bolívar y Miranda
 
Una breve reflexión merece el trágico episodio con Miranda. El enfoque más desfavorable a Bolívar es el de Madariaga, quien deplora la biografía que hizo Larrazábal, desconsidera por tanto el incidente de altanería bolivariana ante Monteverde y concluye: “Tanto los documentos que dicen la verdad como los que intentan ocultarla o explicarla falseándola prueban, pues, que el 30 de julio de 1812 Simón Bolívar abjuró de la causa de Venezuela, se decidió a congraciarse con España y entregó a Miranda a las autoridades españolas precisamente con este objeto.” (MADARIAGA, op. cit., p. 377.) Masur argumenta: “¿Tenía derecho a erigirse en juez un hombre que había sido derrotado, cuyos equivocados cálculos determinan la pérdida de Puerto Cabello? ¿No había también este hombre abandonado tres veces su país durante los azarosos años ocurridos entre 1814 y 1818? Bolívar habría respondido así; ‘Yo también fracasé como soldado. Pero jamás me rendí. Jamás me importaron el dinero ni los bienes materiales. Jamás prostituí la bandera de la victoria.’ Más que su inepcia militar, a Bolívar le indignaba en Miranda el aire de misterio y de traición de que se rodeaba.” (MASUR, p. 136) La mejor conclusión para despachar este tema me parece que es la de Lynch:

“La crónica de la vida de Bolívar en los años entre 1810 y 1812 no es buena lectura para quienes buscan la perfección en un héroe. Estos fueron años de prueba mediante fuego, cuando interminables eventos pusieron a prueba su voluntad y juicio y le dieron lecciones en liderazgo. Emergió como un hombre más profundo y sabio, mas una recopilación de sus hechos revela un número de sombras que no puede dispersarse fácilmente. La pérdida de Puerto Cabello, culpa suya o no, fue un desastre estratégico y un golpe para su moral; el arresto de Miranda fue una acción innoble, ‘perfidia’ según la visión de Andrés Bello, un castigo inmerecido para quien había trabajado tanto por la causa americana; y el pasaporte a la salvación fue ganado mediante influencias con realistas que Miranda mismo nunca disfrutó. Estos son episodios que revelan fallas de temperamento y conducta que sus propias excusas y de sus adeptos sólo consiguen magnificar.” (LYNCH, p. 63)

En Curazao Bolívar tuvo oportunidad de tener un encuentro consigo mismo en condiciones tranquilas, repasar sus errores y tomar una resolución. Este Bolívar es el más interesante. Es el que resurge del desastre y emprende el camino hacia grandes destinos. Algo parecido le ocurrirá en 1815, cuando se exilie en Jamaica. Una nueva mentalidad se configura en el exilio curazoleño, donde se va estructurando el Manifiesto de Cartagena y el gran plan: pasar a Nueva Granada para desde allí ganar apoyo y reconquistar Venezuela. Siguiendo a Mauro Torres, en el estudio más curioso y original que he leído sobre Bolívar: “Con este nuevo cerebro, creado en un instante, Bolívar se yergue con su nueva mentalidad y ya no reconocerá ninguna autoridad por encima de la suya y, aunque no lo declare abiertamente, sus proclamas y sus hechos lo dirán con la más abierta transparencia, que él será la suprema autoridad y el supremo dictador, y no verá más que en la guerra y en las hazañas guerreras el medio para conquistar -¡ahora sí!- su tan anhelada gloria.

¡Ya cortó todas las amarras y ajustó cuentas con todos los que estorbaban su impetuoso paso de conquistador! Miranda, que fue el último –simbolizase lo que fuera, quizás el último giró de autoridad-, allí quedó sepultado en las mazmorras de la prisión española, ya fuera por indeciso, por filántropo, por pasivo: por traidor, al fin de cuentas. ¿Qué importa esa moralidad y esa justicia de las mentalidades mediocres del común de los mortales para un Hernán Cortés, un Francisco Pizarro o un Simón Bolívar?

El camino está despejado de estorbos: ¡Ay! de aquellos que pretendan interponerse en su camino hacia la gloria, hija –legítima o no- de su contacto secreto con ese otro conquistador, más sedentario que nómada, el emperador Napoleón.” (TORRES, Mauro. Moderna Biografía de Simón Bolívar. Ecoe Ediciones, 1999, p. 115-116)
 
El Manifiesto
 
Cuando Bolívar llega a Nueva Granada, actual Colombia, ciertamente ve las cosas de otra manera. Allí encuentra un ambiente de guerra civil, en el cual los republicanos han ido a las armas entre sí. Hay guerra entre las regiones de Cundinamarca y Cartagena, las cuales pugnan por ser naciones soberanas. El espíritu federal había calado tanto que el presidente de Cundinamarca, Nariño, tuvo que comandar tropas contra la ciudad de Tunja. Mancini, quien hace este vergonzoso recuento de los enfrentamientos intestinos entre patriotas, señala: “En otros sitios habían llegado hasta pelear ciudad contra ciudad, aldea contra aldea. Pamplona había declarado la guerra a Girón, Tunja a Sogamoso, Honda a Ambalema.” (MANCINI, op. cit., p. 425)

El Manifiesto de Cartagena deja claro que Bolívar acusa el federalismo respecto al fracaso de su república venezolana y recrimina su adopción en Nueva Granada: “El sistema federal, bien sea el más perfecto y más capaz de proporcionar la felicidad humana en sociedad, es, no obstante, el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes estados. Generalmente hablando todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano; virtudes que no se adquieren en los gobiernos absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes del ciudadano.”

Bolívar propone caer en la realidad y reconocer que las nacientes repúblicas son incapaces para un sistema tan beneficioso y sorprende cómo su desconfianza sobre el federalismo tiene ecos en la democracia española recién alumbrada en 1975, siendo que en pleno 2012 las autonomías españolas pugnan por separarse y Cataluña protagoniza tal causa. Bolívar enfatiza: “Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas.”

El futuro Libertador invita a hacer un ejercicio de realismo y evitar construir repúblicas aéreas como su Venezuela alumbrada en julio de 1811 y sumida en cadenas al año exacto. “…Tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados.” Pasa a criticar la clemencia: “Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un perdón, y a cada conspiración sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar, porque los gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal, que contribuyó más que nada a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente concluido!”

¿La alternativa? Bolívar propone un gobierno centralizado e inexorable. Está presentando de manera velada una solución dictatorial, un gobierno fuerte apropiado para un tiempo de revueltas. Afirma: “Es preciso que el gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si éstos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible, y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin atender a leyes, ni constituciones, ínterin no se restablece la libertad y la paz.” En suma, Bolívar está diciendo: esto es una guerra, acá no valen repúblicas hechas en el papel, se debe implantar un régimen marcial y aprestarse a sofocar las disensiones internas. “Nuestra división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud.” Lo cierto es que hasta el momento los letrados, juristas y filósofos que estaban construyendo las bases republicanas chocaban con una terrible anarquía y Bolívar apelaba a la “realpolitik”. Sin florituras ni adornos Bolívar sacude a sus lectores diciendo: esto es guerra, dejémonos de fantasías y juguemos duro. Por supuesto, a los liberales actuales les debe chocar tanto el mensaje como a los de aquel tiempo. Y queda la consideración de si era posible edificar una república de un modo distinto, si era viable alumbrar un sistema legislativo federal, republicano y constitucional. Lo cierto es que en aquel tiempo de guerra la evidencia demostraba enfáticamente que no: o bien surgía un militar opositor afortunado como Monteverde, o bien se acababa en guerra civil. El único arreglo a aquel estado de cosas hubiese sido que Fernando VII, todavía preso por Bonaparte, hubiese alentado el trabajo constitucional hecho en Cádiz y se hubiese construido una suerte de Commonwealth hispanoamericana cuando quedó en libertad tras caer Napoleón. Aquel hubiese sido el escenario feliz. Mas Fernando VII carecía de empatía con las ideas liberales y bajo su reinado era inviable conciliar a liberales americanos con la metrópoli. La alternativa era guerra y bajo guerra era inviable pensar en otra cosa que concentrar poder y dejarse de fantasías.

Lamentablemente la América Hispana, por más que nos creamos eso del “Realismo Mágico”, es uno de los lugares más atrozmente ajenos a ensueños y delirios. Bolívar distó de ser otra cosa que un pragmático estadista con un objetivo claro: guerra total para crear repúblicas centralizadas y con gobierno poderoso. En sintonía con esto señala: “Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes merodeadores de las ciudades, añaden un obstáculo entre nosotros; porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que jamás se vio en Venezuela una votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de partido decidía todo, y por consiguiente nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron.” Que este mensaje tenga resonancias en la Venezuela petrolera de dos siglos después sencillamente sorprende, conmueve o sencillamente aterra. Porque una cosa es la solución radical emprendida por un Bolívar que la elegida por un Chávez, quien cree empuñar el testigo de Bolívar.

El balance de causas por las cuales fracasó Venezuela en su primer experimento republicano es hecho así por El Libertador en su Manifiesto:

“De lo referido se deduce que entre las causas que han producido la caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su constitución; que, repito, era tan contraria a sus intereses, como favorable a la de sus contrarios. En segundo, el espíritu de misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero: la oposición al establecimiento de un cuerpo militar que salvase a la república y repeliese los choques que le daban los españoles. Cuarto: el terremoto acompañado del fanatismo que logró sacar de este fenómeno los más importantes resultados; y últimamente las facciones internas que en realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria al sepulcro.”

En el documento por primera vez habla Bolívar de “independencia colombiana”, con lo cual sugiere que ha hecho suya la idea de agrupar los nacientes estados americanos en una gran nación, Colombia, idea por demás “tomada prestada” de Miranda. El llamado es urgente: “A este efecto presento como una medida indispensable para la seguridad de la Nueva Granada, la reconquista de Caracas.”

Este brillante personaje, Simón Bolívar, con sus claroscuros, estaría entrando en Caracas a escasos nueve meses de escribir este llamado bélico. En medio de la indecisión general y el miedo, Bolívar invade todo con una resolución fulminante. Su gesta le llevará a libertar medio continente. Y terminará también en un diciembre, dieciocho años después. Su apelo a un régimen fuerte y terrible lamentablemente ha sido también excusa para tiranías en la América Hispana. Un precio alto mas necesario para un sistema republicano que en España no llegó hasta el Siglo XX y acabó con una guerra civil y una vergonzosa dictadura vigente hasta ¡1975!. Lo cierto es que una hoja de ruta más tranquila hubiese sido lo deseable para conseguir en el mundo que habla castellano una solución institucional menos sangrienta.

ME DESPIDO POR ESTE AÑO. FELIZ NAVIDAD Y QUE 2013 SEA ESPLÉNDIDO
  
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