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Domingo, 20 de junio de 2021 |
EMILIO J. CÁRDENAS
La idoneidad y los empleos públicos
Alberto Fernández aparentemente vive su "propia" (inventada) realidad, muy distinta de la de los demás: la de los hechos
Actualizado 1 junio 2021 - 0:0  
Emilio J. Cárdenas   
Nuestra Constitución Nacional establece, con claridad absolutamente meridiana, que todos los habitantes de la Nación son “iguales ante la ley” y, además, admisibles en los empleos de la función pública “sin otra condición que la idoneidad”. La idoneidad deviene así no sólo una condición, sino una exigencia. Un requisito necesario, entonces. Una “pauta rígida” para trabajar en la función pública, según algunos.

Por idoneidad, recordemos, entendemos no sólo la existencia de la indispensable aptitud técnica y física sino, además, una condición ética y moral. Más allá, entonces, de lo meramente técnico y profesional.

Por esto preocupa tanto la aureola de incapacidad que ha crecido notoriamente en derredor del presidente, Alberto Fernández, que luce como una máquina imparable de acumular errores. Uno tras otro.

Quizás, porque no está nada cómodo en la función constitucional que circunstancialmente desempeña. Razón por la cual, a poco de comenzar su labor ejecutiva manifestó públicamente “extrañar a Hugo Chávez”, lo que ciertamente no es demasiado distinto a “extrañar a Fidel Castro o a Carlos Marx”. Es casi lo mismo.

Su circunstancial ladero en materia de política exterior, el actual Canciller, el ingeniero agrónomo Felipe Solá, otro personaje que devendrá histórico como ejemplo de una muy marcada tendencia a cometer errores continuos, no le va en zaga, habiendo ahora asumido el curioso rol de defensor del dictador venezolano, Nicolás Maduro, cuyas violaciones de los derechos humanos nuestro país disimula.

A punto tal que endosa, sin sonrojarse siquiera, a su presidente cuando sostiene que el tema de las constantes violaciones de los derechos humanos en Venezuela se ha “desdibujado” con el mero paso del tiempo, lo que naturalmente afecta adversamente la imagen de nuestro país, nada menos que cuando de la defensa de los derechos humanos se trata.

En el primer trimestre de este año solamente, las fuerzas de “seguridad” venezolanas cometieron más de 200 asesinatos, a estar a los datos de las Naciones Unidas. Lo que, por sí solo, desmiente categóricamente a Alberto Fernández, que aparentemente vive su “propia” (inventada) realidad, muy distinta de la de los demás: la de los hechos.

Estar en manos de funcionarios sobre cuya idoneidad para el cargo que desempeñan hay múltiples razones para dudar, en estos peligrosos tiempos de pandemia, es -por lo menos- muy intranquilizador.

De allí la notoria desaparición de la confianza pública en nuestras actuales autoridades ejecutivas. No es casual. Es hija de sus conductas, inevitablemente. Comprensible, por lo menos. Casi previsible, en consecuencia. Para quienes nos sentimos consustanciados con los valores de Occidente, nada tranquilizador. Más bien, todo lo contrario.
 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.