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Domingo, 24 de enero de 2021 |
EMILIO J. CÁRDENAS
Fuerte contraste andino en las relaciones frente a la pandemia del Covid-19
El gobierno chileno aprobó la vacuna de Pfizer. Y tiene también acuerdos con Sinovac, Johnson y Johnson, y Astra-Zeneca, y negocia avanzadamente con Moderna.
Actualizado 30 diciembre 2020 - 0:0  
Emilio J. Cárdenas   
El presidente argentino, Alberto Fernández, anunció hace ya algunos días, que la Argentina comprará la vacuna rusa contra el Covid-19. Con tal mala suerte (o falta de preparación) que, al día siguiente, Vladimir Putin avisó abiertamente al mundo que la vacuna rusa todavía no era apta para los mayores de 60 años. Por el momento, la eficacia de la vacuna rusa aún no está certificada. ¿Por qué, entonces, la apresurada decisión argentina? La respuesta surge evidente: por incompetencia y por “ideología”, presumiblemente.
 
La situación en la vecina Chile, en cambio, es bien distinta. El presidente Sebastián Piñera ha confirmado que la semana próxima empieza la vacunación contra el Coronavirus y que, antes de que termine el primer semestre del año próximo, se habrá inoculado a 15 millones de chilenos.
 
Primero se vacunará a los médicos y enfermeros que han estado en primera línea y a los pacientes críticos. Enseguida se inoculará a los adultos mayores y a los enfermos crónicos, para terminar –ordenadamente y sin improvisar- con el total de la población.
 
El gobierno chileno aprobó la vacuna de Pfizer. Y tiene también acuerdos con Sinovac, Johnson y Johnson, y Astra-Zeneca, y negocia avanzadamente con Moderna.
 
Tendrá a su disposición todas las vacunas y los chilenos podrán optar por aquella que prefieran. Tiene, además, asegurada la provisión de 60 millones de dosis en los próximos tres años, si fueran necesarias.
 
Previamente, (como en la Argentina) se realizaron en Chile pruebas y ensayos clínicos con la vacuna de Pfizer y con la de Sinopharm.
 
Todo previsible y ordenadamente en Chile. A diferencia de los “ponchazos” que parecen haber caracterizado el andar del presidente argentino, Alberto Fernandez, en este tan delicado tema en el que está en juego nada menos que la salud de la población. En nuestro caso, la estrategia parece propia de décadas de caminar “cuesta abajo”, lamentablemente. Una triste confirmación de las diferencias que caracterizan a las dirigencias políticas de dos países hoy muy distintos en materia de desarrollo. Uno que transita un camino ascendente y otro que vive patinando hacia atrás.
 
Hay ahora, sin embargo, una buena noticia: el gobierno ha “reactivado” las negociaciones con Pfizer. Era lo razonable, desde hace rato ya. Cuando otras naciones ya las han cerrado, nosotros seguíamos un curso equivocado, por razones “geopolíticas” y simpatías inocultables con el autoritarismo, lo que pasará a la historia como un enormemente peligroso desatino de nuestra ineficaz “clase política”, clase en la que muchos de sus miembros compartes una extraña aversión por los principios que caracterizan a Occidente, nada menos.
 
Antes de las recientes elecciones norteamericanas, el “Washington Post” calificó a Donald Trump como “el peor presidente de los tiempos modernos”. En nuestro medio, sobre la “figura” de Alberto Fernández, eso no hace falta señalarlo. Es, claramente, el peor, sin atenuantes. Está claro y “sobre la mesa”. Pese a que ahora procura disimular el perfil de verdadero “Chirolita” (muñeco de ventrílocuo), instalado por otros en lo más alto del poder.
 
 
 
(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.