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Martes, 24 de noviembre de 2020 |
María Zambrano y Ramón Gaya: "Y así nos entendimos…"
La correspondencia entre la filósofa y el pintor y ensayista, publicada por Pre-textos, constituye un testimonio indispensable de la época que les tocó vivir y de una amistad intensa.
Actualizado 18 noviembre 2020 - 0:0  
Enrique García-Máiquez   

El minucioso y delicado trabajo de los editores, Isabel Verdejo y Pedro Chacón, contribuye a crear la sensación vivísima de estar asistiendo a la historia de una amistad verdadera, que es singular, en cuanto que lo son sus dos protagonistas, pero a la vez resulta un arquetipo platónico de lo que debe ser la amistad ideal.

Un pequeño libro de la filósofa francesa Simone Weil, recientemente publicado por Hermida Editores, titulado precisamente La amistad, nos ha iluminado la lectura de este libro. Weil habla de que la amistad es una forma de amor en donde brilla con una luz específica la independencia de ambos amigos, que el amor no puede dar. Lo expresa aún con mayor energía Weil: «La amistad es el milagro en el que un ser humano acepta mirar con distancia y sin acercamiento alguno al ser que le es necesario como alimento». María Zambrano especialmente, aunque siente una necesidad imperiosa de trato con su amigo Ramón Gaya, se cuida en toda su relación de no atosigarle ni robarle silencio. Apenas se produce alguna excepción, pero tan justificada que sirve de prueba en sentido contrario. Es cuando María Zambrano, porque ha muerto una persona muy querida para ella, pide a Gaya algunas noticias, «que siempre me hubieran sido agradables, pero ahora […] las necesito». Lo habitual es lo contrario: hace votos explícitos por guardar esas distancias de la amistad, por ejemplo cuando ella y su hermana Araceli lo invitan a su casa de Roma o a sus vacaciones: «Sabes bien que nuestra compañía no es de las que quitan la soledad al pájaro».

Ello no implica distancia intelectual o sentimental. Las páginas que cada uno de ellos dedica a analizar la obra o el pensamiento del otro son fascinantes; y dan a este libro su tercera dimensión de ensayo, tras la de epistolario y novela. Como el volumen recoge también los artículos que publicaron sobre sus respectivas obras, puede verse la sinceridad previa que había en esas páginas y la exigencia mutua. Incluso asistimos al desarrollo de una paradoja muy real. A menudo lo más íntimo los amigos se lo dicen en público, en una reseña o en una presentación, con un delicado pudor paradójico.

Gaya escribe: «Es una alegría sentir que no somos libres. Sí, gracias a Dios, no tenemos esa monstruosidad vacía que se llama Libertad». Y María Zambrano asiente: «La libertad es obediciencia, el conocimiento, amor»

El nivel filosófico y espiritual de las cartas de ambos amigos es alto y transparente. Se entienden muy bien. «Tenemos nuestros Dioses y, si sabemos hablarles y escucharles, las cosas se hacen ellas solas, y entonces las cumplimos casi sin responsabilidad y sin esfuerzo —me refiero al esfuerzo de la voluntad», escribe María Zambrano, hablando por los dos. Ramón Gaya abunda: «Es una alegría sentir que no somos libres. Sí, gracias a Dios, no tenemos esa monstruosidad vacía que se llama Libertad». Y María Zambrano asiente: «La libertad es obediciencia, el conocimiento, amor».

Tanta profundidad es compatible con múltiples bromas privadas, cómo María Zambrano llamando al  CV el «Carrum viatae»; o como esta expresión: «estoy harta con tres haches»; o esta guasa: «la pintura abbbssstttraita!» En general, ambos prefieren reírse de sí mismos. Informa Zambrano: «Figúrate que me está rondando escribir algo sobre la brujería, a mi modo, claro, es decir, sin saber una palabra del asunto». Pero Ramón Gaya le elogia su modo de hacer crítica literaria y artística: «Sólo debería estar permitida esa forma difícil, y el que pueda, pueda».

«Tienes que escribir cartas —aunque no sean para mí— muchas; un Epistolario completo. Será tu obra maestra”, escribió José Bargamín a María Zambrano

Los editores han acompañado las cartas de abundantes documentos gráficos, como fotografías, pinturas, caligrafías, reproducciones de objetos y autógrafos de los autores y de los amigos de los autores. No es un complemento elegante de una edición de lujo, o no sólo: recrean así el ecosistema de la amistad, que no crece en el vacío nunca, pero menos en el caso de María Zambrano y Ramón Gaya, tan sensibles a la belleza de los lugares, de las obras de arte y del arte humilde de las cosas cotidianas. La cubierta del volumen reproduce una estela de la Vía Apia donde gustaba acudir María Zambrano en compañía de Ramón Gaya.

La presencia de los amigos comunes, de los que se recogen también cartas, contribuye a recrear el ámbito humano donde la amistad entre Gaya y Zambrano se desarrolló y en el que el lector se siente de algún modo acogido gracias al juego de las perspectivas. Los amigos de ambos también son inteligentes y cariñosos. Especialmente curioso resulta cuando Gaya o Zambrano hablan del otro a sus espaldas a algún tercero. Siempre lo hacen con gran delicadeza, sin ahorrarse alguna crítica verdadera, pero haciendo saber entonces al interlocutor que eso que se le cuenta, ya se lo ha dicho antes al interesado. Sólo hay alguna excepción, que se entiende y que da un toque de humanidad más al libro. «A María le tengo que mentir», confiesa Gaya que hace cuando ella le pregunta si tiene noticias de los amigos comunes que sí le escriben a él, pero no a ella. Lo hace para rogar a Salvador Moreno que escriba, por favor, a María: «y calmes un poco sus ansias de reconocimiento español… y juvenil». Amistad hasta el cuidado más delicado.

María Zambrano, aunque siente una necesidad imperiosa de trato con su amigo Ramón Gaya, se cuida en toda su relación de no atosigarle ni robarle silencio

Todos estos matices finísimos de las obras mutuas, de las distintas personalidades y de la amistad íntima se ven mejor gracias a la excelente prosa de ambos. Este es un libro también de alta literatura. Casi siempre escribir es la forma más natural de hablar del fondo; y todavía más para dos escritores tan exquisitos. «Y me siento más propicia ahora a escribirte unas líneas —al fin y al cabo, es mi oficio», reconoce Zambrano. José Bergamín, viejo zorro, percibe que ella da su nota más alta en el género epistolar, porque aúna su honda perspicacia con una inédita cercanía y le aconseja: «Tienes que escribir cartas —aunque no sean para mí— muchas; un Epistolario completo. Será tu obra maestra. Cartas en que te abandones por completo en que te dejes ir, a tu sentimiento y pensamiento. Y creo que es ahora el momento de tu madurez espiritual para empezar tu Epistolario». Los subrayados son del sagaz Bergamín, al que este libro da la razón.

Tan redondo como libro, casi como novela, ha quedado, que no se deshilacha hacia al final, como suelen los epistolarios, sino que acaba en un clímax. En la última carta, escrita el 11 de octubre de 1990, que emociona. Zambrano recapitula en un tarjetón, con firma temblorosa, con motivo de la inauguración del museo Ramón Gaya en su ciudad natal: «Ramón, me alegro de veras porque aparezcas en tu tierra, en la finura del mundo; como te dije una vez hace siglos; Murcia es lo más fino que he visto… Y así nos entendimos. Hoy te lo escribo como puedo. María».
 



Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.

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