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Lunes, 30 de noviembre de 2020 |
GEORGE CHAYA
Argentina en modo Potemkin
"...Lo concreto es que la derecha mesiánica como la izquierda totalitaria latinoamericana han pasado doscientos años podando la rama del árbol donde sus pueblos se sentaron".
Actualizado 10 noviembre 2020 - 0:0  
George Chaya   
Cierra un año complejo para la República  Argentina. Una mirada sobre las distintas crisis que enfrenta permite ver que el gobierno ha venido sosteniendo una posicion discursiva bastante exitosa para sus seguidores pero poco convincente para un gran número de argentinos en materia de económica y combate contra la pandemia del Covid-19 y, por supuesto, en su lucha contra la pobreza. Todo lo cual, contrasta con la percepción de un gran sector de la ciudadania, aunque para el oficialismo su trabajo supera ampliamente a lo hecho por la gestion anterior, de alli su necesidad por reescribir un discurso que arroje todo lo anterior al bote de basura de la historia. 

Sin embargo, el discurso oficial no ha demostrado ser útil más que para ganar una elección que facilito la llegada al poder de la actual administración, de allí que en cierto sentido su narrativa ha tenido éxito en lo que refiere al marketing de una nueva modalidad de hacer política basada en la creencia de que la percepción es más importante que la realidad. En otras palabras, lo que importa es cómo se ven las cosas y no el estado real de las cosas.

Como definicion conceptual, esa cosmovisión de la política oficialista no es nueva, fue descripta claramente en 1967 por el escritor marxista francés Guy Debord en uno de sus libros titulado “La sociedad del espectáculo”. En esa sociedad que describe el autor, nada es bueno ni malo. Las cosas no se ven ni bien ni mal. Lo que realmente cuenta es la superficie, la fachada y la decoración. 

El punto central desde el que Debord proyecta su obra es que “el observador”, lo que el autor define como la sociedad civil, está saturada de limitaciones en cuanto a su capacidad de atención y adolece de memoria para retener demasiadas imágenes o situaciones a traves del tiempo, por lo tanto, es muy voluble y pasible de hacerla feliz en el momento, en el aquí y ahora; y mañana: que la suerte los ayude.

Antiguamente, los rusos utilizaron una modalidad que les otorgo mucho éxito y que  describio la tesis de Debord o ¿por qué no? el actuar del gobierno argentino. La Rusia zarista lo denominó el “modo Potemkin”.

Gregori Potemkin fue un ministro de la emperatriz rusa Catalina II, era responsable de la propaganda y se encargaba de diseñar un mundo de fantasía para la zarina, algo así  como “el mítico diario de Irigoyen”, para los crédulos e ingenuos. El ministro contrataba expertos en manipulación y puesta en escena en el armado de ciudades y pueblos ideales en los caminos, plazas y pueblos de los itinerarios y las giras de la zarina, todo era un show con extras contratados y llevados desde Moscú y vestidos como campesinos que rebozaban de alegría y felicidad para decorar la fiesta imperial. Los extras y aplaudidores recibían muy buena paga, la emperatriz desbordaba felicidad y Potemkin no solo se erigió  en un político influyente sino en millonario de aquellos tiempos. Sin embargo, a nadie le importo que los campesinos fueran pobres de toda pobreza o que el imperio no tuviera futuro porque estaba corroído hasta los huesos, menos aún que Potemkin era un corrupto indolente. Cualquier paralelo o similitud con la política argentina del último tiempo queda abierta y a criterio del lector.

Uno de los pueblos al estilo Potemkin del oficialismo argentino fue el manejo de la pandemia generada por el Covid-19. Lo que fue lanzado con bombos y platillos y con la promesa de la imposibilidad del arribo del virus al país en el mes de enero por parte del ministro de salud y sus porristas varios en medios de comunicación adictos, continuó con erróneas e inexactas exposiciones presidenciales ridículamente comparadas con países del primer mundo que no duraron más que algunas horas hasta ser desmentidas con datos fehacientes por embajadores de los estados mencionados por el presidente argentino.

Así, una vez que el impulso inicial pasó y transcurridos los meses del encierro mas largo del mundo para los argentinos, las cifras, holgadamente superiores a 1.000.000 de contagios y al escándalo de haberse superado los 30.000 fallecimientos en todo el país, las autoridades dudan y la ciudadania perdió la confianza -con razon- en las estadisticas y las cifras dadas por el oficialismo. Por respuesta, no pocos científicos y profesionales de la salud cercanos al gobierno han dado un paso al costado indicando que no han sido escuchados y sus opiniones no fueron consideradas. Así, ese problema, como otros, va desapareciendo de varios medios de prensa que comunicaban los éxitos de “la victoria argentina” sobre otros países en el manejo de la pandemia.

Otras aldeas Potemkin del gobierno incluyen los procesos penales de la vicepresidente de la nación, quien inteligentemente y desde sus fueros ha logrado bloquear diversas causas judiciales y  juicios orales hasta el momento, por lo que continúa presidiendo el Senado de la nacional. El hecho es que ninguno de los casos mencionados hizo cambiar el rumbo del gobierno y demostró que no se deberían esperar cambios, menos aún cuando se hizo evidente el desprecio por la propiedad privada y hay claros indicios de presiones sobre las libertades por parte del poder judicial.

También la provincia de Buenos Aires muestra claramente una realidad donde Potemkin hubiera fracasado rotundamente: Usurpaciones, desastre humanitario y delitos contra la propiedad y la vida hubieran ridiculizado al gran propagandista de la zarina.

En materia de política internacional el modo Potemkin del gobierno de Alberto Fernández puso en marcha “el sonido del silencio”. Un estruendoso silencio se ha escuchado ante la brutalidad que incluye desapariciones y crimenes de venezolanos durante el régimen de su amigo Nicolás Maduro, aunque este haya cruzado todas las líneas rojas imaginables en materia de violaciones a los derechos humanos la dirección del gobierno argentino fue en sentido contrario a la verdad para proteger al genocida  caribeño. Aunque tuvo que volver sobre sus pasos luego de apoyar esa narco-dictadura en lo que configuro un ridículo de difícil retorno. 

La tragedia venezolana muestra sin lugar a dudas como se niega y arrebata al pueblo elementos democráticos esenciales como la libertad y el derecho a intervenir en asuntos fundamentales cuando un sistema político es manejado por un gobierno pretendidamente revolucionario.

Este antecedente es una constante a través de la historia donde el populismo de izquierda nunca pudo contener una crisis generada por políticas propias sin recurrir a la represión armada, tanto igual que las dictaduras de derechas. 
Maduro deberá rendir cuentas ante la Corte Penal Internacional, pero podría habérselas ingeniado para no terminar ante el mundo como lo que es, un fascista al timón de un narco-régimen responsable de la muerte de miles de personas inocentes que pretenden ejercer el natural derecho a peticionar y movilizarse desde el disenso. El gobierno argentino se puso de su lado por medio de acciones u omisiones de forma grosera y eligió  una vez mas el lado equivocado.

El populismo chavista fue sincero con sus postulados al mostrarse dispuesto a reprimir a sangre y fuego las demandas democráticas de estudiantes y trabajadores, apoyar esa conducta fue ignominioso para la Argentina, aunque luego el gobierno volviera sobre sus pasos. Pero todo eso se entiende en la medida que Argentina esta funcionando, si vale el termino, sin un canciller idóneo en el Palacio San Martín.

La última pero ya antigua estrategia argentina del modo Potemkin, y tal vez la más rutilante, ha sido el acuerdo con China, que supone una absurda entrega de soberanía sin saber hasta hoy qué darán los chinos a cambio o peor aún, para qué utilizarán el territorio argentino los militares chinos. Este acuerdo aún se mantiene de la gestion anterior del mismo gobierno actual.

Quienes gobiernan Argentina han impulsado estas cosas utilizando sus Potemkin en los tres poderes, y ahora manipulan y avanzan sobre el Poder Judicial en la busqueda de  impunidad ante numerosas investigaciones por corrupción.

Es difícil saber si el gobierno del presidente Fernandez se reformará positivamente para conducir el pais de forma diferente. Si lo no hace, el modo Potemkin de la vicepresidente no impedirá que ciudadanos y gran parte de la oposición intenten continúen marchando en su intento por salvar las instituciones democráticas y varios funcionarios se verán en problemas si pierden impunidad.

La política Potemkin, de la cual el peculiar funcionamiento de la democracia argentina se ha servido y con la que ha manipulado a la sociedad ha hecho del país un lugar mucho menos creíble y seguro y si algo ha mostrado políticamente es que el problema no esta en “la grieta” sino que radica en dos formas de vida institucional, social y moral que parecen irreconciliables dado el grotesco de la gestion. Los hechos recientes derivados de las inaceptables usurpaciones de propiedades y el conflicto con las tierras, sean privadas o publicas, está demostrando que la puesta en escena del estilo Potemkin está entrando en fase de derrumbe, igual que la Rusia zarista en su tiempo.

Lo concreto es que la derecha mesiánica como la izquierda totalitaria latinoamericana han pasado doscientos años podando la rama del árbol donde sus pueblos se sentaron. Hoy, con contadas excepciones, la mayoría de países latinoamericanos han caido al piso y lamentablemente no han caido sobre un lecho de rosas, sino en un pozo de cadenas y alambres de púas.

En nombre de todo lo que la democracias significa, en Argentina ha quedado demostrado que se esta muy lejos de ella en nombre de un código de valores muy cuestionable que descarto los lineamientos que hacen a una sociedad libre desde la eterna contradicción de la ideología de sus gobernantes, si es que alguna vez han tenido una. La posicion internacional de la Argentina actual derivo en una corriente incomprensible de apoyo a regímenes criminales en detrimento de los pueblos que padecen a los tiranos. Con ello, dieron por tierra para siempre con cualquier posición que esgrimieron en el pasado en materia de derechos humanos.

Al tiempo, se dice que todos los problemas creados por el capitalismo salvaje serán solucionados aumentando el número de esos mismos problemas. Pero lo que se ve es que el gobierno busca ampliar las ineficientes empresas estatales y que la inversión privada es asfixiada por el constante aumento de impuestos que se destinan a ineficaces subsidios con los que el gobierno conspira en forma directa contra la propia salud democrática de su sociedad civil.

En suma, la búsqueda de un consenso espurio es alarmante en toda América Latina no solo en Argentina. Lo notable y a la vez característico es que los gobiernos de estas fingidas gestiones democráticas se focalizan en imponer una escala de valores propia que obliga a la sociedad civil a aceptarlos en detrimento de sus propios e históricos valores.  Tales trastornos conceptuales han impactado toxicamente en Argentina, donde se aprecia absoluta confusión y las personas tienden a referirse vagamente a la democracia como si fuera algo más que un método para decidir quién ejercerá el poder. Así, se ha llegado a decir que la democracia es un fin en sí misma, que representa todo un sistema de vida e incluso un tipo especial de civilización, cuando en realidad no es ninguna de estas cosas con las que todavía se engaña a la ciudadania. 

Lo cierto es que la democracia no es más que un mecanismo que se encuentra sujeto a un gran número de modificaciones en situaciones diversas y un método para elegir y descartar gobiernos y gobernantes que, como se observa en Argentina, sería el peor sistema del mundo si no fuera porque existen otros peores.