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Lunes, 26 de octubre de 2020 |
ALEJANDRO A. TAGLIAVINI
El estrepitoso fracaso argentino es culpa de todos
Argentina se encuentra, literalmente, en caída libre. Semejante bajón es culpa de todos -lo que, por cierto, me incluye
Actualizado 15 octubre 2020 - 0:0  
Alejandro A. Tagliavini   

Esta semana los mercados globales se comportaron previsiblemente de modo que solo comentaré dos tips interesantes.

Debido al lento pero inevitable -con o sin “coronavirus”- fin de las represiones estatales sobre las personas, los metales industriales, en el año, ya se están revalorizando, con una subida de casi el 2% del índice Bloomberg Industrial Metal Index en 2020, gracias a la recuperación de casi el 30% desde los mínimos de marzo. Después de agosto -el mes más alcista para las materias primas desde abril de 2016- el aluminio, el cobre, el estaño, el níquel y el zinc están en positivo en el año, con subidas del 35%, 8,3%, 5,1%, 4,3% y 2,5%, respectivamente, y solo el plomo pierde un 7%.

Otro tip interesante para Argentina es que el ‘Amazon de las vacas’, la primera plataforma ‘online’ de compraventa de ganado de España iniciada el 20 de abril, VayaVaca, acaba de realizar la primera puja en tiempo real celebrada en el Recinto Ferial de Salamanca. El próximo paso es abrir este escaparate que pone en contacto a los dos extremos reduciendo a lo magro el gasto en intermediarios, incluso, permitiendo las compras desde el exterior.

Ahora vamos a la Argentina que se encuentra, literalmente, en caída libre. Semejante bajón es culpa de todos -lo que, por cierto, me incluye- ya que es imposible que venga de uno solo grupo porque debería, para ello, ser demasiado poderoso. Así que me centraré en las principales críticas al gobierno ya que, de este modo, comento ambos bandos.

Antes que nada, un rápido racconto de dónde estamos. El siguiente gráfico de Esteban Domecq es bastante claro y elocuente.

Y la descontrolada emisión monetaria.

La recuperación de la actividad industrial que, obviamente, se contrajo fuertemente al inicio de la cuarentena y que había comenzado a rebotar desde mayo, según el INDEC, en agosto tuvo una caída desestacionalizada respecto de julio del 0,9% y un nivel 7,1% menor al del mismo mes del 2019. Aun cuando en el octavo mes del año no ha habido nuevos retrocesos en el proceso de flexibilización de la cuarentena, por el contrario, la apertura de algunos rubros y la movilidad de las personas creció. Es decir, como lo vengo anticipando desde el principio, la represión de los mercados con la excusa de la “pandemia” tiene una inercia descontrolada.

En cuanto a la construcción, el ISAC tuvo una variación negativa del 1% en agosto con relación a julio y una profundización de la contracción interanual desde el 12,9% al 17,7%.

Bien, ahora centrémonos en la principal exigencia de los críticos al gobierno: bajar el gasto público. Y antes que nada voy a revelar el “secreto” de todo esto: la violencia siempre destruye, como ya lo sabían los filósofos griegos, i.e. Aristóteles, que la definían como aquello que pretende desviar al cosmos de su curso natural. Es decir, cualquier represión estatal -utilizando el monopolio de la violencia, su poder policial- es necesariamente destructivo.

En primer lugar, incoherentemente, muchos de los que hoy critican que el gasto se ha disparado están de acuerdo con la cuarentena o lo estaban y, ahora, cuando les toca pagar la fiesta, se desdicen y aparecen como furiosos “anti cuarentenistas”. Señores, la cuarentena cuesta mucho dinero y, siendo el Estado el responsable, no tiene otra alternativa que aumentar el gasto. Personalmente advertí, desde antes de que se instalara en Argentina de que era una pésima idea, porque semejante represión -violencia- sobre las libertades individuales solo traería más destrucción.

A tal punto las cuarentenas son malas que, hasta los burócratas proverbialmente ineficaces de la OMS -empezando por su jefe, un ex miembro del gobierno guerrillero marxista de Etiopía- han pedido a los gobiernos que dejen de utilizarla según reportan los medios como The Spectator. Pero no solo eso, la OMS se ha visto forzada a reconocer que el Covid 19 tiene el mismo índice de mortalidad que una temporada normal de gripe estacional.

Y, para remate final, mientras Suecia sin represión de las libertades reporta menos muertos por millón que Argentina, la siguiente filmina presentada por Alberto Fernández muestra el fracaso de la cuarentena. Luego de 200 días, los casos confirmados aumentan. Por cierto, los casos reales seguramente son muchísimos más ya que, normalmente, se contagian de gripe alrededor del 70% de la población, esto es unos 30 M de argentinos y la enorme mayoría ni se entera.

De modo que, lo primero para bajar el gasto, es terminar de manera total e inmediata toda restricción al derecho humano de la libertad personal, y del mercado en general.

Luego ¿es contraproducente o, por el contrario, como dice el keynesianismo el gasto estatal -eventualmente la emisión monetaria del gobierno- estimula la demanda de bienes y servicios y así, en un círculo virtuoso, aumenta la producción eventualmente absorbiendo oferta monetaria, evitando la inflación (sobreoferta)? Pues esta respuesta se contesta con lo que dije al principio: lo que destruye es la violencia, no otra cosa.

En el año 2003, el gasto del sector público consolidado alcanzaba el 22,7% del PBI. Trece años después, en 2016, llegó a un récord de 41,5%, subiendo como no lo había hecho en casi ninguna economía del planeta y desde entonces ya se disparó tipo SpaceX. El error de los críticos del gobierno consiste en creer que el estado solo puede utilizar tres formas para solventar el gasto público: deuda, emisión y recaudación impositiva. Claro, en estos tres casos sí se utiliza la fuerza policial del Estado con la que se recaudan los impuestos, se impone el curso forzoso de la moneda que se emite y, finalmente, se toma deuda precisamente garantizada por el cobro coactivo de impuestos. Y estos métodos así son destructivos.

La tremenda emisión monetaria que vimos en el gráfico tampoco sería un problema si la economía creciera al ritmo necesario para absorber esa masa monetaria. Pero como el PBI no crece, ese exceso de pesos es inflación, es desvalorización del peso, se vuelca a la compra de dólares. La carga impositiva es tal que un trabajador promedio destina más de 200 días al año para pagarla. Y esto destruye porque es dinero coactivamente retirado del trabajador, lo que se traduce en ineficiencia desde que la eficiencia es definida por cada persona, ya que es el servicio más adecuado a la necesidad de cada individuo, en cada circunstancia.

Por cierto, si bien la famosa curva de Laffer no es tan acertada, no es menos verdad que a, menor presión fiscal -menos violencia sobre el mercado- más crece la economía y por tanto mayor es la recaudación. En cuanto al endeudamiento estatal, en principio, provoca una suba de tasas dificultando crédito para el sector productivo.

Pero no es cierto que estos tres sean los únicos métodos de financiar el gasto público, por tanto, no es cierta la relación directa entre aumento del gasto público y caída del PBI. Eventualmente, por caso, el Estado podría vender parte de las casi infinitas propiedades que posee -no solo edificios en ruinas como la imponente residencia de Mansilla en Belgrano, sino hasta toda la costa marina, pasando por empresas y mucho más- y con lo recaudado solventar ese gasto. Y esto, por el contrario, sería reactivador desde que propiedades inutilizadas o ineficientemente manejadas pasarían a contribuir al crecimiento del PBI. 

Otra propuesta que suele hacer la crítica opositora es la de echar a empleados públicos. Pero hacerlo hoy es contraproducente porque, dado que la oferta y demanda de mano de obra está encorsetada por leyes laborales, esto produciría un desempleo fenomenal que, entre otras cosas, potenciaría el delito. De modo que, primero, hay que desregular el mercado laboral para que se produzca plena ocupación, al principio con salarios muy bajos -mejor que nada- y, entonces, habrá que desregular completamente el panorama empresario y de inversiones de modo que crezcan, demanden más mano de obra y así aumenten las remuneraciones.

Y, por cierto, este es el modo de combatir el delito: provocando plena ocupación y salarios dignos y no con más represión policial que, por el contrario -otra incoherencia de la oposición- aumenta el gasto estatal.

Ahora, desregular el mercado laboral es políticamente imposible porque los gremios se opondrían y tienen mucha fuerza represiva a partir del Estado que se las garantiza: por ejemplo, obligando a todos los trabajadores, incluso a los no afiliados, a aportar dinero a los sindicatos. De modo que, el primerísimo acto de gobierno, que la oposición ni siquiera tiene en cuenta, es la desregulación total de la actividad sindical de manera que existan todos los sindicatos que quieran, o no, los trabajadores y que aporten, o no, a los que prefieran.

Y, finalmente hay que terminar definitivamente con organismos burocráticos internacionales como el FMI, tan queridos por el establishment precisamente porque hacen grandes negocios, que, al contrario de lo que la opinión pública cree son estatistas. Por caso, como reporta Daniel Sticco, el último informe Monitor Fiscal del FMI destaca el rol de la inversión estatal para recuperar el PBI y el empleo: “aumentar el gasto público… podría ayudar a reactivar la actividad económica tras el derrumbamiento de la economía mundial más brusco y profundo de la historia contemporánea”.

 

*Senior Advisor, The Cedar Portfolio 

@alextagliavini

www.alejandrotagliavini.com