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Sábado, 26 de septiembre de 2020 |
Byung-Chul Han defiende los ritos
La publicación de cada nuevo ensayo de Byung-Chul Han (Seúl, 1959) despierta un inmediato interés mundial. Nueva Revista ha analizado a fondo su pensamiento. El filósofo dispone de un finísimo sismógrafo social que detecta los problemas de la actualidad. En "La desaparición de los rituales" (Herder, 2020) constata un fenómeno en apariencia menor… del que extrae importantes consecuencias.
Actualizado 6 agosto 2020 - 0:0  
Enrique García-Máiquez   
La habilidad del filósofo surcoreano para percibir las distorsiones de la actualidad se puede percibir con el hecho de que su libro haya precedido a la polémica sobre el ritual del acto de homenaje de Estado a las víctimas del COVID, celebrado en Madrid el 16 de julio. Buena parte de la problemática de fondo de aquel acto ya se estudia en este libro. Así, la fuerte carestía de lo simbólico que sufre el mundo actual, la dificultad de fundamentación profunda de sus ritos y la dificultad de crear ritos ex novo, porque los rituales tienen un componente esencial en la obediencia a una tradición heredada.

De que no estamos ante un tema menor, nos convence Han en las breves páginas de su ensayo, construido con frases concisas, casi aforismos, lo que termina otorgando una coherente solemnidad a su propio estilo. Tras constatar el peligro de extinción de los rituales, expone tres grandes razones por las cuales su desaparición es una gravísima pérdida antropológica.

UNA PROTECCIÓN CONTRA EL PASO DEL TIEMPO 

Para empezar, los ritos hacen que el tiempo no se precipite. Esto es, nos liberan de la tiranía de lo contingente. Es una idea que había explicado ya C. S. Lewis. De una manera similar a las estaciones (y muchas veces coordinada con ellas), los rituales son diques de contención para el fluir continuo y anodino del tiempo.

De alguna manera, lo canalizan. Y el referente de la tradición, lo refrena y domestica.  En el libro, se cita a Kierkegaard: «Solamente se cansa uno de lo nuevo, pero no de las cosas antiguas» […] Lo antiguo es el pan de cada día, que sacia de bendición»

UN SALUDABLE OLVIDO DEL YO 

Añade una segunda razón: «Quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo». Teniendo en cuenta que, para Han, la inflación del ego es uno de los más graves problemas contemporáneos, se deduce con facilidad el valor terapéutico que podrían tener los ritos, olvidados justo cuando más falta hacen.

Incluso, añade, podrían aliviar los trastornos de la atención, en buena medida fomentados por las interferencias continuas del yo efervescente. Recurriendo a la etimología, sugiere que «no es casualidad que la palabra “religión” proceda de relegere, fijar la atención […] Según Malebranche, “la atención es la oración natural del alma”». No es la única enfermedad de nuestro tiempo que el ritual contribuiría a prevenir: también la depresión. En cuanto que «se basa en una referencia hiperbólica a sí mismo».

Byung-Chul Han lo tiene claro: «Los rituales, por el contrario, exoneran al yo de la carga de sí mismo. Vacían el yo de psicología y de interioridad».

El filósofo ofrece una esperanza en la posibilidad de recuperar la lectura en profundidad para llegar de nuevo a la valoración del tiempo, de la tradición, de los ritos y de la soberanía de la persona.

Otros ritos menores, como las costumbres sociales o las buenas maneras también contribuyen a que el yo pase, al menos, a un segundo plano. Imponen un «usted, primero», como mínimo.

Aunque la idea tiene ilustres precedentes (Pascal o Eugenio d’Ors), recoge una cita del filósofo francés Alain que explica los efectos casi mágicos de las normas de urbanidad: «Los gestos de cortesía ejercen gran poder sobre nuestros pensamientos, y es un remedio tanto para el mal humor como para los dolores estomacales si se simula amabilidad, benevolencia y alegría: los movimientos necesarios para ello —reverencias y sonrisas— tienen de bueno que hacen imposibles los movimientos opuestos de cólera, desconfianza y tristeza. Por eso gustan tanto los eventos sociales: dan ocasión de simular la felicidad. Y esta comedia nos salva sin duda de la tragedia, lo cual no es poco».

Byung-Chul Han detecta una paradoja. La falta de formalidad no deviene en una mayor comodidad o relajación del trato o tolerancia. Cuanto más descortés es una sociedad, más moralizante se vuelve. Si se relajan las formas, se tensan los fondos, y no ganamos más libertad ni respeto mutuo, como salta a la vista.

LA DIMENSIÓN SOCIOLABORAL

La tercera razón a favor de los rituales es que interrumpen la insaciable voracidad del capitalismo, «al que no le gusta la calma» ni lo sagrado. El rito es un enemigo acérrimo de todos aquellos procesos productivos que priorizan la utilidad. Se llama la atención sobre el fenómeno imparable del datismo, que «también se encuadra en esa dinámica deshumanizadora y productiva. El hombre abdica como productor de saber y entrega su soberanía a los datos». Pero va mucho más allá. Llega incluso a la guerra y al amor. La brutal irrupción de la técnica y de las exigencias «productivas» en los ejércitos ha exigido que los militares sean más soldados (por el sueldo) que guerreros (por la lucha y la honra). Los efectos pueden resumirse en el aumento exponencial de la crueldad de los conflictos bélicos.

La búsqueda de la productividad también alcanza y adultera el amor, explica Han citando al G. Bataille de La felicidad, el erotismo y la literatura. Cuando el amor se desnuda del rito (del cortejo, de las formas y el pudor) y sólo busca «su productividad» terminamos dejando atrás la seducción y el erotismo y dando de lleno en la pornografía, una de las preocupaciones constantes del pensador surcoreano.

El rito es un enemigo acérrimo de todos aquellos procesos productivos que priorizan la utilidad, defiende Byung-Chul Han en su último libro

El utilitarismo amenaza la soberanía del alma humana en cuanto que pone, por encima de ésta, las preocupaciones por la eficiencia de la productividad y el consumo infinitos. Los ritos, por el contrario, conllevan no estar sometido a una necesidad ni subordinado a un objetivo ni a una utilidad. Es el privilegio del juego, por ejemplo, cuando no se profesionaliza, sino que se convierte en una actividad gozosa que se recrea en sus propias reglas autónomas.

UN ATISBO DE ESPERANZA 

Aunque el tono del ensayo es de lamento por la desaparición casi irremediable de los rituales, hay dos asideros de esperanza. El primero, que el filósofo no pierde jamás de vista su importancia e incluso su indispensabilidad. No se resigna. Los rituales tejen una imprescindible red de protección de la naturaleza humana, como explica la cita de H. Rosa (Resonanz. Berlín, 2016) que recoge: «Crean ejes de resonancia que se establecen socioculturalmente, a lo largo de los cuales se pueden experimentar relaciones de resonancia verticales (con los dioses, con el cosmos, con el tiempo y con la eternidad), horizontales (en la comunidad social) y diagonales (referitadas a las cosas)».

El segundo asidero es la coincidencia con François-Xavier Bellamy en hacer un llamamiento a la recuperación de la literatura y, en concreto, de la poesía. Byung-Chul Han asocia, con una fina intuición, esa pérdida a la desaparición de los rituales. Pero como el camino de ida es también el camino de vuelta, nos ofrece una esperanza —al igual que Bellamy, aunque más sutilmente— en la posibilidad de recuperar la lectura en profundidad para llegar de nuevo a la valoración del tiempo, de la tradición, de los ritos y de la soberanía de la persona.

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