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Jueves, 20 de febrero de 2020 |
ALBERTO MEDINA MÉNDEZ
Un país que gira en círculos
Argentina no encuentra el rumbo. Esta inagotable secuencia de errores tiene décadas y parece no encontrar una ruta que permita iniciar el recorrido del camino del éxito sostenido.
Actualizado 13 febrero 2020 - 0:0  
Alberto Medina Méndez   
 Algunos fatalistas prefieren utilizar lugares comunes resignándose mansamente. Creen que lo que sucede es irreversible, que el destino hace de las suyas y que esta sociedad esta condenada al estancamiento eterno.
 
Se trata de una simplificación funcional al pesimismo crónico pero que también aspira a evitar enfocarse en lo necesario para salir de este circulo vicioso que se viene repitiendo y que describe buena parte del presente.
 
Este país supo ser un faro en un contexto mundial complejo. Mal que le pese a los detractores de la Constitución Nacional, aquello acaeció bajo aquel paraguas institucional con el que se sentaron las bases del desarrollo.
 
Algunas referencias estadísticas ubican a esta república como la líder indiscutible del siglo XIX y otros mas prudentes no dudan en mencionarlo como uno de los paraísos de la tierra a comienzos de la centuria pasada.
 
Lo concreto es que durante aquel período fue una de las áreas más elegidas por quienes emigraban huyendo de su patria, esos que abandonaban sus raíces expulsados por las guerras, el hambre y las persecuciones religiosas.
 
Australia, Estados Unidos y Argentina conformaban esa triada privilegiada de ámbitos ideales que se ofrecían a todos aquellos que escapando de las calamidades pretendían empezar genuinamente una nueva vida.
 
Ese fabuloso fenómeno explica, en buena medida, la cantidad de extranjeros que llegaron a estas tierras a lo largo de mas de 50 años de historia y que poblaron rápidamente este oasis repleto de oportunidades.
 
Es vital tomar nota de esa etapa floreciente para no perder dimensión de los acontecimientos, ni caer en la trampa de adoptar la postura de asumirse como víctima, comprendiendo que lo que hoy ocurre no es una maldición sino la consecuencia de una interminable nómina de malas decisiones.
 
No vale la pena entrar en la infructuosa controversia respecto de cual fue el momento exacto en el que se interrumpió esa dinámica positiva que permitió convertirse en una incuestionable referencia planetaria.
 
Lo trascedente es intentar entender que desde hace demasiado tiempo el país dejo de ser un modelo. Retrocede en muchos aspectos sin toparse con un límite y en otros zigzaguea mejorando o replegándose por temporadas.
 
En ciertas aristas el deterioro es progresivo, evidente e indisimulable. En materia de educación, de valores o de indicadores económicos en general no existe siquiera margen alguno para deliberar al respecto.
 
La globalización hizo su labor y la gente progresó en todos aquellos tópicos propios de la inevitable modernidad. La tecnología, la ciencia y la medicina casi no tienen fronteras que la detengan y los beneficios de sus avances logran ingresar a pesar de los delirios de los pésimos gobernantes de turno.
 
El problema de fondo es que mientras otras naciones han prosperado, esta bendita nación deambula sin definir su derrotero. Antes las comparaciones se hacían con los países desarrollados y el contraste era siempre justificable apelando a superficiales argumentos culturales, religiosos y hasta étnicos.
 
Hoy solo resta mirar alrededor para confirmar que esa lógica es falaz y que los vecinos continentales derribaron las leyendas dejando sin excusas a esos que esgrimían cualquier explicación para no detenerse a analizar las inocultables equivocaciones propias.
 
Habrá que dejar de simular distracciones y ponerse manos a la obra. Esta foto triste que muestra a una sociedad que pudo ser mejor y no lo es, que supo brillar y luego decayó, tiene responsables directos e indirectos.
 
Una clase dirigente mediocre e inescrupulosa, sin estadistas, ha construido una alianza con una ciudadanía cómplice e hipócrita que no se hace cargo de nada y que niega sus responsabilidades. Esa combinación ha sido letal.
 
Con luces y sombras, con variados matices, decenas de gobiernos de un color partidario y de otro, civiles y militares, democráticos y autoritarios, republicanos y tiránicos, se han dedicado a girar en círculos sin sentido.
 
El mundo ha evolucionado en diferentes temáticas y hoy puede exhibir diversos adelantos mientras esta nación dirime su norte en intrincadas discusiones y retorcidos planteos que no conducen a ningún sitio.
 
Muchas comunidades han resuelto miles de dilemas. Se podrá opinar sobre si lo han hecho adecuadamente o no, pero nadie podrá criticarles que se ocuparon vehementemente para lograr un consenso esencial.
 
Argentina no solo no ha prosperado, sino que ni siquiera se ha dedicado a iniciar un imprescindible proceso de civilizado intercambio de ideas que permita alcanzar ciertos básicos denominadores comunes para arrancar.
 
No solo ya no se crece, sino que ahora muchos han perdido completamente la esperanza y buscan entonces nuevos horizontes fronteras afuera. Ya no pretenden buscar un futuro mejor, sino que ahora hablan de irse donde sea.
 
Algunos intentarán quedarse con el vaso medio lleno y destacarán las múltiples virtudes que identifican. No es preciso negarlas ni minimizarlas, pero habrá que ser menos piadosos con las elocuentes debilidades y ocuparse de ellas con menos condescendencia y mayor seriedad.
 
Hay mucho por hacer, pero eso seguirá siendo una ilusión si no aparece primero una autocrítica profunda que permita ya no, buscar culpables, sino diagnosticar los yerros cometidos y diseñar el sendero de la reconstrucción.
 
Muchas pistas orientan y están disponibles. Cientos de naciones lo han hecho y lo intentan a diario. En la historia se pueden observar buenas prácticas que muestran que hacer y como hacerlo. Es cuestión de despojarse de prejuicios y olvidarse para siempre de las recetas mágicas.
 
 
 
Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Twitter: @amedinamendez