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Jueves, 20 de febrero de 2020 |
EMILIO J. CÁRDENAS
Una de las causas fundamentales de la larga decadencia argentina, la expoliación del campo, vuelve a ser utilizada
" ...un nuevo gobierno peronista,... ha vuelto a aumentar -arbitrariamente y por sorpresa- la enorme presión fiscal que ya pesaba sobre el campo argentino".
Actualizado 12 febrero 2020 - 12:54  
Emilio J. Cárdenas   
Desde estas mismas columnas hemos sostenido que una de las causas fundamentales de la larga decadencia argentina cuando, en su desgraciada involución histórica, se la compara con lo sucedido en otros países, como Australia, Canadá o Nueva Zelanda, ha sido la constante propensión del peronismo a asfixiar al sector agropecuario, hasta dejarlo exhausto. 

Esto se ha hecho a la vista de todos y de distintos modos, sea mediante una presión impositiva letal, sea por el congelamiento de los arrendamientos rurales o por otros mecanismos de efectos negativos similares que han apuntado siempre a que el resto de la sociedad se “cuelgue” efectivamente del campo y viva de su esfuerzo. Algunos, quizás, no han advertido aún el gigantesco impacto adverso que esta actitud ha históricamente tenido sobre el país, atrasándolo respecto del resto de las naciones.

Para los que dudan frente a esa afirmación, basta observar lo que acaba de suceder cuando un nuevo gobierno peronista, liderado esa vez por un hombre que aparentemente no tiene los atributos requeridos para el alto cargo público en el que se ha instalado a través de las urnas, ha vuelto a aumentar -arbitrariamente y por sorpresa- la enorme presión fiscal que ya pesaba sobre el campo argentino.

Esto ha ocurrido por tres vías principales. Un aumento de los impuestos a la exportación de productos rurales (llamado eufemísticamente “retenciones”), sumado a la fuerte alza simultánea de los impuestos inmobiliarios y de las tasas viales (esto es, el impuesto al tránsito y al transporte de la carne y de las cosechas).

Un agricultor cualquiera de trigo, ahora –créase o no- paga impuestos equivalentes al 94% del resultado de su explotación. Lo que es letal, por cierto. Eso es, simplemente, haber decidió confiscarle sustancialmente la renta de su esfuerzo productivo, sin correr los múltiples riesgos que son siempre los propios de las explotaciones rurales, que quedan íntegramente en cabeza del productor. Esto supone quitarle todo incentivo para seguir produciendo. Un intempestivo robo, en una sola palabra. Uno más.

Extemporáneo, por lo demás, o sea generado luego de que los productores ya habían sembrado, razón por la cual el resultado que habían previsto se les evaporó, desde que ahora sobre su renta esperada ya no paga impuestos del orden del 87%, sino del orden del 94%. Lo que no se conoce en el exterior como realidad que es responsable del gran deterioro de la economía argentina y de su calidad de vida.
Estamos frente a una clara confiscación disfrazada y a una decisión que constantemente posterga al sector más productivo -y moderno- de la economía argentina, en su conjunto. Casi con saña.

En lugar de promoverlo, se lo castiga. El mundo al revés, obviamente. Y un país al que nuevamente se le ha impuesto la “marcha atrás”. La regresión es bien evidente. Y conforma una estrategia que ha sido suicida.

Mientras tanto, algunos argentinos siguen cantando emotivamente una conocida -y resentida- melodía folclórica, cuya letra entre otras cosas afirma, con un buen grado de resentimiento, que “las vaquitas son ajenas”, sin aclarar siquiera que los terneros que ellas producen son sistemáticamente confiscados a sus dueños por parte del Estado en sus distintas y múltiples “personalidades”, en una sociedad que vive literalmente “colgada” del campo. Sin preocuparse siquiera por que ésa sea, en rigor, una de las causas centrales de la siempre comentada e inocultable decadencia económico-social de la República Argentina de las últimas décadas.
 

(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.