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Jueves, 2 de abril de 2020 |
EMILIO J. CÁRDENAS
Sergueï Lavrov, el eterno canciller ruso
Lavrov es claramente un grande en su propia profesión. Cuya labor pública personal es siempre un ejemplo para todos los jóvenes diplomáticos de todo el mundo.
Actualizado 11 febrero 2020 - 0:0  
Emilio J. Cárdenas   
Entre las experiencias notables que me ha dado la vida, me tocó en suerte representar a mi país en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por espacio de dos enormemente enriquecedores años. Lo hice con esfuerzo y pasión. Dando siempre lo mejor de mí y sacando provecho de esa oportunidad valiosísima.

Allí conocí a colegas procedentes de otros países, de enorme nivel. Entre ellos, a una mujer norteamericana de gran fuste: Madeleine Albright, con la que trabé una rápida amistad, y a un funcionario ruso cuya envergadura personal ha crecido constantemente desde entonces, sin pausa: Sergueï Lavrov, un hombre también excepcional, que aún sigue prestando importantes servicios en la diplomacia rusa. Ahora lo hace como Canciller de su país; esto es como la primera cabeza de la misma. En esta breve nota voy a referirme a Lavrov, solamente. Con mucha admiración, reconozco. Merecida, por lo demás.

Lavrov, perteneciente a una familia de origen armenio, procedente de Tbilisi. Nació en Moscú, en 1950. Tiene 70 años, en consecuencia. Alto, de gesto duro, elegante y muy bien educado, Lavrov es, además, una persona cálida y un buen amigo. Sabe reducir fácilmente las distancias y generar confianza. Es enérgico, pero también generoso y agradecido. A cada paso muestra un perfil profesional de excepción, por su evidente altísima calidad.

Se desempeña como Canciller ruso desde el año 2004. Hace, entonces, nada menos que dieciséis años seguidos. Para tener en cuenta por lo que, medido en términos de experiencia, ello supone. Pero proyecta la sensación de haber estado siempre ubicado en lo más alto del servicio exterior ruso, al que considera y venera, con razón.

Acostumbrado a transitar las candilejas y palacios del mundo, Lavrov, pese a ser un hombre acostumbrado al cemento, ama -muy intensamente- el aire libre. Goza particularmente de la posibilidad de flotar en balsas de madera por los ríos siberianos de aguas blancas, con sus amigos personales, envuelto constantemente por la imponente naturaleza virgen que, en su curso, ellos atraviesan. Los paisajes están entre los más atractivos del mundo.

Y, en su momento, cuando trabajamos juntos en Naciones Unidas, Lavrov no jugaba nada mal al fútbol.

De rostro adusto, deja ver que, detrás de él hay un corazón tan activo, como enorme. Prueba de esto ha sido su reciente profunda emoción, televisada al mundo, durante el acto que, en Israel, recordó la tragedia que vivieron los habitantes de San Petersburgo durante la Segunda Guerra Mundial cuando el sitio nazi de la ciudad, durante el cual llegaron a cocinar las tapas de los libros encuadernados en cuero para dar algún gusto al agua caliente que tomaban, como si fuera una sopa. Lavrov elimina distancias con gran facilidad en todo lo que tiene que ver con el trato personal. Y sabe, además, hacerse respetar, cuando ello es necesario.

Es un diplomático nato. Astuto. Cortés. Dotado de un sereno entusiasmo por lo que hace. Que actúa sin pompa, ni pedantería. Con natural sencillez y ponderable prudencia. Que casi no comete errores y conoce no sólo el valor de las palabras, sino también el de los silencios y de las distancias, política que administra sutilmente, aunque con verdadera maestría.

No es proclive a los debates ideológicos y se mueve con un sentido práctico absolutamente admirable. Y su vida privada ocupa un discreto y respetuoso rincón en su vida, que generalmente no abre fácilmente a los demás, manteniéndola casi en total reserva.

Viaja incansablemente, recorriendo el mundo y prácticamente conoce bastante bien a todos los principales actores de la diplomacia internacional. Lo que es una ventaja enorme, que ciertamente facilita su trabajo y aumenta su eficacia. Ha sido contraparte de nada menos que seis distintos Secretarios de Estado norteamericanos.

Vladimir Putin es y ha sido, indudablemente, uno de sus principales sostenes. Y parece seguirlo siendo. Porque tiene claro que Lavrov es un soldado auténticamente incondicional de su país. Y brillante.

Sabe proyectar y defender la influencia y el poder de la Federación Rusa en el escenario del mundo. Como el mejor, por cierto. Es el pilar fundamental de la ejecución de la política exterior rusa. Su voz es la del Kremlin. En todos los temas: Crimea, Ucrania, Occidente, China, Venezuela o Irán, etc.

Lavrov es claramente un grande en su propia profesión. Cuya labor pública personal es siempre un ejemplo para todos los jóvenes diplomáticos de todo el mundo.
 


(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.