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Lunes, 30 de marzo de 2020 |
Historia del silencio, del Renacimiento a nuestros días
Se publica en español "Historia del silencio" de Alain Corbin, una aproximación sin pretensiones de exhaustividad sobre cómo algunos autores abordan el silencio a través de una selección de resonancias, conexiones y evocaciones. El resultado es un ensayo donde se mezclan Rilke, Conrad, San Juan de la Cruz o Zola.
Actualizado 11 enero 2020 - 0:0  
Aurora Pimentel   

Alain Corbin (Lonlay-l’Abbaye, 1936) es historiador, profesor emérito de la Sorbona y estudioso de lo que se conoce como historia de las sensibilidades. De los más de veinte títulos que, como autor o coautor, ha escrito, dos han sido traducidos al español: Historia del cuerpo (Taurus, 2005) e Historia del cristianismo (Ariel, 2007), del que fue coordinador.

Ha abordado, entre otros temas, la virilidad, la prostitución, el paisaje, la playa, el cielo, el mar y, más recientemente, el árbol, desde esa historia de las sensibilidades, del modo de ver, mirar y pensar en distintas épocas a través del testimonio que literatura, ensayo y otros documentos revelan. Se publica ahora en español Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días (El Acantilado), una aproximación sin pretensiones de exhaustividad o sistematización, sobre cómo algunos autores abordan el silencio a través de unas cuantas catas, una selección de resonancias o ecos, conexiones y evocaciones.

Corbin asigna pasajes de novelas, personajes, situaciones o textos a ocho modos de mirar el silencio

Corbin asigna pasajes de novelas, personajes, situaciones o textos a ocho modos de mirar el silencio o considerarlo, que constituyen los capítulos del libro: el silencio y la intimidad de los lugares; el silencio de la naturaleza; las búsquedas del silencio; los aprendizajes y disciplinas del silencio; la palabra del silencio; las tácticas del silencio o el arte de callar; de los silencios del amor al silencio del odio; y, por último, lo trágico del silencio. Como interludio, un capítulo sobre José y Nazaret o el absoluto silencio, que es el más breve de todos, apenas página y media, con una referencia a Charles de Foucauld, padre de la llamada espiritualidad del desierto.

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El libro tiene mucho de pictórico ya desde su inicio, al evocar el silencio en el ámbito del hogar, esos silencios de los cuadros de Edward Hopper y tantos; pero también esos otros en textos de Rilke, Proust, Bernanos, Victor Hugo, Zola o Huysmans, por citar algunos. Hay un discurso silencioso de las cosas y silencios propios de algunas estancias —un salón, una buhardilla— o de las casas de campo. También, fuera del ámbito doméstico, hay silen- cios y silencio en las salas de mapas o, por ejemplo, en las iglesias y claustros, en las catedrales, auténticos monumentos del silencio.

La naturaleza es otro ámbito para el silencio, ya sea el bosque de Henry Thoreau y Robert Walser o las montañas de John Muir, el desierto de Saint-Exupéry o el mar de Conrad y Camus. Hay silencio en la noche y otro silencio diferente tras la nevada. Paisajes también de resonancias silenciosas son el campo y las pequeñas ciudades de provincia, las ciudades episcopales de Balzac, las ruinas de Chateaubriand y, por supuesto, el desierto.

Las búsquedas de silencio impregnan toda la historia humana, son una necesidad que desborda la esfera de lo sagrado y religioso, según Corbin. El silencio es considerado condición necesaria de toda relación con Dios, y la lucha contra la distracción algo ligado directamente al silencio. En este ámbito, se cita La oración de silencio, de Baltasar Álvarez, y su «cuadro interior silencioso», al dominico Luis de Granada, a Carlos Borromeo, Ignacio de Loyola y Felipe Neri. Se detiene Corbin en el abate de Rancé, el reformador de la Trapa, y en Bossuet y ese triple silencio que predicaba: el de la regla, el de la prudencia y el de la paciencia. El silencio está relacionado con las vanidades, cuadros que expresan un duelo anticipado y también tema de meditación que, según el abate de Rancé, permite medir mejor cotidianamente el transcurso de los días, anticipa el silencio de la tumba y prepara para la eternidad. También el silencio es el desierto espiritual de san Juan de la Cruz y de los padres del desierto de la tradición ortodoxa.

El silencio no es una obviedad, se debe aprender y ejercitar. «No podemos formarnos una idea exacta del que nunca calló», escribió Maeterlinck. El mandato de guardar silencio concierne a lugares como iglesias, colegios, ejército, también a determinadas circunstancias de cortesía. Diversos autores en el siglo XVII  dedican tratados al arte de la conversación, del que forma parte, también, saber callar. Según Margaret Parry, otra estudiosa del silencio, «si queremos alcanzar una vida auténtica, es indispensable fundar un monasterio de silencio en nosotros mismos».

Corbin recuerda que la palabra ha surgido de la plenitud del silencio y «esta le confiere su legitimidad», como escribe Gabriel Marcel. «No hablamos sino a las horas que no vivimos (…) y la vida verdadera, la única que deja alguna huella, no está hecha sino de silencio», dice Maeterlinck en El tesoro de los humildes. La lengua del alma es el silencio, concluye Corbin. El silencio no es la pérdida de la palabra, sino la retirada de esta a su lugar más original, más resonante, escribe Marc Fumaroli en L’école du silence. Le sentiment des images au xvii siècle.

En el amor hay más silencio que palabra, afirma el suizo Max Picard, cuyo libro Die Welt des Schweigens (El mundo del silencio), escrito en 1948, es uno de los más citados en esta Historia del silencio. Sin embargo, hay amistades cuyo principal nexo de unión es no saber estar callados. Para Pascal Quignard, solo el silencio permite contemplar al otro. En todo caso, el silencio puede ser también signo de destrucción del amor, resultado de esos odios lentos alimentados de rencores y alejamientos de quienes conviven y algún día se amaron.

Hay un silencio que anuncia la muerte, también otro antes de estallar la batalla o en la caza, y uno diferente en la enfermedad y los enfermos. «Parece que el silencio, expulsado de todas partes, haya ido a esconderse en los enfermos; vive en ellos como en las catacumbas», escribía Picard, y recoge Corbin.

El libro de Corbin es como esos amigos buenos y amables que te presentan a sus propias amistades, amigos que pueden acabar siendo tuyos, algunos te eran desconocidos, con otros habías coincidido algún tiempo atrás. Más allá de las lecturas clásicas que Corbin menciona a las que volver o ser presentados, este libro se nutre también de quienes han estudiado el silencio, entre los que cabe des- tacar a Picard o Fumaroli, así como el libro Le silence en littérature. De Mauriac à Houellebecq, y de textos reunidos por Françoise Hanus y Nina Nazarova, otra de las referencias habituales en esta Historia del silencio.

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