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Domingo, 8 de diciembre de 2019 |
EMILIO J. CÁRDENAS
Bolivia: las mentiras sepultaron políticamente a Evo Morales
Nuestra región está envuelta en la fragilidad. Como muy pocas veces en la historia. Con algunos, pocos, rincones de serenidad política.
Actualizado 11 noviembre 2019 - 0:0  
Emilio J. Cárdenas   

Hasta Brasil está profundamente conmovido desde la reciente liberación del ex presidente Lula, preso por corrupción quien, al minuto mismo de salir de la cárcel, embistió -de lleno e instantáneamente- contra el actual gobierno constitucional. En procura seguramente de comenzar unificar a la izquierda de cara a las elecciones presidenciales de 2022, cargando duramente contra el presidente Jair Bolsonaro y sus ministros de economía y de justicia, Pablo Guedes y Sergio Moro, respectivamente.
 
Lula, que fuera presidente de Brasil desde el 2003 al 2010, período del que emergió con una aprobación popular del orden del 80%, estuvo detenido desde abril de 2018 hasta hace muy pocas horas. Por corrupción, ciertamente.
 
El fallo que lo liberó no lo declaró, para nada, inocente. Sólo cambió, por muy escaso margen, es decir por seis votos contra cinco, la jurisprudencia que establecía que con una condena en contra, confirmada en una sola instancia de apelación, se imponía la prisión preventiva. De ahora en más, mientras la sentencia penal condenatoria no esté firme, es decir mientras que ella pueda ser apelada de alguna manera, no cabe la prisión preventiva. Lo que es muy distinto, por cierto.
 
Pero lo antedicho nada tiene que ver con el fondo mismo del asunto, es decir con la corrupción de la que en su momento se acusara a Lula de haber recibido ilegalmente una coima; esto es, el uso personal de un inmueble importante, a cambio de generar contratos en el particular ámbito de Petrobrás. 
 
Por esto sus enemigos políticos dicen ahora que Lula no está preso, pero que, sin embargo, es culpable. Lula, recordemos, no puede ser nuevamente elegido como presidente de su país hasta el año 2025. Y es un luchador que pudo salir de la pobreza, pese a haber aprendido a leer cuando tenía ya 10 años.
 
En paralelo, uno de los principales adalides políticos bolivarianos, Evo Morales, acaba de tener que renunciar -forzado por las circunstancias- a la presidencia de Bolivia.
Lo hizo en medio del caos, generando así un impresionante y peligroso “vacío de poder” en el país del altiplano. Evo Morales, había previamente convocado a sus “bases” (eufemismo utilizado desaprensivamente para referirse así a sus peligrosas “fuerzas de choque”) a tomar las calles de sus país.
 
Lo hizo pese a tener a la policía nacional auto-acuartelada, en situación de “paro indefinido” desde el 23 de octubre pasado. De brazos caídos, entonces.
 
Y con el ejército sugiriéndole -sin rodeos- la necesidad de renunciar para así poder comenzar a “pacificar” al país, cuya sociedad no estaba dispuesta a tolerar ser víctima de un escandaloso fraude electoral, denunciado -sin mayores vueltas- por la propia auditoría especializada que fuera rápidamente convocada, quedando a cargo de la propia Organización de Estados Americanos (OEA).
 
El mandatario boliviano, líder de los aimaras, y su vice-presidente e ideólogo, Álvaro García Linera, ya han dejado el poder. La mentira tuvo patas cortas. Y su pueblo, como era de suponer, no toleró ser abiertamente estafadoen el tardío recuento de los votos depositados en las urnas.
 
Previsiblemente ahora reemplazará a Morales la segunda vice-presidenta del Senado, Jeanine Añez, una abogada con limitada experiencia política, a quien presumiblemente el sorpresivo cargo que de pronto la ha “caído encima” le queda probablemente algo grande. Lo que también es sumamente peligroso. Por ello, lo mejor que podría hacer es convocar, lo más rápidamente posible, a nuevas elecciones presidenciales. Con toda transparencia.
 
La seria situación descripta está, creemos, afectando negativamente la confianza de los inversores en la región. No podía haber sido de otra manera.
 
Prueba de ello ha sido el lamentable fracaso de Brasil en su reciente convocatoria a las empresas internacionales para explotar áreas petroleras en áreas emplazadas en aguas profundas de su litoral marítimo.
 
Con esa convocatoria Brasil pensaba agregar a su producción entre 3 y 7 millones de barriles diarios y hacerse de unos 25 billones de dólares en pagos por licencias de explotación, que se han evaporado, en demostración de falta de confianza de los inversores en la delicada situación en que se encuentra América Latina toda, en su conjunto.
 
Lo que debería ser tenido muy en cuenta por el próximo gobierno peronista argentino que asumirá sus funciones el próximo 10 de diciembre, entre cuyas principales apuestas está la mayor activación posible de la explotación de los hidrocarburos que,se supone,están en las venas profundas del interesante yacimiento conocido como “Vaca Muerta”.
 
Dos de las cuatro áreas petroleras que fueran licitadas por Brasil no tuvieron ofertas. Las otras dos sólo atrajeron a la propia estatal brasileña: Petrobrás, en asociación con participaciones muy minoritarias de empresas chinas del sector petrolero. Las ofertas presentadas no fueron para entusiasmar a nadie, desde que evidenciaron la voluntad de ofrecer al gobierno de Brasil una participación del 23% del crudo extraído. Apenas eso.

Cada palabra y cada actitud (aún las referidas a la situación política de nuestra región) deben en más sopesarse mucho.
 
Nada debería perturbar el ambiente de esa convocatoria a invertir en Vaca Muerta, hoy tan importante para el país todo. Particularmente cuando financieramente la situación de la República Argentina -que desde hace setenta años gasta sistemáticamente, sin sonrojarse un solo instante, bastante más de lo que produce- de pronto se ha complicado visiblemente. Ojalá se comprenda.
 
 
(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.