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Jueves, 14 de noviembre de 2019 |
ALBERTO MEDINA MÉNDEZ
Las postergadas reformas estructurales
Las excusas se han agotado y los parches usualmente provisorios demostraron su escasa eficiencia y los múltiples problemas que engendran cuando no resuelven casi nada.
Actualizado 4 noviembre 2019 - 0:0  
Alberto Medina Méndez   

Sin cambios significativos no habrá progreso posible

Los años de elecciones funcionan, siempre, como un impedimento piadoso para justificar la rutinaria actitud de posponerlo todo de una sociedad que no quiere pasar por el trance de llevar adelante transformaciones serias.  
 
El país viene girando en círculos hace décadas, con puntos de inflexión diversos, algunos éxitos transitorios y una larga nomina de duros tropiezos que han castigado con potencia a varias generaciones que van perdiendo energías y que repiten sus desilusiones hasta el cansancio.
 
Las naciones que realmente han logrado revertir esta patética secuencia repleta de pobreza, crisis y frustraciones son las que consiguieron diagnosticar adecuadamente y con absoluta crudeza su propia situación.
 
Con ese cuadro a la vista, dejaron de lado todos sus temores y se enfrentaron decididamente al cruel desafío de desandar sus tradicionales caminos equivocados, abandonando prejuicios, desatinos y dislates.
 
Han hecho todo lo necesario, lo indiscutiblemente imprescindible y se han dispuesto a trabajar fuerte para renunciar a esa nefasta inercia que los condenaba al eterno retroceso, al crónico subdesarrollo y a la mediocridad.
 
No ha sido tarea sencilla, ni ha sido ese un proceso simple y sin contratiempos. Han tenido que debatir y mucho, ha generado dudas a montones y no ha faltado a la cita algún contratiempo en ese devenir.
 
Nadie dice que ese sendero haya sido lineal ni constante y que, por instantes faltaron fuerzas y hasta aparecieron en reiteradas ocasiones vacilaciones que hicieron cuestionarse acerca del derrotero seleccionado.
 
Lo que si queda claro es que esas comunidades sabían que quedarse empantanados no era una opción posible. Podían discutir el cómo, dirimir las cuestiones instrumentales y evaluar las alternativas de ese infinito menú de variantes que cada idea ofrece a la hora de llevarla a la práctica.
 
Pero también entendían que debían avanzar con convicción, que dar marcha atrás no era una posibilidad y que, en todo caso, se podían analizar mejoras y hasta correcciones de forma para optimizar resultados, pero no tranzaron en los asuntos de fondo, esos que definen el norte de un cambio.
 
Argentina se encuentra hoy nuevamente ante ese inquietante dilema y debe tomar una determinación. O asume su realidad, enumera sus dramas y los confronta o busca otra vez la ilusión del atajo mágico que conduce al éxito.
 
Habrá que decir que todos los que intentaron ir por allí consiguieron efectos artificiales de corto plazo que simulaban un triunfo, pero que luego derivaron en grandes catástrofes que perjudicaron a todos, pero especialmente a los mas vulnerables, a esos que pretendían proteger.  
 
No hay alquimia posible para un porvenir sustentable. Es tiempo de tomar el toro por las astas y hacerse cargo de la inmensa labor que implica abocarse a las gigantescas reformas pendientes que están en la agenda.
 
Será imperioso construir ciertos consensos mínimos para lograrlo, no solo por las eventuales normas claves para implementar cada tópico, sino para garantizar que sea un cambio con un recorrido predecible de cara al futuro.   
 
No se puede seguir deambulando de banquina en banquina sin rumbo alguno y con conductas incoherentes en temas vitales que requieren de cierta consistencia básica para obtener avances trascendentes.
 
No se trata solo de las reformas económicas esenciales, que son muchas por cierto y que no se pueden ni deben eludir, sino también de esas otras tan relevantes como urgentes que involucran aspectos aparentemente laterales pero que revisten una importancia sublime para los ciudadanos.
 
Hay que estudiar si vale la pena seguir delirando con la falacia de la moneda local soberana, esa a la que se ha destruido sin contemplaciones por décadas y que la gente desprecia sistemáticamente en todo momento.
 
Algo similar habrá que hacer con el sistema previsional que no resiste ningún análisis sensato. Sus desequilibrios tienen dimensiones desmesuradas y si no se abordan sus profundas causas, ningún retorcido vericueto podrá darle la previsibilidad que esperan las futuras generaciones.
 
El régimen impositivo es otro de los aspectos a revisar con premura. El actual esquema es perverso, dañino y solo desalienta a los que mas se esfuerzan generando lo inverso a lo deseado. Se reclama inversión y ahorro, pero se castigan estas acciones centrales para cualquier despliegue.
 
La legislación laboral vigente es retrograda, onerosa y corporativa. En vez de dinamizar el empleo solo ha demostrado empíricamente que promueve la desocupación, la marginalidad y los permanentes abusos de todo orden.
 
Todos estos son debates tan incómodos como ineludibles. Esquivarlos no solo no es correcto, sino que termina siendo extremadamente perjudicial para todos, porque nada bueno puede provenir de esta dinámica crónica.
 
La educación, la salud, la justicia, la seguridad y hasta el sistema político también deben ser también examinados ya que no solo tienen impacto económico, sino que forman parte del crecimiento institucional anhelado y de la escala de valores a la que aspira una sociedad desarrollada.
 
 
amedinamendez@gmail.com
Twitter: @amedinamendez