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Viernes, 23 de agosto de 2019 |
LLUIS FOIX
Saben que mienten
La mentira recorre la política y el periodismo con muchos más medios de los que disponía hasta ahora.
Actualizado 18 agosto 2018 - 0:0  
Lluis Foix   

La mentira es tan antigua como la noche de los tiempos. No la han traído las redes sociales ni el crimen organizado y ni siquiera la ­razón de Estado que se sirve intencionadamente de falsedades con tal de conseguir objetivos que considera superiores. La novedad es que la mentira nunca había tenido tantos seguidores ni tantos adeptos porque dispone de instrumentos para hacerla circular en tiempo real y sin límites a millones de personas.

Es una conclusión aceptada de que el presidente Nixon dimitió porque había mentido y se había contradicho a sí mismo por el escándalo Watergate. Medio siglo después, su sucesor en la Casa Blanca consiguió ganar las elecciones con mentiras muy gruesas y desautorizar a los medios críticos con su gestión como “enemigos del pueblo”. Un estudio detallado publicado por The New York Times indica que Donald Trump miente ahora cuatro veces más que al principio de su mandato.

La mentira ha entrado en la política por arriba, por los que toman las grandes decisiones, y forma parte de la masa crítica de debates que sacan conclusiones sobre cuestiones que no son ciertas. El gran espacio político y mediático ha adquirido un cierto ­aire tabernario.

No era verdad que el Reino Unido pagara 350 millones de libras semanales por pertenecer a la Unión Europea, unos recursos que podrían dedicarse al precario sistema nacional de salud de los británicos. El famoso autobús de dos pisos lo paseaban por calles y carreteras de Gran Bretaña durante la campaña. Los dos principales propagandistas del BrexitNigel Farage y Boris Johnson, admitieron el error y el primero abandonó el liderazgo del UKIP y el segundo se fue como ministro de Exteriores.

Los dos mintieron y los dos lo hacían con el estrafalario desparpajo de los que no tienen escrúpulos. Theresa May, una tibia defensora del Brexit, se lo hizo suyo porque comportaba llegar al poder máximo en un país que, en palabras del aspirante demócrata Adlai Stevenson en los años sesenta “había perdido un imperio y no había encontrado su lugar en el mundo”. Todos los primeros ministros británicos, desde Harold Macmillan hasta Theresa May, se han estrellado en el precipicio de Europa, entre un querer y no querer, entre ceder soberanía hacia arriba o reforzar el nacionalismo desde abajo.

Theresa May pasó una semana de vacaciones en el lago Garda, al norte de Italia, y a su regreso pasó por el Fort de Brégançon, la residencia de verano de los presidentes de Francia con vistas al Mediterráneo. Emmanuel Macron la recibió en mangas de camisa y los dos trataron de remediar las consecuencias de las mentiras que tanto daño han hecho a los británicos y a la Unión Europea.

Los valores democráticos europeos están amenazados por las derivadas colaterales de la mentira que se presentan en forma de discursos sobre hechos que no existen o que son simples actos de la voluntad personal o colectiva. Donde menos presión inmigratoria hay es donde el mensaje xenófobo es más potente. Es el caso de Hungría, Polonia, República Checa y la mayoría de los países ­europeos del norte, donde se levantan vallas físicas o mentales sobre un peligro de migrantes que no existe.

Italia es ciertamente una excepción si se tiene en cuenta la llegada masiva de personas que arriban a sus costas. Los discursos xenófobos del ministro Salvini, sin embargo, son impropios de un país sensible al dolor ajeno como es el italiano. En el caso de España es arriesgado recurrir al miedo al migrante como lo están haciendo Pablo Casado y Albert Rivera con objeto de explotar el miedo de los votantes a favor de sus opciones políticas respectivas.

En vez de estudiar las estadísticas, nuestros políticos se fijan en las encuestas y actuan en consonancia con los barómetros que nos machacan cada dos por tres.

Los discursos de Pedro Sánchez son un cambio cualitativo a los de Mariano Rajoy. Pero la realidad es tozuda y las reformas que pretende acometer no las podrá llevar a cabo con sólo 84 diputados socialistas en el Congreso. Su fragilidad parlamentaria le debería obligar a ser más realista sabiendo que su poder es prestado por grupos con intereses contrapuestos.

El caso de Catalunya es de una virtualidad sorprendente. El president Quim Torraactúa siguiendo la retórica del independentismo que se basa en realidades que no son ciertas. Habla en nombre de Catalunya cuando no tiene ni siquiera una mayoría exigua para hacerlo. Insiste en la unilateralidad que es imposible y mantiene la ficción de ser un presidente vicario de Carles Puigdemont. Actúa como un jefe de Estado cuando es un presidente autonómico. No es democrático que los catalanes tengamos que seguirle en sus obsesiones que ni siquiera son compartidas por el espectro independentista. La política necesita un baño de realismo para avanzar hacia posiciones compartidas desde el debate y la discrepancia en el seno de las instituciones.
 

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Publicado en La  Vanguardia el 8 de agosto de 2018