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Domingo, 19 de agosto de 2018 |
El aumento de refugiados está aumentando las cifras de hambre en el mundo
Hace menos de un año se anunciaban casi de forma simultánea un aumento de 40 millones de personas con hambre en el mundo (el primer incremento en 20 años) y un número récord de refugiados, superando los 66 millones de personas, lo que evidencia los estrechos vínculos entre guerra y hambre.
Actualizado 19 junio 2018 - 0:0  
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No es casualidad que en el momento en el que el hambre volvía a crecer por primera vez en las últimas décadas el número de refugiados y de desplazados en el mundo se disparase hasta los 66 millones de personas. Una de las formas de hambre que traen las guerras está relacionada precisamente con los desplazamientos masivos de personas que huyen de la violencia. Junto a su hogar, abandonan sus medios de vida pasando a depender completamente de la solidaridad local de las poblaciones de acogida o, quienes pueden llegar a un campo de refugiados y ganar el estatus de refugiado, de la ayuda internacional.

“Existen evidencias de que incluso a pesar de la ayuda hay factores que pueden obstaculizar enormemente el correcto estado nutricional de los refugiados”, explica el responsable de nutrición y salud de Acción contra el Hambre, Antonio Vargas. Es muy habitual que el estrés post-traumático provocado por la violencia provoque, por ejemplo, una interrupción en la capacidad de tanto del niño como de la madre de poder realizar la lactancia materna: “la interrupción brusca de la lactancia puede propiciar un cuadro de desnutrición aguda, por eso se hace prioritario trabajar con las madres y los niños menores de seis meses para recuperar cuanto antes la lactancia, que no solo alimentará al pequeño sino que le protegerá de numerosas enfermedades en condiciones de saneamiento e higiene muchas veces precarias en centros de concentración de personas”, explica Vargas.

La huida provoca también un cambio repentino de la dieta habitual. Las raciones alimentarias que se distribuyen a los desplazados y refugiados están pensadas a menudo para soportar cortos periodos de tiempo cubriendo los requerimientos básicos nutricionales en forma especialmente de calorías aportados por los carbohidratos de los cereales o aceite vegetal, faltando el aporte de micronutrientes que podrían aportar la carne, el pescado y los productos frescos. “Están pensadas como solución de emergencia, para pocos meses, cuando la tendencia últimamente es el enquistamiento de los conflictos”. Un desplazado pasa ahora de media 17 años lejos de su hogar.

“Estamos viendo incluso la aparición del problema de una doble carga de malnutrición en muchos campos de refugiados: no solo se registran casos de desnutrición, sino también de sobrepeso por el desequilibrio nutricional y el desarrollo de prácticas alimenticias inadecuadas como mecanismo de adaptación en este nuevo ecosistema”, apunta Vargas. A esto hay que sumar el empobrecimiento de la dieta provocado por las barreras culturales para aceptar alimentos a los que están poco habituados.  

“En Acción contra el Hambre estamos afrontando estas barreras cada vez más a través de la ayuda en forma de distribuciones de dinero en lugar de distribuciones alimentarias directas: con ello no solo se promueve la economía local de la población de acogida sino que se permite al refugiado el acceso a productos frescos en los mercados locales y también la elección según sus preferencias alimentarias”, explica la responsable de seguridad alimentaria y medios de vida de la organización, Hélène Pasquier.

La prolongación de la duración de los desplazamientos no solo lleva al límite los mecanismos de adaptación de los refugiados (en Líbano estamos viendo como en los últimos años se han disparado los casos de trabajo infantil, o matrimonios tempranos entre el más de un millón de refugiados sirios). La permanencia prolongada de refugiados provoca además una presión sostenida sobre los servicios básicos y los recursos naturales de los países de acogida (las más de las veces países en vías de desarrollo) que puede desembocar en nuevos conflictos.

En numerosos conflictos “enquistados” se acusa en los últimos años una cierta fatiga de los donantes y una tendencia a reducir la ayuda humanitaria cuando la presencia de refugiados se prolonga más de uno o dos años: “en crisis poco visibles como la del norte de Malí o la presencia de refugiados malienses en Mauritania estamos buscando soluciones para generar medios de vida entre los propios refugiados a través de formas de pequeños comercio o actividades profesionales dentro de los campos de manera que pueda generarse una cierta autonomía de la ayuda humanitaria cada vez más mermada”, explica Pasquier.