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Domingo, 5 de abril de 2020 |
EMILIO J. CÁRDENAS
Recordando a la Madre Teresa y al Cura Brochero
Poco después de la referida canonización de la Madre Teresa, el 16 de octubre, tendrá lugar la de José Gabriel Brochero, más conocido como "el Cura Brochero
Actualizado 26 abril 2016 - 0:0  
Emilio J. Cárdenas   
Hace pocos días, el Papa Francisco anunció que la Madre Teresa será pronto canonizada. El próximo 4 de septiembre. De ese modo se reconocerá públicamente el mérito inmenso de una mujer extraordinaria que hizo de su vida un monumento a la generosidad, a la misericordia y al servicio a los demás. Todo a lo largo de las cuatro décadas en las que sirvió a los sin techo y atendió constantemente a algunas de las personas más pobres del mundo: las que viven en las calles de Calcuta, en la India. La ceremonia religiosa tendrá lugar el día antes de que se cumpla el décimo noveno aniversario de su muerte. Había sido beatificada por Juan Pablo II, en el 2003.

La escuché hablar varias veces en la ciudad de New York, desde el altar mayor de la catedral de San Patricio, por invitación del fallecido cardenal John O’Connor. Con lenguaje simple y directo, conmovía instantáneamente a todos quienes la escuchaban. Sin ampulosidad y desde la más absoluta naturalidad.

Pocos seguramente conocen su nombre: Agnes Gonxha Bojaxhiu. Nació en la ciudad de Skopje, en la vieja Macedonia, en 1910. En 1946, mientras visitaba la India, fundó la congregación de monjas que hoy la acompaña transitando el sendero por ella abierto, la de las Misioneras de Caridad. Hoy sus integrantes trabajan en más de 130 rincones del mundo. Son fáciles de reconocer por su hábito (“sari”) blanco, flanqueado por bordes con líneas azules.

En la India, apenas el 2,3% de la población (de mil doscientos millones de personas) profesa el cristianismo. Hablamos de un país que oficialmente es secular. Donde la mayoría de sus habitantes pertenece el hinduismo. Hay allí quienes, desde el rincón del nacionalismo, atacan a las Misioneras de Caridad argumentando que tienen una suerte de “agenda escondida” o “motivo ulterior”: el de convertir al cristianismo a aquellos a quienes atienden y reconfortan.

La India, recordemos, es lamentablemente escenario de cruentas persecuciones religiosas que, en apenas un año, han generado más de 6.000 muertes. Para la democracia más poblada del mundo, esa es una situación deplorable que, sin embargo, su gobierno no termina de enfrentar y corregir con la cuota de decisión que las circunstancias exigen.

Nada es fácil para las abnegadas misioneras. Un par de semanas atrás, en la convulsionada Yemen, cuatro hermanas de las Misioneras de Caridad fueron cobardemente asesinadas por un grupo de fanáticos islámicos. Transformándose así en mártires. Dos de ellas provenían de Ruanda, una de Kenia y una cuarta había llegado a Yemen desde la India. Con ellas murieron muchos de los ancianos y enfermos incurables que atendían.

El mundo -distraído por otras urgencias- prácticamente ignoró esa matanza, a la que, sin embargo, el Papa Francisco calificó de “diabólica”. Quedó tristemente en la historia, como uno más entre tantos horribles atentados terroristas. Las religiosas transformadas en víctimas habían sido invitadas a trabajar en Yemen por el gobierno local, en 1973.

El crimen aludido se suma al asesinato de otras tres hermanas de la misma orden, en 1988. La violencia se ha apoderado de Yemen, país de unos 20 millones de habitantes, azotado por una guerra civil facciosa e intra-islámica. En ese triste escenario, las persecuciones religiosas son perversas y permanentes. No obstante, tampoco parecen perturbar la conciencia de la comunidad internacional, que no reacciona frente a las muertes de inocentes que así se provocan. 

En el mismo episodio, en Yemen, fue secuestrado un misionero salesiano, también originario de la India: Thomas Uzhunnalil. Uno de los cinco sacerdotes católicos que trabajan en ese país. Estaba en la capilla, rezando, cuando llegó la turba asesina. Nada se sabe de su situación. Está desaparecido.

Poco después de la referida canonización de la Madre Teresa, el 16 de octubre, tendrá lugar la de José Gabriel Brochero, más conocido como “el Cura Brochero”, el legendario sacerdote gaucho que, en su abnegación, cabalgara constantemente por el Valle de Traslasierra, en Córdoba, a fines del siglo diecinueve.

Murió en 1914, sordo y ciego, enfermo de la lepra que contrajo en su tarea apostólica. Como la Madre Teresa, el padre Brochero es otro ejemplo de heroicidad en la entrega y de abnegación en la conducta.

Como lo testimonia su labor incansable, incluyendo durante la epidemia de cólera que azotara a Córdoba en 1867. Será pronto el primer argentino canonizado que nació y vivió en nuestro país.

Cuando un mundo plagado de violencia contempla impotente como desde el fanatismo se asesina reiteradamente a personas inocentes –como acaba de suceder en París y en Bruselas- detenernos aunque sea por un instante en recordar a quienes dedicaron intensamente sus propias vidas a servir a los demás parece sano. Y es ciertamente refrescante.

Es cierto, hay quienes trochan –sin mayores escrúpulos- las vidas de personas inocentes. Pero felizmente también hay quienes dedican las suyas a ayudar a paliar las penas de quienes más las necesitan. Siguiendo la huella abierta por la Madre Teresa y el Cura Brochero. 

 

Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas