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David Boaz
Es tiempo de cambiar nuestro concepto de la pobreza
"La ayuda estatal para el bienestar social y otros programas sociales atrapan a las personas en una trampa, haciéndolos dependientes de su cheque mensual en vez de encontrar trabajos o de comenzar negocios".
Actualizado 14 octubre 2005  
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David Boaz   
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Demasiados periodistas parecen no ser capaces de desprenderse de sus presunciones anticuadas, aún cuando nueva evidencia debería generar nuevas ideas. En tres artículos en la edición del 22 de septiembre del Washington Post se avala la visión de que dándole más dinero a las personas pobres y a los países pobres se puede solucionar el problema de la pobreza doméstica y global. Es notable que tanta gente inteligente en nuestra sociedad no se vea afectada por las evidencias de que dichos programas de transferencias no funcionan.

En un artículo de primera plana, dos periodistas hablaban de los indigentes que huían del huracán Katrina y se preguntaban si EE.UU. alguna vez se enfrentaría al problema de la pobreza. Citaban a un presidente de una fundación quien se lamentaba de que los estadounidenses "ignoran el problema de la pobreza" hasta que ocurre una catástrofe. Sugirieron que sólo una renovada "Guerra contra la Pobreza" podría ayudar a los pobres y mostrarnos si los republicanos están listos y son aptos para governar.

Similarmente, una columna por David Broder, el decano de los periodistas de Washington, deploró el tratamiento avaro hacia los pobres. Incluso Lyndon Jonson el arquitecto de la Guerra contra la Pobreza, dijo el, "desvió los recursos requeridos para la otra guerra, en Vietnam."

Mientras tanto, un editorial del Post apeló por más ayuda para los gobiernos de los países pobres. Sugirió que los países ricos miden su compromiso hacia el desarrollo con un estándar comparativo que resalta el monto de ayuda con el de comercio, inversión, y otros criterios.

En todos los casos, la presunción de que las transferencias de fondos es la solución no ha sido ni siquiera afirmada explícitamente; se la da por sentado. ¿Pero dónde está la evidencia que respalda dicha solución de la asistencia social y la ayuda internacional?

EE.UU. ha gastado $9 trillones (en dólares actuales) en programas de asistencia social desde que el Presiente Johnson lanzó la Guerra contra la Pobreza en 1965. Críticos han puesto en duda dicha cifra, alegando que incluye más que asistencia social. Es verdad que incluye más que Ayuda para Familias con Hijos Dependientes, actualmente conocida como (esperemos que si) Asistencia Temporaria a Familias Necesitadas (TANF, por sus siglas en inglés); también incluye cupones de alimentos; Medicaid; el Programa de Comida Complementaria para Mujeres, Infantes y Niños (WIC, por sus siglas en inglés); asistencia para utilidades básicas bajo el Programa de Asistencia de Energía Para Hogares de Bajos Ingresos (LIHEAP, por sus siglas en inglés); asistencia para vivienda bajo una variedad de programas, incluyendo el de vivienda pública y el Programa de Asistencia con la Renta Sección 8; y el programa de comodidades y bienes libres de costo. Claramente, todos ellos son programas de transferencias a los pobres.

Basta tan solo con mirar a Louisiana: Michael Tanner, autor de The Poverty of Welfare, escribe, "El gobierno federal ha destinado cerca de $1.3 mil millones en asistencia social en efectivo (TANF) en Louisiana desde el comienzo de la administración de Bush. Eso sin inlcuir los casi $3 mil millones en cupones de alimentos. Si se agregan las viviendas públicas, Medicaid, el Fondo Federal para el Desarrollo del Cuidado Infantil, la Ayuda para el Servicio Social y más de 60 otros programas federales anti-pobreza, ya hemos gastado mucho más de $10 mil millones en la lucha contra la pobreza en Louisiana".

Si todo ese gasto no curó la pobreza, entonces seguramente más gasto no es la respuesta. De hecho, tal vez éste sea el problema. La ayuda estatal para el bienestar social y otros programas sociales atrapan a las personas en una trampa, haciéndolos dependientes de su cheque mensual en vez de encontrar trabajos o de comenzar negocios. En 1960, justo antes de la Gran Sociedad y sus aumentos dramáticos en los programas de bienestar social, la tasa natal de niños extramatrimoniales en EE.UU. era de un 5 por ciento. Luego de 30 años de los crecientes beneficios de bienestar social, la tasa fue de un 32 por ciento; las mujeres jóvenes habían llegado a considerar al sistema de bienestar social, no a sus esposos, como el mejor proveedor. El sistema de bienestar social creó un ciclo de ilegitimidad, de niños sin padre, crimen, más ilegitimidad, y de más beneficios de bienestar social.

De igual manera, EE.UU. ha gastado más de $1 trillón en ayuda externa. Y todavía, la administración de Clinton reportó que "a pesar de décadas de ayuda externa, gran parte de África y partes de Latinoamérica, Asia, y el Medio Oriente están peor económicamente hoy que hace 20 años". La ayuda de gobierno a gobierno ha tendido a fortalecer a los gobiernos en los países pobres a expensas de los negocios y los individuos y ha hecho a los gobiernos cada vez más dependientes de sus ricos acreedores. Pocos países se han "graduado" de la ayuda externa a la auto-suficiencia. Después de toda esa ayuda externa, de acuerdo a un estudio del Buró Nacional de Investigación Económica, África sub-sahariana es de hecho más pobre de lo que era hace 30 años.

Ni siquiera es que los reporteros del Post no estaban al tanto de los hechos. En el párrafo número diecinueve, la nota de la primera página indica que "hay más de 80 programas relacionados con la pobreza, los cuales en el 2003 costaron $522 mil millones". La próxima línea dice, "A pesar de esos programas, 37 millones de estadounidenses continúan viviendo en la pobreza".

Tal vez "a pesar" es la frase equivocada. Los reporteros deberían considerar la posibilidad de que la oración diga "Gracias a esos programas, 37 millones de estadounidenses continúan viviendo en la pobreza".

Similarmente, la editorial indica que otras políticas tales como el libre comercio y las leyes liberales de inmigración podrían beneficiar a los países pobres más que la ayuda externa de gobierno a gobierno. Pero los escritores editoriales todavía no pueden librarse de la idea de que darle el dinero de los contribuyentes a gobiernos malos ayudará a sus ciudadanos oprimidos.

Es hora de una nueva forma de pensar sobre las personas pobres y los países pobres. Las transferencias de pagos no funcionan; aquellas atrapan tanto a las personas como a los países en un estado de dependencia en vez de en uno de auto-suficiencia.

Los mercados funcionan. Las personas que consiguen un trabajo—cualquier trabajo—y se mantienen en ese trabajo hasta que encuentren uno mejor se mantendrán fuera de la trampa de la ayuda estatal y de la pobreza. Pero el sistema de bienestar social es un atractivo poderoso que distrae del mundo del trabajo.

Los mercados funcionan internacionalmente también. Si usted coloca a todos los países del mundo de acuerdo a su grado de libertad económica, aquello resulta ser el orden si los calificase de acuerdo a su prosperidad. El ingreso per cápita en el quintil más libre de los países es 10 veces más de lo que es en los países menos libres. Aquellos países menos libres necesitan derechos de propiedad, mercados libres, cortes honestas, e impuestos bajos—no ayuda externa.

Y los reporteros nec esitan nuevos lentes, para que puedan ver la evidencia que está en frente de ellos en vez de depender de sus presunciones anticuadas.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.

David Boaz es Vicepresidente Ejecutivo del Cato Institute.
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