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Políticas Públicas
Cómo el mercado puede resolver el problema del agua
"Algunos países han recurrido al sector privado y a las compañías multinacionales en busca de ayuda para proporcionar a sus ciudadanos pobres sedientos agua. La privatización puede significar vender el suministro entero de aguas y los sistemas de tratamiento a propietarios privados; alquiler de explotación de suministro de agua a largo plazo; o contratos para gestión de los sistemas de aguas públicas".
Actualizado 7 septiembre 2005  
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Ronald Bailey   
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Activistas de todo el mundo corearon el eslogan "el agua es un derecho humano". Pero aún así más de un billón de pobres en el mundo carece hoy de acceso a agua potable. 12 millones de ellos mueren cada año a causa de enfermedades causadas por agua contaminada.

 

Entre las cosas que más beneficiarían al mundo, el agua potable limpia y segura se encuentra claramente a la cabeza, como señaló el Consenso de Copenhague organizado por el escéptico activista medioambiental Bjorn Lomborg en el 2004.

 

En el 2003, el Informe Mundial de Desarrollo del Agua de la ONU estimaba una reducción de entre 110 y 180 billones en las inversiones necesarias para proporcionar acceso al agua potable a los pobres del mundo en desarrollo. El Proyecto de Desarrollo del Milenio de la ONU tiene como objetivo la reducción a la mitad de la proporción de personas sin acceso a agua potable hacia el 2015. Los beneficios económicos que se desprenden de la cifra de personas sin acceso a agua potable - en términos de enfermedades evitadas, vidas alargadas y tiempo desperdiciado en buscarla - suponen anualmente entre 300 y 400 billones de dólares.

 

Mostrando una sorprendente falta de imaginación, el resumen del documento del Consenso de Copenhague sobre el agua aprobaba la frase convencional de que "la provisión del servicio de agua ha sido vista generalmente como responsabilidad gubernamental. Esto se debe en gran medida a que el agua es designada como bien público y su disponibilidad como un derecho humano básico, administrada mejor por el sector público". Dado el hecho de que tantos gobiernos en los países en desarrollo han fracasado en cierto sentido a la hora de reconocer el presunto derecho de sus ciudadanos al agua, quizá haya una manera mejor de funcionar.

 

En su excelente nuevo monográfico Agua a la venta: cómo empresas y mercado pueden resolver la crisis de agua del mundo, el analista sueco Fredrik Segerfeldt presenta el caso de que la privatización del agua puede saciar en gran medida a los pobres sedientos. Segerfeldt señala que los sistemas públicos de agua en los países en desarrollo suministran generalmente a los ricos con conexiones políticas y a la clase media, mientras que los pobres no son conectados a las reservas municipales. Segerfeldt cita un estudio de 15 países que concluye que en los barrios más pobres de sus poblaciones, el 80% de las personas no tenían suministro de agua. Por supuesto, los pobres no se mueren de sed simplemente; pagan más - generalmente mucho más - por su agua.

 

"Los contratistas llevan a menudo tanques a los barrios pobres, vendiendo agua por contenedores, en cuyo caso los habitantes más pobres del mundo ya están expuestos a fuerzas del mercado pero en términos muy injustos, porque el agua obtenida de esta manera es 12 veces más cara de media que el agua del suministro regular, y a veces incluso más cara", observa Segerfeldt. Un estudio de las principales ciudades en los países en desarrollo concluye que los pobres de Lagos, Nigeria, pagan entre 4 y 10 veces más por su agua que las personas conectadas al suministro; en Karachi, Pakistán, pagan entre 28 y 83 veces más; en Yakarta, Indonesia entre cuatro y 60 veces más; y en Lima, Perú, 17 veces más. Esencialmente, los ricos reciben agua barata mientras que los pobres pagan el equivalente moral de Perrier.

 

Así que ahora algunos países han recurrido al sector privado y a las compañías multinacionales en busca de ayuda para proporcionar a sus ciudadanos pobres sedientos agua. La privatización puede significar vender el suministro entero de aguas y los sistemas de tratamiento a propietarios privados; alquiler de explotación de suministro de agua a largo plazo; o contratos para gestión de los sistemas de aguas públicas. En términos prácticos, el arreglo usual es un alquiler a largo plazo. Hasta la fecha, solamente el 3% de los pobres en los países en desarrollo reciben agua de sistemas del sector privado. Sin embargo, estos proyectos iniciales han suscitado una respuesta desproporcionada por parte de activistas anti-privatización por todo el mundo contra "el robo global del agua" por parte de corporaciones gigantes.

 

Segerfeldt muestra que incluso los esfuerzos de privatización imperfectos ya han conectado con éxito a millones de pobres a suministros de aguas relativamente baratos donde los esfuerzos financiados por el gobierno han fracasado. Por ejemplo, antes de la privatización de 1989, solamente el 20% de las cañerías urbanas de la nación africana de Guinea tenían acceso a agua potable; hacia el 2001, el 70% lo tenía. El precio del agua para consumo se incrementó desde 15 centavos por metro cúbico a casi un dólar, pero como Segerfeldt destaca acertadamente, "antes de la privatización, la mayoría de los guineanos carecía de acceso al suministro de agua en absoluto. Ahora lo tienen. Y para estas personas, el precio del agua ha caído drásticamente. El tema moral, entonces, es si valía la pena elevar el precio para la minoría ya conectada antes de la privatización para alcanzar el 70% de los conectados hoy". En Cartagena, Colombia, la privatización impulsó la cifra de personas que recibían suministro de agua en un 27%. Incluso la conflictiva privatización de Buenos Aires incrementa el número de casas conectadas al suministro de agua en unos 3 millones, y el 85% de los clientes nuevos vivía en suburbios pobres de la ciudad. Segerfeldt cita otros ejemplos exitosos de privatización en Gabón, Camboya, Indonesia y Marruecos.

 

Pero dado que las corporaciones tienen que tratar a menudo con gobiernos corruptos, no sorprende que la privatización pueda hacerse a duras penas. Probablemente el caso más espectacular de privatización que salió mal tuvo lugar en Cochabamba, Bolivia. Cochabamba es para los activistas anti-privatización lo que el Álamo para Texas. Entre 1989 y 1999, la proporción de casas conectadas al suministro de público se redujo de un 70% al 60%. El agua sólo estaba disponible esporádicamente. En los barrios más ricos, el 99% de las casas recibían agua con subsidio, mientras que en algunos de los suburbios más pobres, menos de 4% estaba conectado a la red.

 

El mito activista es que el número de pobres creció cuando la diabólica multinacional Bechtel incrementó el precio del agua del 43% al 60%, dependiendo de los ingresos del cliente.

Mientras que es cierto que los pocos afortunados entre los pobres que estaban conectados al suministro de aguas municipal sí que vieron grandes incrementos en sus facturas de agua, la mayor parte de los pobres que permanecieron conectados a la red por primera vez tuvieron que pagar mucho menos de lo que ya estaban pagando a los vendedores de agua. Segerfeldt calcula que los precios del suministro de agua ya eran tan reducidos que significaría que el cinco por ciento de los más pobres de la población gastaba el 5,4% de sus ingresos en agua. Segerfeldt informa que la oposición a la privatización estaba liderada realmente por la clase media y por usuarios industriales que habían estado recibiendo agua con subsidios. Los opositores también incluían a los vendedores locales de agua y a los pequeños granjeros, que creían erróneamente que iba a prohibírseles el acceso al agua de la red.

 

Bajo presión, Bechtel se fue y el sistema de suministro de aguas de Cochabamba es gestionado una vez más por la vieja entidad pública. Segerfeldt afirma que el agua está disponible hoy solamente cuatro horas al día, y que no se ha conectado a la red ninguna casa nueva en absoluto desde el 2000. Mientras tanto, los pobres pagan 10 veces más por su agua de lo que pagan los ricos conectados a la red. ¿Es esto una victoria para el pobre?

 

La privatización no es la panacea, pero Segerfeldt demuestra que, cuando se hace debidamente, puede jugar un papel central a la hora de llevar agua potable segura a centenares de millones de personas que aún carecen de ella. En el ínterin, Segerfeldt se pregunta "por qué los activistas anti-privatización no emplean la misma energía en acusar a los gobiernos de violar los derechos de 1,1 billones de personas que carecen de acceso al agua de la misma manera que intentan detener su comercialización". Buena pregunta.

 

Ronald Bailey es el corresponsal científico de Reason. Su libro Biología de la liberación: la defensa científica y moral de la revolución biotecnológica, de Prometheus Books, está a la venta.

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