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ALBERTO BENEGAS LYNCH (H)

Un lenguaje inclusivo que divide
Mario Vargas LLosa y Nati Mistral
Hasta la irrupción de esta moda el idioma común era un puente de unión
Actualizado 28 octubre 2020  
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Alberto Benegas Lynch (h)   

Los diccionarios son libros de historia que mutan con el tiempo según sean las utilizaciones del lenguaje, un instrumento esencial en primer término para pensar y en segundo lugar para la comunicación. Como se ha consignado en el prefacio a la obra del célebre profesor de la Universidad de París Joseph Vendryes titulada El lenguaje. Introducción lingüística a la historia, el lenguaje marca “el fin de la historia zoológica y el principio de la historia humana”. También el extraordinario lingüista Noam Chomsky (tan lejos de la tradición de pensamiento liberal) que “la lengua constituye una manifestación clave de la mente distinta de la estructura material del hombre” y Michael Polanyi, el gran profesor de la Universidad de Oxford, destaca que “la era pre-verbal estaba rodeada de una gran oscuridad”.

Como ha señalado Mario Vargas Llosa “el lenguaje inclusivo es una aberración” y Arturo Pérez-Reverte concluye que “el lenguaje inclusivo es una estupidez”. Esto por forzar las cosas, desnaturalizar el lenguaje y pretender la imposición de un discurso a contramano de los usos corrientes. Incluso hay gobernantes que se han dirigido a sus audiencias como “millones y millonas”, como “miembros y miembras” como “portavoces” y “portavosas” y demás dislates. En este curioso y primitivo lenguaje solo falta que se sustituya el no por na o ne “para no ser machista” o la sandez de referirse a la delincuenta, la narcotraficanta y para no ofender a los varones aludir al poeto. También Ricardo Güiraldes debió hacer figurar a su conocido personaje como Segunde Sombre y, en esta misma línea argumental referirse a los “gauches” y nuestro himno, entre otras cosas, debería incluir “el grite sagrade”. Y antes que nada la parla debiera ser “lenguaje inclusive” para eventualmente “evitar cierta reminiscencia machista”.

Hay por una parte el principio de economía del lenguaje para no extenderse innecesariamente, por ejemplo, en “los y las estudiantes” y equivalentes que revelan un gusto desmedido por las redundancias. Por otra parte, hay sustantivos que indican sexo (perro/perra) y otros que no lo indican (periodista, persona). Muchas palabras terminan en la letra a que son asexuadas (alegría, día, dogma, silla, casa,) y otros de la misma naturaleza que terminan en la letra o (cuaderno, libido, mano, odio, puerto).

El lenguaje inclusivo como parte de lo “políticamente correcto” desconoce la gramática como estructuras de la lengua, la semántica como significados, la sintaxis como formas de combinar palabras y hasta la fonética debido a sonidos inapropiados en el uso de los términos y a veces la misma prosodia puesto que la puntuación suele ser incorrecta en estos textos.

El concepto clave en la genuina inclusión es el respeto lo cual constituye precisamente el alma del liberalismo, sin embargo, aparentemente los que pretenden imponer el llamado lenguaje inclusivo excluyen malamente a los que no adhieren y revelan visos autoritarios. Hasta la irrupción de esta moda el lenguaje incluía a todos pero hoy divide.

Lo que les ocurre a quienes insisten en el denominado lenguaje inclusivo es que, por un lado y fuera ya del lenguaje, no comprenden lo que implica la discriminación y, por otro, no entienden el valioso feminismo original. He escrito sobre ambos conceptos pero se hace necesario reiterar aunque más no sea de un modo resumido y telegráfico sobre las dos expresiones.

Según el diccionario, discriminar quiere decir diferenciar y discernir. No hay acción humana que no discrimine: la comida que elegimos engullir, los amigos con que compartiremos reuniones, el periódico que leemos, la asociación a la que pertenecemos, las librerías que visitamos, la marca del automóvil que usamos, el tipo de casa en la que habitamos, con quién contraemos nupcias, a qué universidad asistimos, con qué jabón nos lavamos las manos, qué trabajo nos atrae más, quiénes serán nuestros socios, a qué religión adherimos (o a ninguna), qué arreglos contractuales aprobamos y qué mermelada les ponemos a las tostadas. Sin discriminación no hay acción posible. El que es indiferente no actúa. Entonces la acción es preferencia, elección, diferenciación, discernimiento y, por ende, implica discriminar.

Esto debe ser nítidamente separado de la pretensión, a todas luces descabellada, de intentar el establecimiento de derechos distintos por parte del aparato estatal, que, precisamente, existe para velar por los derechos y para garantizarlos. Esta discriminación ilegítima echa por tierra la posibilidad de que cada uno maneje su vida y hacienda como le parezca adecuado, es decir, bloquea las posibilidades de que cada uno discrimine acerca de sus preferencias, lo cual debe ser respetado en una sociedad libre, siempre que no se lesionen iguales derechos de terceros. La igualdad ante la ley resulta crucial, concepto íntimamente atado a la justicia, es decir, a la propiedad, del propio cuerpo, a sus pensamientos y a sus pertenencias, en otras palabras, el “dar a cada uno lo suyo”.

Curiosamente se han invertido los papeles: se alienta la discriminación estatal con lo que no les pertenece a los gobiernos y se combate y condena la discriminación que cada uno hace con sus pertenencias. Menudo problema en el que estamos por este camino de la sinrazón, en el contexto de una libertad hoy siempre menguante.

Por otra parte, en nombre de la novel “acción positiva” (affirmative action), impone cuotas compulsivas en centros académicos y lugares de trabajo “para equilibrar los distintos componentes de la sociedad”, al efecto de obligar a que se incorporen ciertas proporciones, por ejemplo, de asiáticos, lesbianas, gordos y budistas. Esta imposición naturalmente afecta de forma negativa la excelencia académica y la calidad laboral, ya que deben seleccionarse candidatos por razones distintas a la competencia profesional, lo cual deteriora la productividad conjunta, que, a su vez, incide en el nivel de vida de toda la población, muy especialmente de los más necesitados, cuyo deterioro en los salarios repercute de modo más contundente dada su precariedad.

Por todo esto es que resulta necesario insistir una vez más en que el precepto medular de una sociedad abierta que la igualdad de derechos es ante la ley y no mediante ella, puesto que esto último significa la liquidación del derecho, es decir, la manipulación del aparato estatal para forzar pseudoderechos que siempre significa la invasión de derechos de otros, quienes, consecuentemente, se ven obligados a financiar las pretensiones de aquellos que consideran que les pertenece el fruto del trabajo ajeno.

Vivimos la era de los pre-juicios, es decir el emitir juicios sobre algo antes de conocerlo: la fobia a la discriminación de cada uno en sus asuntos personales y el apoyo incondicional a la discriminación de derechos por parte del Leviatán es, en gran medida, el resultado de la envidia, esto es, el mirar con malevolencia el bienestar ajeno, no el deseo de emular al mejor, sino que apunta a la destrucción del que sobresale por sus capacidades atacando el mérito.

Vivimos en una era en la que se discrimina lo que no debería discriminarse y no se permite discriminar lo que debe discriminarse. Por cierto, una confusión muy peligrosa. Respecto al feminismo moderno tan adicto al lenguaje inclusivo, reitero que hay dos tipos de feminismos. Uno consistente con la tradición de pensamiento liberal y su eje central de respeto recíproco; el otro, la emprende contra los derechos de las personas.

Con toda razón nos repugna y alarma la idea de la esclavitud. Nos resulta difícil aceptar que se pudiera implantar esa institución a todas luces espantosa, pero a veces se pasa por alto la esclavitud encubierta de la mujer en la época del cavernario machismo. Entristece la situación de un ser femenino que tuviera alguna ambición más allá de copular, internarse en la cocina y zurcir.

Imaginemos más contemporáneamente a la extraordinaria Sophie Scholl, objeto de burla por ser mujer y por señalar a los asesinatos del nazismo en una notable demostración de coraje al distribuir material sobre la libertad en medios universitarios del nacionalsocialismo (fue condenada a muerte, sentencia ejecutada de inmediato para que no dar lugar a defensa alguna).

Más cerca aún en el tiempo, imaginemos a la intrépida periodista Anna Politkovskaya, también vilipendiada por ser mujer y asesinada en un ascensor por denunciar la corrupción, los fraudes y el espíritu mafioso de la Rusia actual.

Pero sin llegar a estos actos de arrojo y valentía extremos, la mujer común fue tratada durante décadas y décadas como un animalito que debía ser dúctil frente a los caprichos y los desplantes de su marido, sus hermanos y todos los hombres que la rodearan. Muchas han sido vidas desperdiciadas y ultrajadas que no debían estudiar ni educarse en nada relevante para poder hundirlas más en el fango de la total indiferencia, embretadas en una rutina indigna que solamente resistían los espíritus serviles. En otro plano, debe subrayarse de modo enfático el horror de la cobardía criminal más espeluznante y canallesca de abusos y violaciones.

En realidad, dejando de lado estas últimas acciones delictivas y volviendo al denominado machismo, en algunos casos todavía se notan vestigios de trogloditas a los que no hay más que mirarles los rostros cuando hace uso de la palabra una mujer sobre temas que consideran privativos del sexo masculino. Todavía en algunas reuniones sociales se separan los sexos en ambientes distintos: unos para reflexionar sobre “temas importantes” y otro para hablar de pañales y equivalentes. Hay todavía maridos que no parecen percatarse de las inmensas ventajas que le reporta el intercambiar opiniones con sus cónyuges formado un equipo para hacer frente a todos los avatares y los andariveles de la vida. Los acomplejados sienten que pierden posiciones o son descolocados si se les diera rienda suelta a las deliberaciones del sexo femenino. En verdad son infradotados que únicamente pueden destacarse amordazando a otras.

Lo dicho para nada subestima al ama de casa, cuya misión central es nada menos que la formación de las almas de sus hijos, por cierto una tarea mucho más significativa y trascendente que la de comprar barato y vender caro, es decir, el arbitraje a que usualmente se dedican los maridos como si se tratara del descubrimiento de la piedra filosofal, en lugar de comprender que se trata de un mero medio para, precisamente, formarse y formar a sus descendientes.

La pionera en el feminismo o, en otros términos, la liberación de la mujer de la antedicha esclavitud encubierta fue Mary Wollstonecraft, una extraordinaria precursora que escribió, en 1792, A Vindication of the Rights of Women, libro en el que se leen párrafos del tenor del siguiente: “¿Quién ha decretado que el hombre es el único juez cuando la mujer comparte con él el don de la razón? Este es el tipo de argumentación que utilizan los tiranos pusilánimes de toda especie”.

Pensemos en lo que significaba escribir y publicar en esa época en medio de la más enfática condena social. A esta línea reivindicatoria adhirieron muchas figuras de muy diversa persuasión intelectual, desde las liberales Isabel Paterson, Rose Wilder Lane, Voltarine de Cleyre y Suzanne LaFollette. Destaco también el caso de Virginia Woolf, que sostenía: “No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

En todo caso, esfuerzos en diversas direcciones para que se reconozca un lugar digno a las mujeres se desperdician malamente a través del inaudito “feminismo moderno”, integrado en su mayor parte por militantes resentidas, generalmente abortistas y a veces golpeadoras (como lo ocurrido en una marcha feminista en Buenos Aires con muchachos que pretendían limpiar la Catedral de inscripciones obscenas). Estas mujeres confunden autonomías individuales con la imposición de esperpentos de diversa naturaleza y cuotas en instituciones académicas y en lugares de trabajo que, como queda dicho, degradan a la mujer. La tontera ha llegado a extremos tales que se ha propuesto que la asignatura history se denomine herstory, y otras sandeces por el estilo que convierten el genérico en una afrenta, contexto en el que las nuevas feministas además consideran la función maternal como algo reprobable e indigno.

Comenzó esta tradición nefasta Anna Doyle Wheeler, quien estaba muy influenciada por Saint-Simon y mucho más adelante siguieron Clara Fraser, Emma Goldman, Donna Haraway y Sylvia Walburg, quienes aplicaron la tesis marxista de la opresión a las reivindicaciones feministas y sostienen que la propiedad privada constituye una institución que debe abolirse.

Carlos Grané, en El puño invisible, denuncia un pretendido feminismo encajado de contrabando en el arte. En este sentido escribe que “la filósofa” Luce Irigaray escribe que “La ecuación de Einstein de e = m.c2 [la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado] es machista. ¿La razón? en jerga feminista significa que la ecuación de Einstein fomenta la lógica del más rápido, lo cual responde a un típico prejuicio machista”.

Se trata de “individuas” dirían las del lenguaje inclusivo pero que son vacías interiormente, con complejo de inferioridad y espíritu totalitario. Este es el contexto en el que Nati Mistral afirmó: “Soy antifeminista porque soy muy femenina”. En resumen, como anotamos al abrir esta nota, el lenguaje sirve principalmente para pensar y luego para transmitir nuestros pensamientos por lo que fabricaciones fantasiosas impiden el adecuado pensamiento y la comunicación. No me extrañaría que si esto sigue su curso se sustituirá una de las falacias más estudiadas en lógica desde tiempo inmemorial por alguna curiosidad gramatical: me refiero a la falacia ad hominem.

Libertad y Progreso

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