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LLUIS FOIX

La cumbre de la pelota
El encuentro de Helsinki ha producido el inesperado espectáculo de que un presidente norteamericano tratara mejor a un oponente histórico que a sus viejos aliados en Europa y Canadá.
Actualizado 25 julio 2018  
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Lluis Foix   

Nunca en la larga historia de las cumbres entre Estados Unidos y Rusia se habían producido escenas en las que el presidente norteamericano no defendiera a sus propios servicios de inteligencia y se fiara, en cambio, de las palabras del presidente de Rusia. Ni en los tiempos de Nixon y Brézhnev o Reagan y Gorbachov. En la cumbre de París de 1960 se suspendieron las reuniones entre Eisenhower y Jruschov al con­firmarse que los soviéticos habían abatido un avión espía capturando a su piloto, que mantuvieron como rehén. Eran los tiempos duros de la guerra fría, que fueron muy tensos hasta la caída del muro de ­Berlín y el colapso del comunismo y la Unión Soviética al comienzo de los años noventa.

Era impensable que cualquiera de las dos partes cediera en público ni un milímetro en sus posiciones. Eran cumbres muy preparadas, pensadas por académicos y consejeros, estudiadas hasta los detalles más insignificantes por los servicios de inteligencia, la diplomacia y la Casa Blanca. Se avanzaba en cuestiones de desarme o en temas puntuales sin mayor relieve, pero sin ceder nunca en la disputa ideológica, militar, política o económica de dos mundos ­enfrentados.

Afortunadamente, aquellas barreras se han derribado y la Unión Soviética se ha convertido en la Federación Rusa después de haber otorgado la independencia a catorce nuevas repúblicas, entre ellas Ucrania y los tres países bálticos.

Rusia no perdonó a Gorbachov y tampoco a Eltsin por ser los protagonistas de la derrota soviética y el descenso de Rusia a la segunda división en la liga de las grandes potencias. Fue una humillación que ha ­dado paso al liderazgo de Vladímir Putin, que está devolviendo a los rusos el orgullo nacional que han recuperado votándole masivamente.

El encuentro de Helsinki ha producido el inesperado espectáculo de que un presidente norteamericano tratara mejor a un oponente histórico que a sus viejos aliados en Europa y Canadá.

Trump pasó por Bruselas, riñó a los socios de la OTAN por no aportar más recursos y acabó calificando a los europeos como los mayores enemigos globales de Estados Unidos en cuestiones comerciales. A Justin Trudeau le calificó en Quebec de débil y deshonesto. A Angela Merkel, que dependía de Moscú por el gas y el petróleo que importa de Rusia, y a Theresa May le aconsejó que se querellara con la UE. Su paseo por las estancias del castillo de Windsor se interpretó como una zafiedad y un desprecio a la reina Isabel, a la que trató sin ninguna clase ni delicadeza.

Antes de reunirse con Putin la Alianza Atlántica había recibido una estocada de la que difícilmente se recuperará si no cambian los parámetros en Washington. Trump inventa las relaciones internacionales según sus criterios personales, como si fuera un gran empresario que con una conversación privada con Kim Jong Un, el tirano de Corea del Norte, piensa que ­llegará a un gran pacto para desnuclearizar la península y construir grandes espacios ­para el turismo internacional en sus playas ­solitarias. La frustración en Seúl y Tokio es grande porque la cumbre de Singapur fue un cínico ejercicio de relaciones públicas que no promete resultados ni a medio plazo.

Putin llegó a Helsinki con el aura de haber organizado muy bien el Mundial de Fútbol. Al final de la rueda de prensa conjunta entregó un balón a Trump, que este lanzó sobre su señora para que se lo diera a su hijo. Es sintomático que los dos presidentes se reunieran tres horas a solas con la única presencia de un intérprete por cada parte. No se sabe de qué hablaron. Ante la prensa sellaron una relación amistosa. Trump dijo que Putin no es un adversario sino un competidor y que las relaciones entre los dos países nunca habían estado peor, pero la situación había cambiado en las últimas cuatro horas.

Salió el tema de los doce rusos imputados por el fiscal especial Mueller por haber pirateado los servicios informáticos del Partido Demócrata y Trump se refirió nuevamente a que el presidente entonces era Obama, sacó los correos electrónicos de Hillary Clinton, los servidores y varias excusas más. La inteligencia norteamericana es un desastre, dijo, ante los jefes de seguridad sentados en primera fila.

La frase definitiva fue cuando respondió que había preguntado a Putin si los servicios de inteligencia rusos habían interferido en las elecciones norteamericanas. Fue tal su convicción en la respuesta negativa que Trump la dio por buena. Insólito.

Putin, definitivamente, había ganado una cumbre que él no había solicitado. Rusia es un competidor y Europa es el mayor enemigo. Vienen tiempos nuevos pero ­inestables para todos, también para Estados Unidos, y muy especialmente para los europeos.

*Foixblog

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