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ÁLVARO VARGAS LLOSA

El caso Trump: el ruido y las nueces
El maremágnum informativo y el ambiente tóxico en que se da la discusión sobre Donald Trump en Washington por sus relaciones con Rusia y las investigaciones sobre esos contactos hacen difícil entender qué está pasando, qué no está pasando y, por tanto, qué puede y no puede suceder en el futuro.
Actualizado 22 mayo 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   

Para abordar la misión imposible de dar a todo esto algo de pausa, serenidad y una pizca de claridad, ofrezco estas observaciones:

1 ¿Ha cometido Trump delitos?
Todavía no hay un delito comprobado. La figura jurídica que se invoca desde que despidió al director del FBI, James Comey, es la “obstrucción de justicia”. ¿Por qué se invoca esa figura?

Por dos razones. Primero, Comey ha filtrado a la prensa, a través de amigos, información acerca de un memorándum en el que él mismo detalló una conversación con Trump, en febrero pasado, en la que el presidente le pidió que dejara tranquilo a su ex consejero de seguridad nacional, Michael Flynn, al que estaba investigando como parte de una pesquisa más amplia sobre posibles nexos entre el entorno de Trump y los rusos. En segundo lugar, Trump ha admitido que “el asunto ruso” fue una razón por la que pensaba sacar del cargo a Comey antes de que el “número dos” del Departamento de Justicia le enviara un informe dando las razones por las que el director del FBI no debía seguir en el cargo.

Pero en ninguno de los dos casos estamos todavía ante un delito fehaciente. El lugarteniente de Comey en el FBI, Andrew McCabe, por ahora responsable de esa agencia hasta que se nombre al nuevo director, ha dicho hace muy pocos días que no hubo interferencia de la Casa Blanca en la investigación sobre la conexión de Trump con Rusia. Además, si hubiese habido delito en lo que Trump le pidió a Comey en la reunión que dio pie a su memorándum, el entonces director del FBI habría cometido, a su vez, un delito al no informar de inmediato al Departamento de Justicia. Tampoco sabemos la forma ni el contexto en que Trump sugirió a Comey dejar tranquilo a Flynn. Todo esto se conocerá mejor cuando las investigaciones, tanto las del Congreso como la del flamante fiscal especial, Robert Mueller, que acaba de ser nombrado para llevar a cabo una pesquisa a fondo, hayan concluido.

En cuanto a la admisión, por parte de Trump, de que el “asunto ruso” fue una de las razones para dejar sin empleo a Comey, el problema es que se han dado muchas versiones distintas por parte de la Casa Blanca sobre los motivos del despido. Tampoco está claro, por ello, si el presidente aludía a algo concreto o si, en sus declaraciones y tuits, estaba disparando sin calcular las consecuencias de todas las municiones que creía tener contra Comey.

Todo lo demás, incluido el que Trump compartiera con Rusia secretos obtenidos gracias a Israel, entra en el terreno estrictamente político porque el presidente tiene potestad para decidir qué es y qué no es información clasificada.

2 ¿Hasta dónde puede llegar la conexión rusa?
No lo sabemos, pero es improbable que esa conexión acabe con la Presidencia de Trump, porque todo apunta a que los muchos contactos con Rusia que tuvieron los miembros del entorno del presidente durante la campaña electoral y una vez que se convirtió en presidente electo se centraron en hacer ver a Moscú que, con Trump en la Casa Blanca, se entablaría una relación estrecha. ¿Qué significa una relación estrecha? Básicamente, revertir las sanciones que Barack Obama había aplicado a Rusia por la interceptación de comunicaciones del Partido Demócrata durante la campaña y coordinar la ofensiva internacional contra el Estado Islámico a distintos niveles.

Al haber ofrecido informaciones contradictorias sobre todo esto, o haber ocultado datos significativos, el entorno de Trump ha dado pie a que la prensa, la oposición y distintas organizaciones de la sociedad civil conviertan al asunto de Rusia, que es un dictadura enemistada con Occidente, en una fuente de sospecha permanente sobre Trump. El cúmulo de torpezas políticas con que la Casa Blanca y Trump han actuado ha contribuido a crear un clima explosivo en torno a algo que, en última instancia, no constituye todavía un delito.

El ex director nacional de Inteligencia, James Clapper, un crítico del actual presidente que mantuvo el cargo hasta el último día de la Presidencia de Obama, ha declarado, por ejemplo, que no había pruebas de “colusión” entre Trump y Rusia. Sin embargo, como él no estaba relacionado con la investigación que llevaba a cabo el FBI, no tenía cómo saberlo. Lo que sí tenía cómo saber es si los servicios de inteligencia -cuyas constantes filtraciones han echado leña a este fuego- están en posesión de alguna prueba. Al declarar que no tiene conocimiento de ninguna evidencia, parece haber querido decir que no la tenía la comunidad de inteligencia. Sin embargo, tampoco podría revelarla si la hubiera.

Dicho esto, sólo cuando termine la investigación del Congreso y la del fiscal especial que acaba de nombrarse se podrá saber si hubo colusión. Por ahora, todo apunta a un alto grado de acercamiento político con el inefable Putin más que a una conspiración entre Trump y Moscú.

3 ¿Cuál es la consecuencia más grave de lo que está sucediendo? La peor de todas es la erosión política de Trump y por tanto la perspectiva de que los republicanos pierdan el control del Congreso en los comicios legislativos de 2018. Hay que recordar dos cosas: por un lado, la destitución eventual de Trump, conjetura que al día de hoy no tiene asidero como explicaré en el siguiente punto, sólo es posible si los republicanos llegan a la conclusión de que el presidente es la peor amenaza para su partido; por el otro, todo el programa de Trump depende, para su ejecución, de que sus temas dominen la discusión parlamentaria, algo que en estos momentos es imposible.

Las encuestas indican que el presidente tiene alrededor de 40% de aprobación, lo que es muy bajo a estas alturas. Sin embargo, algunos “tracking polls”, como los de Rasmussen, hablan de que se acerca al 50%, una cifra no muy distinta de la de las elecciones. Defensores acérrimos de Trump como Dick Morris, ex asesor de Clinton y experto en sondeos, dice que las encuestas más importantes para el presidente son aquellas que en sus muestras eliminan a los votantes no inscritos y a los indocumentados. Esos sondeos dan una idea más cabal de cómo está aguantando el respaldo de Trump en su base.

Estas sutilezas, por supuesto, no forman parte de la percepción general. La percepción está centrada en el colapso de las cifras de aprobación de Trump, que los republicanos en el Congreso ven con angustia. Distintos tipos de republicanos han empezado a tomar distancia abierta respecto de la Casa Blanca. Hay la corriente de los enemigos personales, como el senador John McCain; la de los recientes aliados que presienten un agravamiento de la crisis de la Casa Blanca, como el “speaker” de la Cámara de Representantes, Paul Ryan; por último, la de los republicanos que pertenecen a circunscripciones electorales donde ganó Hillary Clinton (un total de 23 representantes).

Nadie en estas distintas corrientes va a proteger a Trump si lo ven políticamente devastado para su futuro y el futuro del partido. Por tanto, no será fácil, en este ambiente, que el Senado apruebe la reforma sanitaria que ya aprobó la Cámara de Representantes o que el Congreso dé el visto bueno a las propuestas de reducción de impuestos, relanzamiento del gasto en infraestructura o financiación del muro fronterizo que vienen de la Casa Blanca.

4 ¿Puede esto conducir a la destitución de Trump?
No hay ninguna posibilidad de que Trump sea destituido en el corto plazo. Para que ello suceda, tendrían los republicanos que llegar a la conclusión de que se ha cometido un delito, de que se está cerca de cometer uno, o de que la presidencia ha perdido toda capacidad de tomar decisiones efectivas por el clima de ingobernabilidad que los continuos escándalos han creado.

Todavía se está lejos de esa conclusión. Es cierto que para destituir a un presidente no hace falta probar, estrictamente hablando, un delito. Hay dos formas de destituirlo: una es utilizando la enmienda 25 de la Constitución que se refiere a la incapacidad del presidente para cumplir sus obligaciones (algo que se suele interpretar como incapacidad mental y que nunca se ha utilizado hasta ahora para despedir a un primer mandatario); la otra es el juicio político, que se inicia en la Comisión de Justicia de la Cámara de Representantes, que luego pasa por una votación de la Cámara de Representantes donde es necesaria sólo una mayoría simple y, finalmente, desemboca en el Senado, donde hacen falta dos tercios de los votos tras un juicio presidido por el principal magistrado de la Corte Suprema.

Este juicio político no depende de que se pruebe o no un delito, sino de lo que los congresistas interpreten como una grave falta. La Constitución habla de “traición, soborno u otros graves delitos o faltas”, pero aunque se emplea la palabra “delito” (“high crimes”), la frase constitucional y el contexto en que fue escrita originalmente, hace más de dos siglos, no permiten hablar de un delito como lo entendemos hoy desde un punto de vista jurídico. Por tanto, hay margen para la interpretación. Esto, en apariencia, debilita la posición de Trump. Sin embargo, precisamente porque la interpretación política juega un papel, la destitución de un presidente es un riesgo tan grave para quienes toman la decisión como para el presidente juzgado.

El Partido Republicano, que es el único que podría, mientras no haya mayoría demócrata, apretar el gatillo constitucional en este momento, no se va a arriesgar, en ausencia de delitos claros, a terminar la Presidencia de Trump. El costo que les haría pagar la base electoral de Trump, a la que necesitan, sería implacable.

Por tanto, aunque estrictamente hablando, no se necesita que Trump haya cometido un delito desde el punto de vista jurídico, sí es necesario que la percepción general en el país sea que Trump violó la ley y está poniendo en grave riesgo tanto a la institución que hoy encarna como al partido que lo llevó al poder.

5 ¿Cuándo se terminará este drama? Nunca. Si Trump se mantiene en la Presidencia, algo que sigue siendo muy probable, hasta el fin de su mandato, los demócratas y la prensa, que está masivamente volcada contra él, harán todo lo posible para asegurarse de que el presidente no sea reelecto en 2020. Si cae, los republicanos, empujados por una base que los verá a ellos en parte como responsables de truncar su sueño populista, llevarán a cabo una guerra política contra los demócratas aun peor que la que llevaron a cabo contra Obama. El clima tribal que reina en Washington está para quedarse por mucho tiempo. Se ha partido -desde hace mucho rato- el consenso básico que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial permitía una alternancia civilizada en el poder. Gracias a Dios, esta es una democracia institucionalmente muy sólida. Otra menos sólida ya estaría en serio peligro. // © La tercera

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