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ÁLVARO VARGAS LLOSA

El Perú y la tentación del sobresalto
El principal problema peruano no es económico sino político o, más ampliamente, institucional.
Actualizado 5 abril 2017  
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Álvaro Vargas Llosa   

A Pedro Pablo Kuczynski le sucede todo al mismo tiempo: la naturaleza se ensaña con el Perú, especialmente con el norte; el Parlamento le es afiladamente adverso; la prensa le es hostil; los escándalos de corrupción de los gobiernos anteriores le afean y enrarecen el escenario; la burocracia no le responde con celeridad; el carácter técnico de su gabinete ministerial exaspera a los que piden más política al tiempo que vituperan la política; la impaciente población desaprueba mayoritariamente a su gobierno, aseguran los encuestadores.

No es difícil, ante estas sombras, pensar en el piloto de Vol de nuit, la novela de Saint-Exupéry, atrapado en la ontológica tormenta. Su temperamento flemático, del que se burlan sus detractores, le viene bien a Kuczynski en estos días porque le permite dos cosas: no perder de vista un cierto sentido del conjunto, algo que en política es siempre difícil hacer, y no sobrerreaccionar dando palos de ciego, que es lo que suele suceder cuando el político se siente amenazado.

Aún es pronto para determinar si será un buen gobierno, pero lo que es seguro es que, entre sus rivales, difícilmente hay alguien que en un contexto semejante estaría manteniendo la ecuanimidad que pude comprobar recientemente durante una visita a su casa y el sentido de las prioridades. Las características que más le critican al mandatario, una cierta distancia irónica sobre el mundo de la política y una visión tecnocrática de las cosas, probablemente le han servido bien en estos días para afrontar la tragedia que se ha abatido sobre el Perú por factores climatológicos que han dado en llamarse “el Niño costero” y que, además de un centenar de muertos, han dejado un saldo de muchos miles de damnificados, de viviendas arrasadas, tierras agrícolas devastadas y carreteras dañadas.

Hay un cierto consenso -a regañadientes, con “peros” y “sin embargos”- en que Kuczynski ha respondido al estado de calamidad con eficiencia, en lo inmediato, desde ese lugar donde sólo ha habido ineficiencia en años recientes, que es el Estado peruano. La distribución de las funciones, la comunicación, el despliegue material y los gestos públicos llevados a cabo por el gobierno han dificultado mucho la tarea de sus detractores, que, a su vez, han tratado de evitar que el Presidente se lleve los méritos con sus propios gestos personales, más bien mediáticos, forzados, con tufo populista.

Pero Kuczynski es demasiado perspicaz para no darse cuenta de que con esto, en términos estrictamente políticos, sólo ha ganado tiempo, o, más bien, sólo ha conseguido congelar momentáneamente el tiempo. Porque los factores que atenazaban su presidencia hasta horas antes de agravarse los “huaicos” e inundaciones, y convertirse la naturaleza en una emergencia nacional, están allí, agazapados, a la espera.

El Perú tiene un Presidente que es mejor que su gobierno y un gobierno que es mejor que su bancada parlamentaria. El resultado, si las matemáticas no le fueran tan adversas en el Congreso, sería dudoso porque en cierta forma las mejores gestiones se dan cuando las cosas suceden al revés, es decir cuando la bancada parlamentaria y los ministros descuellan en comparación con la Presidencia (por lo general, cuando esto sucede, no se nota, de manera que suele pensarse que el buen Presidente lo ha sido por mérito propio y no porque lo que operaba bajo su autoridad era superior). Pero resulta que a esto hay que sumarle un factor profundamente perturbador: la aplastante mayoría parlamentaria del fujimorismo, que es el populismo autoritario de derecha en el espectro peruano.

Aunque no puede decirse todavía que haya impedido al gobierno tomar muchas decisiones (no han revertido la gran mayoría de decretos legislativos, por ejemplo, que el Poder Ejecutivo emitió a raíz de las facultades extraordinarias que recibió casi al inicio), sí se puede señalar que el Congreso ha trabajado diligentemente para “embrujar” al gabinete ministerial y ganarle la moral. Esto se ha traducido en una inhibición de ciertos ministerios para tomar decisiones y adoptar iniciativas, y del propio Presidente a la hora de cruzar la frontera que separa lo políticamente prudente del liderazgo audaz. Kuczynski y sus ministros parecen haber interiorizado, no muy conscientemente, lo que algunos comentaristas vienen diciendo: que el objetivo del fujimorismo es producir la vacancia de la Presidencia, el temible “impeachment”. En eso, al menos, el fujimorismo parlamentario, y sobre todo el mediático, parecen haberlos intimidado.

El gobierno ha dado pasos en la dirección prometida -la desburocratización, la dinamización del gasto público, las gestiones para gatillar algunas inversiones de gran vuelo-, pero todavía nada de eso tiene suficiente notoriedad como para representar una gestión blindada contra el enemigo político. La tasa de crecimiento, que es de las mejores de la región, oculta que las bases económicas no son las necesarias para retomar el impulso que tenía el Perú en tiempos del “boom” de las materias primas. Los niveles de inversión privada siguen muy lejos de lo que Kuczynski quisiera. Uno de los mayores retos políticos es que el calendario de esa reanimación del capital privado sea más acelerado que el calendario del desgaste político, medido con encuestas a las que se da una importancia desproporcionada bajo un clima de opinión tóxico.

Quizá este sea al aspecto más peligroso de los dos flagelos que ha soportado el Perú: el de los escándalos de corrupción de los gobiernos anteriores y el de los “huaicos” e inundaciones atroces.

El primer flagelo tuvo el efecto de entregar a los adversarios de Kuczynski un arma arrojadiza que han empleado con saña para tratar de involucrarlo en los sobornos de los que, con pruebas aparentemente muy sólidas, se acusa a Alejandro Toledo por el caso Odebrecht (Kuczynski fue ministro de Toledo pero no hay el menor indicio de que tuviera relación alguna con los sobornos).

El segundo flagelo, el de los elementos naturales, ha tenido el efecto inmediato de confirmar la parálisis de los capitales privados, los “espíritus animales” de los que hablaba Lord Keynes, que el Perú necesita que se pongan en marcha y que al gobierno le urgen para proteger su salud política.

Es cierto: toda “reconstrucción” después de un desastre natural puede dinamizar la economía. Pero estamos hablando sobre todo de dinero estatal (en un contexto de déficit fiscal). Suponiendo que, habilitadas todas las carreteras (ya que uno de los daños económicos ha sido la paralización del transporte en las zonas afectadas), las cosas se pusieran en marcha y retornara una cierta normalidad pronto, no hay todavía signos que permitan anticipar esa inyección productiva que es la razón de ser de la actual Presidencia. El clima político creado por los escándalos de corrupción de gobiernos anteriores y las constantes amenazas del fujimorismo contra el Poder Ejecutivo obstaculizan el regreso del optimismo inversor.

Un factor podría jugar a favor de Kuczynski mientras madura ese optimismo económico: la división del fujimorismo. El gobierno da por cierta la lucha de poder entre la hija de Alberto Fujimori que fue derrotada en las dos últimas elecciones presidenciales y el hijo del Presidente que ocupa hoy un asiento en el Congreso y hace amagos de candidatura. También la dan por cierta otros sectores políticos y parte de la prensa. Yo no estoy tan seguro. Todos parten del supuesto de que, desde la cárcel, Fujimori trabaja a través de su hijo para desplazar a su hija, que le “robó” el partido y parece más interesada en su destino personal que en la libertad del padre. Pero esas conjeturas son riesgosas desde fuera de una familia; en cualquier caso, no debe olvidarse el componente mafioso que sigue existiendo en esa agrupación (según lo comprobó la última campaña presidencial). Llegado el momento, los intereses comunes pueden enterrar las diferencias personales.

En todo caso, el gobierno cree que la división es real y que lo ayudaría mucho que el fujimorismo presentara un proyecto para que las personas muy mayores cumplieran sus condenas en casa. De ese modo, Fujimori saldría de la cárcel, el gobierno aparecería como movido por razones humanitarias (el mandatario firmaría la ley) y la guerra entre hermanos cobraría una nueva dimensión: Fujimori padre y Fujimori hijo estarían en condiciones ideales de hacerse con el control del partido.

Es un juego riesgoso para el gobierno, y sobre todo distractor. Una mejor forma de erosionar a la oposición es hacer las cosas bien desde el gobierno y, si ello no es posible por el obstruccionismo, ponerla en evidencia. Siempre cabe la posibilidad de que el fujimorismo evite una confrontación de máxima intensidad porque no puede haber olvidado que en las últimas dos décadas perdió todos y cada uno de los enfrentamientos contra el antifujimorismo, un león dormido que de tanto en tanto despierta. Kuczynski ya fue capaz de derrotar, contra todo pronóstico, al fujimorismo en la segunda vuelta electoral, por esa dinámica.

Desde luego, no conviene al gobierno forzar el enfrentamiento. Su posición es relativamente débil. Pero no es tan débil como lo piensan lo asesores y colaboradores del Presidente. Es un error creer que el Perú toleraría sin chistar un intento de declarar la vacancia de la Presidencia sin que hubiera de por medio pruebas de un delito presidencial. La amenaza galvanizaría a la población contra un fujimorismo que hoy no tiene, en las encuestas, la fuerza de la última campaña presidencial.

Un buen ejemplo de esto ha sido la reacción contundente del país contra una propuesta del fujimorismo para cercenar la libertad de prensa (se pretendía utilizar el subterfugio de prohibir a los denunciados por corrupción ser dueños o directores de medios). El fujimorismo ha tenido que dar marcha atrás, a la espera de otra oportunidad. No significa que la amenaza haya terminado. En otros campos el fujimorismo se mueve con intenciones claras: por ejemplo, una reciente recomposición del directorio de El Comercio, el diario principal, ha devuelto a aliados de esa corriente una cabeza de playa que habían perdido al interior de la empresa. Aun así, Kuczynski está más protegido de lo que el gobierno cree y los suyos deberían por ello actuar con menos temor al adversario si ese adversario no quiere colaborar para crear el clima de inversión indispensable.

Una reflexión final. El principal problema peruano no es económico sino político o, más ampliamente, institucional. Mientras Kuczynski no pierda de vista esa verdad, será posible dejar un país mejor del que recibió aun si se trata de uno menos rutilante del que sus deseos construyeron en la imaginación de sus votantes. Atajar amenazas liberticidas, lobbies inescrupulosos y burocratismos desleales sigue siendo el camino para lograr el éxito.

© Voces. La Tercera

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