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CARLOS ALBERTO MONTANER

El liberalismo frente a la fatal atracción del neopopulismo
Conferencia de Carlos Alberto Montaner dentro del ciclo "Debates en Libertad" celebrado en Madrid el 14 de septiembre.
Actualizado 23 septiembre 2015  
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Carlos Alberto Montaner   

A government big enough to give you everything you want,

is strong enough to take everything you have.

Thomas Jefferson

En todas partes se escucha la misma queja: ¿por qué hay tan poca acogida para el mensaje liberal, culpándose al supuesto neoliberalismo de todos los males sociales que acaecen, mientras los partidarios del neopopulismo tienen tan buena prensa, especialmente entre los más jóvenes, pese a los evidentes fracasos que presenta esa forma de organizar (o desorganizar) al Estado?

Comencemos por aclarar la expresión neopopulismo, presente en la Venezuela de Chávez y Maduro, en la Bolivia de Evo Morales y en el Ecuador de Rafael Correa.

Me refiero a esa tendencia ideológica y a esa forma matonesca de gobernar, ríspida y agresiva, estatista, dirigista, antimercado, clientelista, que multiplica irresponsablemente el gasto público, alentadora del odio social y de la lucha de clases, poco o nada respetuosa de los Derechos Humanos, siempre dispuesta a eternizar a sus caudillos en el poder, y a encarcelar o exiliar a los opositores, salvo en el caso que decidiera eliminarlos de una vez.

Exceptúo parcialmente a Nicaragua, pese a los múltiples rasgos que comparte con los gobiernos neopopulistas, porque, aunque Daniel Ortega se alinea con el Socialismo del Siglo XXI en política exterior, y continúa situado en la izquierda del espectro político, en ésta, su segunda etapa como jefe de gobierno, más bien parece ser el creador del somocismo del siglo XXI.

No incluyo a Cuba entre los neopopulistas porque, aunque es la madre putativa del cordero. Es otra cosa.

Su Dirección General de Inteligencia, la hábil DGI, les presta apoyo, consejo o dirección a los países del grupo. Sin embargo, el régimen de los Castro es un gobierno estalinista copiado de la extinta URSS, sin ambages ni paliativos, que asegura que su sistema es el más democrático del planeta, como demuestra (según sus voceros) el apoyo del 99% de los votos que suele obtener en los comicios de partido único, mientras las naciones a las que ha logrado seducir o controlar simulan ser democracias plurales, cuando se trata, en realidad, de dictaduras “legitimadas” en procesos electorales manipulados o fraudulentos.

En suma: el neopopulismo es, puestos a definirlo: la mayor cantidad de comunismo que permiten las circunstancias actuales, tras el derribo del Muro de Berlín y el descrédito del marxismo.

Al margen de la revolución cubana, sus variados, y a veces contradictorios antecedentes, son el peronismo camaleónico argentino que acaba por ser cualquier cosa, el socialfascismo militarista del general peruano Juan Velasco Alvarado (1968-1974), tan admirado por Hugo Chávez, así como la dictadura del coronel Omar Torrijos, devenida en narco-dictadura bajo el general Manuel Antonio Noriega (1968-1989). (Nótese, por cierto, el sesgo militarista de esta tendencia en América Latina).

En Europa, los neopopulistas más connotados, ambos marxistas y procedentes de formaciones comunistas, son Alexis Tsipras, líder de la facción mayoritaria de Syriza en Grecia, y el chavista español Pablo Iglesias, dirigente de Podemos.

Los dos se dicen demócratas, y acaso no les queda otra posibilidad que comportarse como tales dentro de la realidad de la Unión Europea, aunque posean corazones francamente leninistas que creen, como afirma Pablo Iglesias, que toda revolución necesita una eficiente guillotina.

Los neopopulistas han fabricado un enemigo de cartón piedra, el neoliberalismo, para lancearlo a su antojo, acusándolo de codicioso, y de haber aumentado los niveles de miseria en el mundo, cuando es evidente que ha sucedido lo opuesto: nunca, como en los tiempos actuales, ha habido, proporcionalmente, menos pobres en el mundo, y nunca se han reducido tanto las calamidades sociales, como por ejemplo las muertes de niños menores de cinco años.

Eso ha ocurrido, fundamentalmente, gracias al mercado y la propiedad privada de los medios de producción, como puede comprobar cualquiera con acceso a los datos del Banco Mundial o de la CEPAL, o que conozca las experiencias china o india, donde cierta libertad económica ha rescatado de la miseria a varios cientos de millones de personas en apenas un par de generaciones.

En todo caso, dado que el neoliberalismo es una entelequia inexistente, ¿en qué consiste realmente el liberalismo? Permítanme recordar los siete elementos básicos que nos hacen liberales y adversarios de los neopopulistas, para que se entienda el fundamental desencuentro entre nuestras creencias y las acusaciones que nos hacen:

·      Creemos en los Derechos Naturales. Comenzando por el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, como prescribía John Locke y luego recogió la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

·      Creemos que a la cabeza de nuestros objetivos está mantener la libertad individual y los derechos que la garantizan, como sucede con la libertad de expresión, reunión y el largo etcétera contenido en los grandes documentos segregados por las revoluciones liberales, más tarde resumidos por Naciones Unidas y en la Carta Democrática de la OEA.

·      Creemos que la propiedad privada es un derecho fundamental sobre el que descansan el desarrollo colectivo y la convivencia armónica.

·      Creemos en la democracia representativa. Es decir, en el método de la mayoría para tomar decisiones colectivas que deben ser ejecutadas por las personas en las que delegamos nuestra autoridad soberana. Se sobreentiende que esas decisiones no pueden conculcar los derechos individuales. Para un verdadero liberal la opinión de la mayoría no puede ser utilizada contra los derechos individuales de las minorías.

·      Creemos en gobiernos limitados, formados por servidores públicos sujetos a la autoridad de la ley. Servidores públicos que nada más pueden hacer aquello que la ley les autoriza u ordena, mientras que en el ámbito de la sociedad civil las personas están facultadas para llevar a cabo todo aquello que la ley no prohíbe expresamente.

·      Creemos en la necesidad de la total transparencia de los actos de gobierno y en la consecuente rendición de cuentas.

·      Creemos en que la tolerancia es la virtud que debe presidir nuestras normas de convivencia. Definimos ésta como la decisión de aceptar toda forma de vida o conducta que no sean contrarias a la ley, aunque nos disgusten en el orden personal.

Obsérvese que en esta amplia definición del liberalismo no hay la menor dosis de utopía. Los liberales son constructores de instituciones, no de destinos gloriosos. No sabemos hacia dónde debe marchar la Humanidad, sino cómo debe tratarse a los individuos durante el devenir histórico que vamos construyendo con nuestros actos.

En rigor, muy pocas personas se manifiestan directamente contra esas creencias y, si se hace una encuesta seria, se verá que la mayor parte de la gente las suscribe. Sólo los marxistas, los fascistas y los fanáticos religiosos son capaces de argumentar contra ellas.Marxistas y fascistas son nuestros adversarios inevitables, porque no creen en los derechos naturales y optan por los supuestos derechos colectivos, administrados arbitrariamente por los cuadros de sus partidos respectivos, mientras comparten con los religiosos fanáticos el rechazo a la tolerancia dado que les parece una forma de debilidad.

A los enemigos de clase, sustentan ellos, se les puede aplastar o privarlos de sus bienes, siempre en nombre de la felicidad del pueblo y del maravilloso destino que ellos prometen construirle.

No obstante, son tan poderosas las palabras “libertad” y “democracia” que hasta sus enemigos las utilizan dándoles una diferente significación. Las dictaduras comunistas solían llamarse Repúblicas Democráticas, y en España y Europa es frecuente oír a los comunistas hablando de democracia mientras defienden a regímenes como el cubano o el chavista en los diferentes parlamentos donde tienen voz y representación.

También es usual que los totalitarios de izquierda traten de camuflarse bajo el ropaje de la socialdemocracia. Recuerdo al nicaragüense Daniel Ortega quien, en la primera etapa, mientras construía una sociedad comunista a sangre y fuego, afirmaba que su objetivo era edificar en el país un régimen parecido a la socialdemocracia sueca.

Probablemente, no entendía que el Estado Benefactor que admiraba era el producto de un extraordinario aparato productivo que actuaba en el ámbito privado, capaz de generar los excedentes que se necesitaban para costear la proverbial solidaridad sueca.

Adviertan que entre los principios liberales no he mencionado las ideas de John Stuart Mill, la Escuela Austriaca, Friedrich Hayek, Ludwig von Mises, Ayn Rand, James Buchanan, Milton Friedman, Douglass North, Gary Becker, o cualquiera de las luminarias que han enriquecido el pensamiento liberal en los terrenos filosófico, económico o jurídico a lo largo de los siglos XIX, XX o lo que va del XXI.

¿Por qué esa deliberada omisión?

Muy sencillo: en la formulación de los principios liberales, tanto en la revolución norteamericana como en la francesa, o en las reflexiones propagadas durante la previa Ilustración, apenas existían elucubraciones sobre el desarrollo económico de los pueblos o sobre las desigualdades sociales, aunque ya los fisiócratas o Adam Smith habían inaugurado una disciplina que pronto se llamaría “Economía Política”.

Cuando los franceses proclaman su triple lema e incluyen en él la palabra “igualdad”, se refieren a poner fin a las diferencias marcadas por el origen aristocrático.

La revolución americana, dos décadas antes, también había abolido de hecho y de derecho los privilegios de los aristócratas. Todos los americanos, teóricamente, eran iguales ante la ley y se prohibía legalmente la aceptación de distinciones o títulos nobiliarios.

¿De dónde, pues, proceden las ideas económicas de los revolucionarios americanos? Esencialmente, derivan de ese principio democratizador.

El desarrollo económico y la voluntad de progreso en Estados Unidos serían consecuencias no buscadas del tipo de gobierno creado a partir de 1787, cuando se proclama la Constitución americana.

Como era impensable que los políticos y funcionarios fueran cooptados por sus orígenes, dado que la aristocracia había sido repudiada, poco a poco se abrió paso la noción de la meritocracia. Las personas ascendían o eran contratadas por su talento y preparación, no por el abolengo que exhibían.

Y como, sin siquiera decirlo, por las mismas razones había sido rechazado el Estado prebendario y asignador de privilegios, típico del mercantilismo, la libre concurrencia en los mercados se convirtió en el motor de una economía cada vez más competitiva, dando lugar a lo que el Premio Nobel Douglass North ha llamado sociedades de “acceso abierto”.

La de Estados Unidos fue la primera de esas sociedades de “acceso abierto”. Hasta ese momento, todas las sociedades habían sido de “acceso limitado”, como lo siguen siendo hoy por hoy las tres cuartas partes del planeta, donde los políticos y los cortesanos que los acompañan han creado una tácita sociedad de mutua complicidad para continuar repartiéndose una parte sustancial de las rentas.

Desde entonces, el modo norteamericano de gobernar fue lentamente imitado por otras naciones, hasta que hoy los veinticinco países más prósperos del mundo se conducen con arreglo a la meritocracia y el mercado, considerando conductas delictivas el nepotismo, la asignación arbitraria de privilegios y el mero tráfico de influencias. Repito: lo que nos hace liberales es sustentar los siete principios generales consignados al inicio de estos papeles. Los pensadores citados, a los que se pudiera agregar otra docena, lo que han hecho, y muy bien, es explicar desde distintos ángulos por qué el modo de gobierno propuesto por los liberales clásicos suele dar mejores resultados que los que proponen otras fuerzas políticas.

Esas fuerzas políticas –democristianos, conservadores, socialdemócratas-- que no necesariamente deben ser adversarias de los liberales, dado que forman parte de una familia más amplia, incluida dentro de lo que algún notable ensayista como Fareed Zakaria en ´The Future of Freedom´ ha llamado la “democracia liberal” para distinguirla de la “democracia iliberal o antiliberal”, típica de los gobiernos neopopulistas.

Esto es importante tenerlo en cuenta, porque nos revela que los socialdemócratas, los conservadores, los democristianos no son nuestros enemigos, sino nuestros primos hermanos, en la medida en que ellos han ido adoptando principios liberales, diferenciados de nosotros en lo accesorio por el tamaño del rol que le asignamos al Estado, las tareas que éste debe realizar, y la intensidad de la presión fiscal, pero próximos en lo fundamental: el respeto por los derechos individuales y las normas de la democracia liberal. Ellos también suscriben los siete principios que nos hace liberales.

Esa coincidencia es fácil demostrarla con un par de ejemplos: en Alemania, el democristiano Konrad Adenauer logró la extraordinaria recuperación del país tras la Segunda Guerra mundial con las ideas económicas del liberal Ludwig Erhard, mientras Ángela Merkel, también democristiana, se alió a los socialdemócratas para darle estabilidad y una amplia mayoría su gobierno. En el pasado, tanto los democristianos como los socialdemócratas se han aliado a los liberales para gobernar.

Incluso, al menos hay tres casos de partidos socialistas democráticos de la amplia familia liberal que en algún momento ensayaron medidas estatistas muy radicales, sin abandonar los principios de la democracia liberal, y más tarde rectificaron ante el fracaso o la parálisis de los llamados Estados Benefactores.

El MAPAI israelí, luego llamado Partido Laborista, comenzó con un proyecto colectivista ejemplarizado en cooperativas o kibutz, totalmente libres, y luego el país se fue decantando por el modelo de empresa privada típico del Israel moderno, actualmente muy orgulloso de su condición de gran potencia mundial en lo que se refiere a jóvenes emprendedores de actividades empresariales exitosas y novedosas.

El laborismo británico de Clement Attlee, tras la Segunda Guerra mundial nacionalizó centenares de empresas, embarcándose en una vertiente francamente estatista, mientras los sindicatos adquirieron un gran peso en la conducción del aparato productivo, pero sin abandonar los rasgos de la democracia liberal.

No obstante, ante el creciente anquilosamiento económico del Reino Unido, el sistema comenzó a variar tras la llegada de Margaret Thatcher al poder en 1979, rumbo que mantuvieron los posteriores gobiernos laboristas encabezados por Tony Blair, y esa transformación verdaderamente revolucionaria se hizo pacíficamente y dentro de la ley.

Algo parecido sucedió con el Partido Socialdemócrata Sueco.

Entre 1960 y 1990 en Suecia aumentó exponencialmente la presión fiscal y la intervención del Estado, hasta que se desató la crisis.

Debido a ello, los socialdemócratas perdieron el poder tras varias décadas de ejercerlo, y el moderado Carl Bildt, un verdadero liberal, se convirtió en Primer Ministro, y se inició un periodo de rectificación en el que los suecos redujeron la tasa de impuestos y confiaron mucho más en el mercado que en la planificación de los burócratas. Cuando los socialdemócratas regresaron al poder, lo hicieron escarmentados por los excesos del Estado Benefactor y se conformaron con lo que hoy llaman “Estado Solidario”, mucho más dependiente del mercado y de las libres decisiones de los usuarios.

En todo caso, si ya sabemos que las sociedades progresan y prosperan aguijoneadas por la competencia y el mercado, ¿por qué, tras la comprobada experiencia de la superioridad de las ideas de la democracia liberal en materia de desarrollo, no logramos seducir a los jóvenes en esa dirección?

Seguramente, porque eso que llamamos “democracia liberal”, como he señalado antes, es el producto de una mezcla entre las ideas de la Ilustración y las revoluciones liberales que desplazaron al “antiguo régimen” de las monarquías absolutistas.

Es muy difícil entusiasmar a los jóvenes de ahora con un movimiento social que comenzó a imponerse hace más de doscientos años, defendiendo ideas que entonces eran muy revolucionarias, pero hoy forman parte del acervo común:

·      Como, por ejemplo, que la soberanía radica en el conjunto de la sociedad y no en el monarca.

·      Como la existencia de derechos individuales.

·      Como la separación de las creencias religiosas y el Estado.

·      Como la necesidad de limitar constitucionalmente a los gobiernos.

·      Y como la ventaja de fragmentar el poder en tres ramas diferenciadas para evitar la tiranía.

Hoy parece algo muy sencillo, pero la conquista de esos cinco rasgos característicos de las democracias liberales costó ríos de sangre y una serie de convulsiones sociales que estremecieron al mundo occidental –Europa y las Américas—durante más de cien años.

En todo caso, esta sucinta referencia nos sirve para entender nuestras querellas políticas actuales.

Nosotros, los liberales, con marchas y contramarchas, ganamos la contienda.

Primero la ganamos a los defensores del antiguo régimen, y luego la ganamos a quienes lo restauraron tras el Congreso de Viena.

Más tarde, la ganamos a los elementos totalitarios que erigieron regímenes fascistas y comunistas a lo largo del siglo XX.

Pero esas victorias no eliminan el dato rancio de que defendemos un modo de gobierno que comenzó a gestarse en las brillantes elucubraciones de la Ilustración en los siglos XVII y XVIII, circunstancia que despierta cierta sospecha entre la juventud de hoy.

Naturalmente, el hecho de que defendamos fórmulas políticas centenarias propuestas o intuidas por John Locke o David Hume, no quiere decir que estén equivocadas y deban ser sustituidas, sino que es muy difícil entusiasmar a las jóvenes generaciones con esos planteamientos, aunque no sea menos cierto que los marxistas se basan en supersticiones que tienen siglo y medio, hace más de 100 años que Lenin escribió sus ensayos fundamentales, y 25 de que la URSS y el comunismo europeo implosionaron tras fracasar rotundamente.

En todo caso, me lo decía de manera muy expresiva el economista ecuatoriano Alberto Dahik, gran experto en el desarrollo de las sociedades: “¿cómo podemos enardecer a los jóvenes invocando las ideas del Barón de Montesquieu?”.

En realidad, no podemos. Los jóvenes han desplazado el eje del debate político hacia otras zonas de la conflictividad humana.

Mientras los liberales luchábamos por la libertad, y en el camino, sin proponérnoslo, hallamos la prosperidad y el progreso como consecuencias de la competencia y el mercado, los neopopulistas, como proclaman los indignados, luchan por la equidad, contra la desigualdad de resultados, y por una creciente tajada de las riquezas previamente creadas a la que crean tener derecho. Pero lo que suelen hallar o provocar es el empobrecimiento de una parte sustancial del censo y la crispación total de la sociedad.

Es decir: pretenden lo que a ellos se les antoja como una forma de justicia económica. Por eso se sienten tan cómodos reviviendo el marxismo, pese a la espantosa experiencia del siglo XX, con sus cien millones de muertos producidos o inducidos por las tiranías de ese signo.

Y está, también, el inesquivable asunto de la naturaleza humana. El entusiasmo militante tiene que ver con las emociones, no con la racionalidad. Aquellos “indignados” que llenaron las plazas de cincuenta ciudades pidiendo un ”mundo mejor”, con más oportunidades laborales, viviendas dignas, y una mejor distribución de la renta, se sentían los justicieros agentes de cambio en una sociedad que les parece injusta, dominada por los codiciosos burgueses. 

Nosotros, como liberales, sabemos que esos razonables objetivos se obtienen mediante el estudio, el trabajo, el fomento de estados y mercados abiertos que atraigan capitales y actividades sofisticadas, dando lugar a la creación de un tejido laboral extenso, variado y competitivo, con gran valor agregado para que los salarios puedan ser más altos, porque sólo se crea riqueza en empresas exitosas.

Es decir, predicamos la sensatez, derivada del examen de la realidad y no de ensoñaciones teóricas. Pero, evidentemente, nuestro mensaje es demasiado racional y lógico para poder competir exitosamente con las simplistas demandas de los neopopulistas y la noción, tan falsa como eficaz, de que la riqueza que unos tienen se la han quitado a víctimas indefensas y ellos son el vehículo para corregir esa injusticia.

Nosotros, en suma, defendemos los valores de la libertad y la democracia, que ya conquistamos en el pasado, y ellos defienden una suerte de justicia distributiva muy atractiva para los jóvenes, prometiéndoles un mundo mejor en el futuro.

El mensaje de ellos, aunque conduzca al despeñadero, es más poderoso que el nuestro, pese a los éxitos que podemos exhibir en las aproximadamente veinticinco sociedades de acceso abierto construidas con el recetario liberal.

¿Qué pueden hacer los partidos políticos de la amplia familia de la democracia liberal ante esta situación?

Sin duda, gobernar bien, colocarse bajo el imperio de ley, y entregar una buena gerencia que realmente haga posible la creación de un modelo de sociedad en el que sea posible definir, procurar y obtener la felicidad personal, siempre que uno siga las reglas.

Es una cuestión de oportunidades. Los jóvenes no van a seguir los cantos de sirena de los neopopulistas si ven la posibilidad de prosperar en nuestras sociedades. Pero, ante la falta de oportunidades, los jóvenes emigran o hacen la revolución, aunque ésta conduzca hacia una mayor dosis de pobreza.

En la década de los noventa del siglo XX, Fukuyama escribió aquello tan famoso como incomprendido de que, tras la desaparición del comunismo, habíamos llegado al fin de la historia porque no había una mejor alternativa a la democracia liberal.

A mi juicio, parcialmente tenía razón: no la hay. La propuesta de los neopopulistas es infinitamente peor, pero habrá que derrotarlos en el terreno político, como antes les sucedió a la monarquía absolutista y a fascistas y comunistas.

Se ha dicho muchas veces, pero hay que repetirlo: el precio de mantener la libertad es la vigilancia y la lucha constantes. Nunca se puede bajar la guardia.
 


Carlos Alberto Montaner
Foro “Debates en Libertad”
Centro Cultural “Casa de Vacas”, parque de El RetiroMadrid, 14 de septiembre de 2015

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