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ÁLVARO VARGAS LLOSA

Argentina en la víspera
Foto: La Tercera.
El domingo que viene los argentinos harán saber si, tras uno de los episodios gubernamentales más traumáticos en tiempos democráticos, están dispuestos a mantener al kirchnerismo en el poder o han dicho ¡basta!
Actualizado 4 agosto 2015  
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Álvaro Vargas Llosa   

Las primarias argentinas -conocidas como las Paso- serán un anticipo bastante preciso de las presidenciales de octubre. La condición de “abiertas, simultáneas y obligatorias” de estas primarias nació de una treta gubernamental -una más- para complicarle la vida a la oposición. Poco importa eso ahora; lo fundamental es que permite medir la puntuación real de cada candidato y, por tanto, establecer desde ya un orden de llegada y una correlación de fuerzas entre adversarios, especialmente entre gobierno y oposición.

Es cierto que en la medida en que son primarias estas elecciones no son definitivas. Determinarán quién será el candidato o candidata de cada espacio político en las presidenciales de octubre; en la medida en que los derrotados de cada alianza o partido quedarán fuera de carrera, el partidor no será el mismo que ahora. Pero eso no quita la importancia predictora que tendrán los porcentajes de los principales candidatos en las Paso.

Los resultados de tres candidatos en particular serán estudiados con una minuciosidad de entomólogo para trazar pronósticos: Daniel Scioli, el gonfalonero oficialista; Mauricio Macri, el gran retador, y Sergio Massa, el peronista disidente.

Sabemos ya algunas cosas. La primera es que tendría que ocurrir algo muy extraño para que Daniel Scioli no salga primero, Mauricio Macri segundo y Sergio Massa tercero. El orden de llegada no será la noticia del día, porque lo serán los porcentajes.

Scioli ambiciona colocarse lo más cerca posible del 45% y sacarle a Macri una ventaja lo más cercana posible a los 10 puntos. Mientras más se aproxime a este doble objetivo, mayor la probabilidad de que en octubre se lleve la victoria en la primera vuelta, superando las barreras que forzarían un “ballotage”. Ni qué decir del “momentum” -para usar la perfecta expresión gringa- que esto daría al oficialismo de cara a la campaña. Equivaldría a un poderoso aventón hacia la meta y a instalar en la oposición una sensación amarga de derrota inevitable.

Macri -por tanto- aspira a impedir que Scioli desmoralice a sus huestes. Pero ese sería un objetivo mediocre después de tantos años de representar la esperanza de cambio de una clase media que aspira a situarse del lado correcto de la disyuntiva entre civilización y barbarie que fijó en su famosa obra, escrita en su exilio chileno, el gran Sarmiento. El verdadero objetivo es ganar y para ello un primer paso es acercarse lo más posible en estas primarias a 40% o, lo que es lo mismo, alejarse del 30%, que proyectaría sobre la conciencia de los electores, los propios y los ajenos, una imagen de candidatura vulnerable y debilitada.

Un factor que aumentaría ese derrotismo opositor sería que sus rivales en la coalición opositora, llamada Cambiemos, puntuaran más de lo esperado o estuvieran menos rezagados con respecto a él de lo que se prevé. El radical Ernesto Sanz y la incombustible Elisa Carrió no tienen posibilidad de ganar la nominación y ya saben que Macri será su candidato, pero si obtienen demasiados puntos, no lo harán en perjuicio del gobierno sino del propio Macri. Al menos en términos de percepción ciudadana e impacto mediático.

Para completar la terna que interesa está Massa. La paulatina disminución de su estatura electoral en los últimos meses llevó a Massa a explorar una alianza con Macri que éste prefirió desdeñar por considerar que aquél, un disidente reciente del oficialismo, desdibujaba su perfil de adversario del régimen. Al no lograr el objetivo, se vio obligado a seguir por su cuenta y este domingo compite por la nominación de su coalición, el Frente Renovador, con el tres veces gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, otro ejemplar de esa especie numerosa que es el peronismo disidente.

El objetivo de Massa, como suele ocurrir con quien va tercero, es canibalizar los votos opositores que ahora reúne Macri y por tanto, en cierta forma -aunque ese no sea, evidentemente, su deseo final- apuntalar a Scioli. Sólo si Scioli saca una distancia importante a Macri (es decir si Scioli cumple su propio objetivo) puede Massa aspirar a ser el rival de peso del oficialismo en octubre. Ello, claro, en desmedro de un Macri que tendría que soportar, en la eventualidad de que Massa se le acercara más de lo que las encuestas predecían hasta hace poco, la arremetida de un rival opositor resurgido de las cenizas. Maná del cielo para Cristina Kirchner, sin duda.

Argentina no es Venezuela, donde por ahora es imposible que una mayoría de electores haga prevalecer en las urnas su voto a favor de la oposición. En Argentina, a pesar de algunos chanchullos que se producen en las elecciones, especialmente en la provincia de Buenos Aires, que representa poco menos del 40% de los sufragios, puede decirse en general que, si una mayoría vota por la oposición y en contra del gobierno, ese resultado se reflejará en las cifras oficiales.  Lo vimos por ejemplo en 2009 cuando la lista de candidatos a diputados encabezada por Francisco de Narváez derrotó nada menos que a la de Néstor Kirchner (quien fallecería al año siguiente) en la propia provincia de Buenos Aires. En 2013, Massa, hasta entonces intendente de la pequeña localidad de Tigre, logró la misma hazaña contra la lista kirchnerista.

La razón principal por la que todavía es posible derrotar al gobierno no es tanto la subsistencia en el país de unas garantías institucionales (ellas se han debilitado mucho por la labor de demolición del kirchnerismo) como la existencia de corrientes enfrentadas al interior del peronismo. Curiosa ironía política: uno de los “candados” que resguardan la democracia es la no existencia de un peronismo monolítico. Si Cristina no fuera la portaestandarte del kirchnerismo sino del peronismo a secas, probablemente sería imposible ganarle al gobierno. Pero tan no lo es, que las candidaturas y dirigencias conocidas como “peronistas” representan en la Argentina actual un espacio distinto del kirchnerismo, a menudo identificado con la oposición.

Una de las tareas, justamente, que pretende realizar Scioli, el gobernador de Buenos Aires que vivió una sorda historia de amor-odio con los Kirchner en todos esos años, al que La Cámpora, esa guardia pretoriana del régimen, tolera pero en el que no confía, es reunir el voto peronista en su conjunto. Por ello, Scioli ha combinado los gestos hacia el kirchnerismo (incluido un viaje-peregrinación a Cuba) con guiños al peronismo: fotografías con gobernadores de esa corriente, la inclusión de nombres identificados con ella en los esbozos de lista parlamentaria, etcétera.

Para derrotar al gobierno -algo que, repito, es posible a pesar de todos los embates que ha sufrido la institucionalidad-, la oposición tiene que conseguir algo mucho más importante que “morder” parte del voto peronista. Su misión es a un tiempo psicológica y cultural.

La psicológica entraña convencer a suficientes argentinos, y eso incluye a peronistas hastiados del kirchnerismos pero no se agota ni mucho menos en este grupo, de que sacarse de encima al gobierno no es desafiar la ley de gravedad ni despertar las iras castigadoras de los dioses, ni jugarse la vida o el sustento básico. Es decir: convencer a los argentinos de que es posible vivir sin el kirchnerismo o, para decirlo de otra forma, de que se sacudan el miedo. El miedo a renunciar a la certidumbre en la mediocridad y la prepotencia que les ha conferido este régimen. No les gusta la tribu a la que pertenecen pero desconfían de cualquier otra más.

La misión cultural es, por definición, más compleja. Implica no tanto convencer a suficientes argentinos de que es posible vivir en un sistema menos caudillista, estatista y prebendario, como de que se deseable que así sea. Los argentinos no son marcianos sino argentinos; por tanto, no es concebible que el desastre institucional, político y económico que han vivido estos años sea de su agrado o satisfacción. Tienen la suficiente conexión con el mundo como para saber que hay opciones mucho mejores en el panorama de hoy. Pero una resignación nacida de muchos años de ver lo mismo hace a muchos de ellos tolerar lo intolerable, cohabitar con lo que existe porque el cambio no lo acaban de entender bien. A eso le tienen también miedo existencial. El populismo argentino reposa sobre muchos electores que siguen siendo populistas a pesar de que padecen y detestan muchas de las consecuencias del sistema que profesan.

Otro grupo enorme de argentinos -y Macri los representa desde hace años- no sólo se da cuenta de esto sino que se desesperan ante la indolencia de sus compatriotas populistas. Ir cerrando este foso cultural, ese abismo de mentalidades, es una tarea que desborda ampliamente el marco de posibilidades de un candidato o de una campaña electoral. Pero la candidatura de Macri sólo puede imponerse a la de Scioli si logra empezar esa tarea, o al menos convencer a un buen número de compatriotas suyos de que ella ha comenzado.

¿Lo está haciendo? No me atrevo a decirlo a ciencia cierta. Han causado estupor en algunos sus expresiones recientes reconociendo logros del kirchnerismo que antes había denostado, prometiendo mantener la propiedad estatal de Aerolíneas Argentinas y la petrolera YPF, al igual que algunos subsidios politizados, como la Asignación Universal por Hijo. Yo no estoy nada seguro -he tenido ocasión de tratarlo y de conversar con su equipo- de que esto implique un viraje ideológico. Es posible que sea un paso táctico, acaso aconsejado por su asesor ecuatoriano, Jaime Durán Barba. Pero, en el contexto de esta breve reflexión, es un dato útil porque es elocuente respecto de la dimensión cultural de lo que está en juego: hacer un poco de populismo parece hoy la única vía para alcanzar el poder. Dice mucho sobre el desafío de la actual oposición, tanto el electoral como, si se da el caso, el gubernamental.

Se ha dado a la victoria ajustadísima del candidato de Macri en la ciudad de Buenos Aires, en el “ballotage” de los comicios para la jefatura del gobierno local, una lectura pesimista. Es un bastión del macrismo, de manera que se esperaba una victoria contundente. Pero se olvida que la candidatura oficialista ni siquiera logró entrar a la segunda vuelta y que quien quedó muy cerca de Horacio Rodríguez Larreta, el candidato de Macri, era otro opositor frontal a la política económica del kirchnerismo (para variar, un disidente del gobierno). Es cierto que la ciudad de Buenos Aires es una de las cuatro plazas clave de la Argentina (junto con las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba), pero allí perdió el gobierno con claridad.

El domingo podremos saber si Macri se ha despintado de verdad y Scioli puede cantar victoria anticipada o todo era un pesimismo injustificado.

Este artículo está en
Voces. La Tercera.

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