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ÁLVARO VARGAS LLOSA

América Latina: ni juntos ni revueltos
En el curso de pocos días, América Latina y el Caribe ha exhibido una radiografía perfecta de sí misma. Las tres cumbres presidenciales celebradas bajo distintos paraguas -la de Unasur en Ecuador, la Iberoamericana en México, la de Cuba-Caricom en la isla antillana- han expuesto, con impudicia, las vísceras de este subcontinente a medio hacer.
Actualizado 15 diciembre 2014  
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Álvaro Vargas Llosa   

Lo que hemos visto se puede resumir en la ausencia de una visión común, de valores compartidos y de una hoja de ruta conjunta.

Nada de lo que ocurrió en Ecuador guardó relación con lo que sucedió inmediatamente después en México, ni hubo vasos comunicantes entre lo que ocurrió en Cuba y la reunión iberoamericana, eventos casi simultáneos.

La ausencia, en Veracruz, donde se juntaron los gobernantes de países iberoamericanos, de siete mandatarios que representan distintas variantes de la izquierda -Brasil, Venezuela, Argentina, Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Cuba- no fue más notoria que la reducción a la práctica insignificancia de los gobernantes de centro o centroderecha en la cumbre sudamericana de Ecuador. En ésta, muchos de los que no acudirían luego a la cita de Veracruz dieron la impresión de tener lo que en fútbol llamaríamos dominio “posicional”.

Lo que quiere es ampliar el suyo, no fundirlo con el del vecino. En ciertos casos hay alianzas caciquiles, desde luego, pero uno tiene la impresión de que son meramente justificatorias de los cacicazgos de cada uno o útiles al propósito de erosionar a cacicazgos rivales, no esfuerzos por construir una suma mayor que las partes.

La diferencia entre lo que se dijo o hizo en una reunión y en otra es abismal. Por ejemplo, bajo el impulso de la secretaria general, Rebeca Grynspan, la cumbre iberoamericana pretendió hacer de la movilidad del talento y la tecnología, del intercambio en el campo educativo, un objetivo central en este contexto en el que el fin del ciclo alcista de los “commodities” augura unos años de vacas flacas. En Unasur lo que importó fue lo contrario: erigir fortificaciones. Por ejemplo, Cristina Kirchner acusó a “fuerzas intrarregionales e internacionales” de no querer “la integración”, habló de una nueva “Guerra Fría” e impugnó la campaña contra “los progresistas”.

No es de extrañar, siendo este el caso, que se sucedan las amenazas y movimientos “preventivos” en relación con la Cumbre de Las Américas del año que viene. No importa que América Latina compre un 40 por ciento de lo que exporta Estados Unidos o que ese país tenga casi 50 millones de personas de origen hispano, o que sea la fuente de miles de millones de dólares de inversión al sur del Río Grande, y ni siquiera que tenga un mandatario que ha hecho esfuerzos políticamente costosos para llevar la fiesta antiimperialista en paz: el solo hecho de tener que competir con la primera potencia un espacio simbolizado en esa cumbre es suficiente para llevar a cabo una campaña que pretende la contrario de más integración.

La distancia cultural -porque en última instancia de eso se trata- entre unos y otros hace que una declaración aparentemente inocua y pasajera de uno de los presidentes suscite la suspicacia de otros.

Cuando al español Mariano Rajoy le preguntaron por las diferencias con Venezuela en la cadena Televisa durante la reunión de Veracruz, se limitó a responder una frase franciscanamente frugal: “Me gusta la democracia y tengo derecho a que me guste”. Los disparos verbales desde algunos gobiernos de la alianza conocida como Alba no se hicieron esperar. Sonaron a pretexto: la diferencia entre lo que entienden unos y otros por democracia es sólo uno de los problemas, no el único. Brasil, que practica, independientemente de sus falencias, una democracia mucho más parecida a la de las democracias liberales que a la venezolana ha hecho causa común en el boicot presidencial a la cumbre de México con los países más alejados de la democracia liberal en América Latina. Su agenda hace que la política exterior encuentre más solapamiento con ciertos regímenes populistas del vecindario que con dos “potencias” iberoamericanas, España y México, cuyos sistemas constitucionales se parecen más al suyo.

Pasa lo mismo con varios gobiernos caribeños que estuvieron presentes en Cuba bajo la batuta política de Raúl Castro. A pesar de tener sistemas más libres varios de ellos, la relación política con La Habana sirve mejor sus propósitos inmediatos que otros lazos hemisféricos. Esto no siempre puede medirse de forma objetiva, pues no parece haber sólo interés en seguir recibiendo el subsidio petrolero venezolano, algo que, dada la vinculación entre Caracas y La Habana, en parte pasa por la subordinación a la política exterior cubana. Hay otros factores más difíciles de definir, por lo visto, que quizá tienen que ver con una visión “tercermundista” del mundo exterior, en la acepción que Carlos Rangel, el gran intelectual venezolano, dio a esa expresión en un libro con ese título. El espíritu reivindicativo y la visión de suma cero del mundo económico parecen prevalecer en algunos de esos países, al punto que creen tener más en común con un régimen de partido único y herencia estalinista que con las democracias liberales.

El divorcio entre las visiones queda reflejado también en la manera de enfocar el objetivo principal de los foros internacionales. Para el canciller argentino, Héctor Timerman, “la principal función de Unasur es política y debe ser la defensa de la democracia”. En cambio, para la secretaria general iberoamericana, el objetivo de la cumbre que tuvo lugar en México era la educación, la cultura y la innovación, porque “este mundo no está hecho para andar solo, está hecho para andar acompañado”. De allí la propuesta de intercambio, eliminación de fronteras y comunidad de valores más bien liberales detrás de los programas concretos -por ejemplo, las 200 mil becas- que salieron de aquel foro. Sin menoscabo del hecho de que todas las cumbres anuncian cosas que no necesariamente se cumplen y tienen una dimensión simbólica más que material, a lo que voy es a que de un lado se plantea una agenda política para defender a ciertos regímenes (a eso se refiere Timerman, obviamente, no a la defensa de la democracia liberal) y del otro se esboza una visión para hacer a América Latina más competitiva. La antinomia no es sólo filosófica. Estamos hablando de un abismo cultural insalvable. Si para un canciller nada menos que de Argentina Unasur tiene como misión principal defender la reelección infinita de gobernantes como el boliviano o el ecuatoriano y para quienes quieren enlazar ambas orillas del Atlántico la idea es jugar el partido de la competitividad y la productividad, la conclusión no puede ser edificante.

En la cumbre Cuba-Caricom, Raúl Castro habló de “arancel cero” para el comercio entre esos países. Si uno escarba un poco, ve que la idea no es el comercio libre y la modernización de las estructuras productivas gracias al intercambio, sino el forjamiento de un sistema político. La idea de Raúl Castro no es eliminar barreras sino erigirlas alrededor de una zona más bien pequeña sobre la que él ejerce mando político. Es en parte por eso mismo que hasta ahora el comercio, la inversión y, en general, la circulación de factores productivos entre países caribeños ha sido poca cosa.

A escala latinoamericana pasa algo no muy distinto. Sólo 19 por ciento del comercio de América Latina se da al interior de la región. El contraste con Europa, donde la proporción es tres veces superior, y Asia, donde asciende a 40 por ciento, quema los ojos. Es imposible, con esa ensalada de acrónimos y mecanismos integradores superpuestos, contradictorios o solapados (según el caso), que las cosas avancen mejor. La CAN, el Aladi, el Mercosur, Unasur y otros mecanismos se han vuelto enemigos de sí mismos: impiden realizar aquello que las cumbres proclaman. Porque todas están heridas de lo mismo: valores e instituciones que interpretan el mundo -y el papel de nuestros países en el mundo- de un modo incompatible.

El resultado -al que contribuye, por supuesto, el constructivismo de los regímenes populistas aunque no sólo el de ellos- es el abuso, en estos foros, de lo artificial sobre la sustancia. Unasur, por ejemplo, dedicó gran parte de la reunión a inaugurar una sede de 44 millones de dólares y 20 mil metros cuadrados en Ecuador y a develar una estatua para rendir homenaje a Néstor Kirchner.

Un papel vistoso en todo esto juega el ego estatal, si puedo usar esa expresión. Hay varios países que quieren ser líderes y creen que ciertos foros refuerzan su perfil mientras que otros los oscurecen. Brasil no quiere que México y España sean sus pares en el liderazgo regional y viceversa (aunque el viceversa es más disimulado). De allí, en parte que Dilma Rousseff no haya asistido a ninguna cumbre iberoamericana excepto la de 2012. Brasil se siente más cómodo en Unasur, donde es líder, aunque esto es relativo porque ya está visto que suelen ser Venezuela, Argentina y Ecuador (con ayuda de Bolivia) quienes en dichas cumbres llevan la voz cantante. Cuba necesita mandar en alguna parte y como los foros que hay le quedan o muy ajenos o demasiado grandes, impulsa la iniciativa caribeña.

Para no ser opacado por Estados Unidos, que es quien puso en marcha la Cumbre de las Américas allá por 1991, Brasil hace causa común con países antiestadounidenses en ciertas materias, a modo de demarcación de territorio. Por otra parte, España, por su parte, en cierta forma sentía que se había quedado fuera de los esfuerzos integradores de allende el Atlántico y, compitiendo con Estados Unidos, montó el foro iberoamericano. Algunos países latinoamericanos, a su vez, ven a Madrid como el jefe de ese grupo y por tanto prefieren abstenerse de “someterse” a España acudiendo a sus citas. Y así sucesivamente. No sorprende, pues, que la Alianza del Pacífico tenga aun tan pocos miembros plenos y asuste tanto. Su enfriamiento mediático y político (no económico) tiene mucha lógica en este escenario.

“El avance de la integración no está a la altura de nuestro potencial”, dijo hace unos días Lula da Silva. No, no lo está. Por eso las iniciativas son neutralizadas rápidamente: de los 33 proyectos de infraestructura regional anunciados hace casi ocho años por Unasur, sólo siete se han puesto en marcha. La ciudadanía sudamericana -y ahora la Comunidad Iberoamericana de Naciones- son utópicas. El sueño integrador latinoamericano tiene más de distopía que de utopía. Ni juntos ni revueltos.

Artículo publicado orginalmente en La Tercera

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