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ALBERTO MEDINA MÉNDEZ

Los hijos del odio
La clase gobernante no es una simple minoría. Muy por el contrario, es la expresión más representativa de lo que piensan los más. No es saludable ufanarse de la envidia. Por eso nadie lo admite a y se intenta ocultarla.
Actualizado 8 septiembre 2014  
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Alberto Medina Méndez   
 Muchos de los que conducen los destinos del gobierno se han criado bajo la cultura del rencor y el resentimiento. Se cansaron de escuchar desde niños que el progreso ajeno no es producto del mérito propio, sino de la suerte, la herencia, los negociados o la picardía. Unas pocas veces ese contaminante relato se ajusta a los hechos. En la mayoría de los casos tiene que ver con merecimientos genuinos que deberían ser reconocidos sin atenuantes.

Han vivido en un ambiente plagado de odios, de desprecio hacia los demás, trasladando sus propias frustraciones y ejercitando una crítica despiadada hacia cualquiera que consiga algo valedero para sí mismo.
Alegrarse por los triunfos de otros no era parte de la rutina, ni siquiera cuando fueran parientes o amigos. Invariablemente, frente a ese éxito, se desplegaba una generosa lista de argumentos que explicaban lo logrado, minimizando sus méritos y teorizando sobre cómo lo habían obtenido.
 
Se trata de un sentimiento absolutamente negativo. Resulta muy grave lo incontrolable de esa actitud. Su portador sabe que no es una virtud, y por lo tanto que no puede estar orgulloso de ello. Sin embargo es más fuerte que él, no puede manejarlo, no soporta la gloria de los demás, lo enfada, se molesta, le nace algo desde adentro que lo lleva a rechazarlo de plano.
 
Si bien le encantaría disfrutar de la prosperidad de ese amigo, conocido o familiar, no lo logra pese a sus deseos. Le resulta imposible evitarlo, le genera una enorme inquina que lo inunda de un malestar gigantesco.
Son demasiadas décadas transmitiendo a sus hijos estas inmorales imposturas como para que cuando gobiernan no terminen llevando esa enorme carga tóxica al accionar público.
 
Es por eso que intentan siempre limitar las ganancias, promueven proyectos que implementan esa visión y sólo saben saquear a los que más tienen para reasignar arbitrariamente dineros para dárselos a los que menos tienen como si se tratara de recursos propios. Han llevado su mirada doméstica al territorio práctico de la política, esa que les permite el ejercicio efectivo de sus profundas creencias.
 
Las sociedades que creen que se desarrollan cuando todos avanzan y no cuando se detiene a los que van un poco más rápido, son las que han demostrado mejores resultados no sólo en el campo de lo económico, sino también en lo social y cultural.
 
Los gobernantes en esas naciones saben que cuanto mayor sea el estimulo a los que triunfan, esa será la matriz a imitar, esos serán los incentivos que la sociedad percibirá e intentará replicar en sus vidas personales.
La clase dirigente de ciertos países, no visualiza el crecimiento como el resultado natural del esfuerzo sino que cree que la redistribución discrecional de riquezas resolverá la pobreza contra la que dicen luchar.
 
Y no es que no sepan de economía o no entiendan el mundo de los números. Es mucho más simple. Disfrutan regulándolo todo, reglamentando lo que sea, para complicarle el trayecto a recorrer a los que intentan abrirse paso hacia el futuro.
 
Quieren que una significativa mayoría de la sociedad les deba favores, que los más pobres crean que sus dirigentes políticos se encargarán de evitar que otros crezcan, poniendo límites a sus ambiciones, avaricia y egoísmo.
 
Ellos disfrutan del poder. Las circunstancias los han colocado en un lugar donde pueden tomar decisiones, gobernar vidas, y tomarse revancha. Pondrán todo su esmero en “hacer justicia” pero ya no para ayudar a que otros tengan oportunidades, sino para limitar a los exitosos.
 
Es muy difícil mejorar en sociedades donde el resentimiento guía a la gente. Cuando se describe la crisis moral que viven estas comunidades, se está diciendo que la maldad se ha apoderado de lo cotidiano.
 
La clase gobernante no es una simple minoría. Muy por el contrario, es la expresión más representativa de lo que piensan los más. No es saludable ufanarse de la envidia. Por eso nadie lo admite a y se intenta ocultarla.
Si realmente la idea es que los gobernantes modifiquen esa inercia que los lleva a impedir el crecimiento de los demás y nivelar hacia abajo, habrá que hacer algo más que quejarse y describir la realidad como único instrumento.
 
La tarea que viene no es sencilla. Todos tienen alguna cuota de responsabilidad en esto. Tal vez un decisivo primer paso sea empezar dando el ejemplo para comportarse como corresponde, intentando que las actitudes positivas inunden la cotidianeidad. Una evolución implicaría aplaudir el éxito ajeno, estimular a los que hacen las cosas bien, destacarlos en público y vencer el insensato pudor que invita a hacerse los distraídos. Es probable que no se cambie todo de la noche a la mañana, pero si las nuevas generaciones empiezan a escuchar otros acordes, posiblemente en algún tiempo, gobierne gente que no tenga tanto rencor, que no se haya preparado toda la vida para la venganza y se pueda dejar atrás esta funesta etapa en la que los gobiernos han sido secuestrados por los hijos del odio.
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